La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

miércoles, 23 de marzo de 2011

De las Casas, según Martí


Por Leonardo Venta

“No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre de las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color…”, así describe al fraile dominico la poética prosa martiana en La Edad de Oro.

Fueron sólo cuatro las tiradas de esta revista para niños, concebida en Venezuela y publicada en Nueva York, desde julio hasta octubre de 1889. Sobre el Padre de las Casas expresa Martí en dicha publicación, como quien se examina a sí mismo con el pensamiento: "El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre sólo, pero con alegría de obrar bien que se parece al cielo de la mañana en la claridad".

El noble fraile sevillano, sin ser todavía clérigo, rondaba los treinta años cuando se embarcó por primera vez para La Española en la flota del nuevo gobernador Nicolás de Ovando. Luego, iba y venía de Europa a América sin temerle a las encrespadas olas que desafían el oceánico abismo que separa los continentes.

Del mal llamado “Nuevo Mundo”, conservó la imagen de aquellos siete indios que acompañaron a Cristóbal Colón el 31 de marzo de 1493 en Sevilla, como humilladas piezas de un estrenado museo, "los cuales yo vide en Sevilla y posaban junto al arco que se dice de las imágenes, situado junto a la iglesia de San Nicolás. Llevó papagayos verdes, muy hermosos y coloreados y guaizas, que eran unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado".

De las Casas sintió la urgente premura de proteger al nativo americano. Se dedicó a denunciar los abusos que durante el proceso de la colonización de América perpetraron los conquistadores. “Se le encendían los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas. Así pasó la vida defendiendo a los indios”, añade Martí en el artículo de su revista infantil.

“Era flaco, y de nariz muy larga – apunta el Apóstol cubano, refiriéndose al fraile español –, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas…”.

De las Casas conoció y amó al nativo de La Española; al oriundo cubano y puertorriqueño; al de la costa de Paria, en la parte oriental de Venezuela. Estuvo en Panamá, Nicaragua y Guatemala. Fue insigne obispo del Chiapas mexicano.
Sintió la opresión del “otro” como suya propia, y no cesó en su afán de proteger a sus amados indígenas. De ahí es que hoy le consideremos uno de los pioneros en la causa por los derechos humanos. “Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que ‘no probaba carne’. Ni al rey le tenía él miedo ni a la tempestad”, puntualiza Martí en su artículo.

El religioso español vivió sus últimos años en Madrid. “Casi a escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los encomenderos lo querían matar”, añade el escritor cubano en su escrito. El 17 de julio de 1566 falleció fray Bartolomé de Las Casas en el convento de Nuestra Señora de Atocha en la capital española. “Él se fue a su convento, a pelear, a defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa años”, concluye el Apóstol de Cuba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario