La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

domingo, 3 de noviembre de 2013

Un rencuentro con María Zambrano


Por Leonardo Venta
“No me respondes, hermana. He venido ahora a buscarte. Ahora, no tardarás ya mucho en salir de aquí. Porque aquí no puedes quedarte. Esto no es tu casa, es sólo la tumba donde te han arropado viva. Y viva no puedes seguir aquí; vendrás ya libre, mírame, mírame, a esta vida en la que yo estoy. Y ahora sí, en una tierra nunca vista por nadie, fundaremos la ciudad de los hermanos, la ciudad nueva, donde no habrá ni hijos ni padres. Y los hermanos vendrán a reunirse con nosotros. Nos olvidaremos allí de esta tierra donde siempre hay alguien que manda desde antes, sin saber. Allí acabaremos de nacer, nos dejarán nacer del todo. Yo siempre supe de esa tierra. No la soñé, estuve en ella, moraba en ella contigo, cuando se creía ése que yo estaba pensando”.
María Zambrano

Cimentada y realzada por la fundación que honra su nombre, contando con el apoyo de la Universidad de Málaga y la Universidad del Sur de la Florida (USF), la figura de la filósofa española María Zambrano (1907-1991), recipiente en 1981 del prestigioso Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, y en 1988 del Cervantes, reinó nuevamente en el ámbito tampeño de la Universidad del Sur de la Florida los días 14, 15 y 16 de octubre, dentro del marco del III Forum dedicado a su vida y obra.
“El propósito es seguir generando espacios de diálogo entre académicos de las orillas que Zambrano supo unir, tanto en su experiencia vital como en su práctica filosófica”, ha recalcado la profesora, investigadora literaria y organizadora del evento, Madeline Cámara, cepa y meollo de este esperanzador proyecto académico. En el fórum participaron especialistas en la obra zambraniana provenientes de España, Cuba, Canadá, Puerto Rico y Estados Unidos, entre ellos, Roberta Johnson, profesora emérita de la Universidad de California, y el poeta, ensayista y filósofo español Jesús Moreno Sanz vía Skype.
Varios estudiosos residentes en España que no pudieron concretar su viaje a Tampa, estuvieron igualmente presentes gracias a la magia cibernética. Las ponencias consiguieron sembrar, en los desconocedores; desperezar, entre los olvidadizos; y afianzar, en sus fieles seguidores, el legado de la erudita española. A su vez, el artista plástico Baruj Salinas departió sobre su amistad con María Zambrano, y presentó las pinturas que creó inspirado en el texto zambraniano "Claros del bosque". Posteriormente, donó uno de sus cuadros a USF para el Aula María Zambrano que se inauguró en esta oportunidad. Las actividades comenzaron a partir de las 10 de la mañana del lunes, 14 de octubre en la sala Grace Allen de la Biblioteca Central de la Universidad del Sur de la Florida, acicalada con todo el protocolo habitual de una festividad en que académicos, estudiantes y público en general articularon sus inquietudes literarias y filosóficas en el elevado horizonte en que relumbra el nombre de María Zambrano.
Como apetecido preámbulo, Roberta Johnson, profesora emérita de literatura española en la Universidad de California tuvo a su cargo la charla en inglés “Lo que María Zambrano descubrió en el Nuevo Mundo”. Luego se reasentó el radio de las ponencias en temas tan fascinantes como “Sujetos frágiles: Arendt y Zambrano en el diálogo”, “Releyendo a María Zambrano en el siglo XXI”, “María Zambrano y Bergson: vitalismo en Cuba", "¿Qué diría hoy María Zambrano?”. El telúrico epicentro alrededor de la homenajeada se trasladó precisamente a la nueva aula María Zambrano, inaugurada esa jornada en el cuarto piso del edificio Cooper Hall de USF. Allí, entre perspicaces guiños de camaradería trasatlántica, se miraron de cerca la Antígona de Sófocles y la zambraniana en la ponencia bajo el título de “Antígona: desde Grecia Antigua a Europa en el tiempo de María Zambrano”.
Al reanudarse las actividades el martes, "María Zambrano: claves secretas a la isla [Cuba]”, '”María Zambrano y José Lezama Lima: historia de una amistad sin fin”, “Palabras entre María y Virgilio [Piñera]”, fueron las charlas que alumbraron el perfil de la agasajada aurora. En horas de la tarde, la tierra de Eugenio María de Hostos mimó la memoria en éxodo de Zambrano, al encomiar su relación amistosa con Inés María de Mendoza, quien fuera Primera Dama de Puerto Rico bajo los cuatro mandatos consecutivos de Luis Muñoz Marín (1948-1965).
El miércoles, día de abrazos de despedida, las actividades devolvieron su matutina claridad a la Sala Grace Allen, para reasentarse en la Universidad de Tampa, entre minaretes y señoriales torres que destilan a través de sus medias lunas el misticismo mahometano que motivara al ex presidente John F. Kennedy, en 1963, a detener su comitiva para admirar su majestuosidad. Consumado el dictamen académico de tres intensas productivas jornadas, redescubrimos una María Zambrano más íntima, más ilustre, más cercana, entroncada a sus raíces europeas y vivencias latinoamericanas, adalid sibilina en la compleja confluencia de ese ilustrado conjuro – al decir lezamesco – que ella denominara el “saber del alma”.

“Fiesta en Tampa”: un homenaje a Ernesto Lecuona

Ernesto Lecuona (izq), junto a César Gonzmart, dueño del restaurante Columbia. Foto cortesía del restaurante Columbia (1950).

Por Leonardo Venta

Bajo la batuta de uno de los dos ganadores del III Premio Internacional Eduardo Mata 2007, Damon Gupton, y patrocinado por el centenario restaurante Columbia, la Orquesta de la Florida (TFO, por sus siglas en inglés) ofreció el miércoles 16 de octubre de 2013 un concierto especial titulado "Fiesta en Tampa”.

La velada, programada dentro del marco de las celebraciones del Mes de la Herencia Hispana, honró la música del gran compositor y pianista cubano Ernesto Lecuona (1896-1963). Richard Gonzmart, presidente del restaurante Columbia, abrió el concierto con emotivas palabras: "Mi padre [César Gonzmart] era el violinista concertino de la Orquesta Sinfónica de La Habana, bajo la dirección de Ernesto Lecuona en 1945, cuando conoció a mi madre [Adela Hernández], que recientemente se había graduado de Juilliard y estaba de gira como artista invitada con la Orquesta Sinfónica de La Habana. Se casaron en 1946 y el resto es historia. Yo nací escuchando la música de este gran compositor. Si no fuera por el Maestro Lecuona, no estaría aquí hoy".

Partituras de Lecuona, Heitor Villa-Lobos, Georges Bizet, Manuel de Falla, Emmanuel Chabrier y Arturo Márquez se escucharon en la Sala Carol Morsani, la más espaciosa del Straz Center de Tampa. El programa,a su vez, contó con la actuación de la bailarina española Carolina Esparza, que ha actuado como figura principal de la compañía “Sombras Flamencas”, así como con su propia agrupación danzaria “Candela Flamenco Dance Company”. El homenaje, lleno de emociones, ofreció además un documental fílmico biográfico del aclamado compositor, el cual abandonó Cuba el 6 de enero de 1960 para establecerse en Tampa. Murió en 1963 en Santa Cruz de Tenerife, adonde viajó para rastrear el aliento natal que diera vida a su padre: el periodista Ernesto Lecuona Ramos.

La Orquesta inició el concierto con “Andalucía”, “Gitanerías” y la muy apludida “Malagueña”, tres de las seis piezas de la “Suite Española” (1919) de Lecuona, A continuación, los oídos de la audiencia se deleitaron con la exótica dulzura de las “Bachianas Brasileiras núm. 5” - la más famosa del ciclo de nueve compuesta por el compositor brasileño Heitor Villa-Lobos para soprano y ocho violonchelos –. Aunque esta ocasión no contaron con el servicio de los violenchos ni de la voz más aguda de las voces humanas. Creadas entre 1930 y 1945, las Bachianas son nombradas de esa forma debido a que Villa-Lobos quiso fusionar en ellas el folclore carioca con el estilo del compositor barroco alemán Johann Sebastian Bach, a quien admiraba hondamente.

Luego, la destacada agrupación floridana interpretó selecciones de la ópera “Carmen” de Georges Bizet, tan asociado al apellido Alonso para aquellos que admiramos el arte de las puntas, incluyendo "Aragonaise", de la Suite núm. 1; así como "Habanera" y "Danse Bohème", de la Suite núm. 2. Antes de la llegada del coqueto intermezzo, “La danza española núm. 1” de la ópera “La vida breve” de Manuel de Falla – apasionante fusión de estilos flamencos y variados perfiles melódicos y rítmicos –, cobró movimiento y forma en la cadencia danzaria de Carolina Esparza, acompañada de Jennifer Tellone y Gelsy Torres, en un 'paso a tres' sin muchas variaciones coreográficas.

Terminado el acostumbrado ritual de vestíbulo de teatro, con el tintinear de luces convocándonos nuevamente a nuestra íntima cita con la música, desde la radiante penumbra de nuestras acechantes melifluas butacas, gustamos de la rapsodia para orquesta “España”, compuesta por un francés de estilo y armonías poco convencionales: Emmanuel Chabrier (1841-1894), para dar paso al genio gaditano de Falla, esta vez mediante “La danza del Molinero” de la ópera “El sombrero de tres picos” – en una doble seducción a nuestros sentidos visuales y auditivos, a través del vivificante colorido orquestal de TFO y la exuberante entrega danzaria de Carolina Esparza, quien esta vez nos inmergió indubitablemente en el arrebatador espíritu del folclore español desperezado en el impresionismo heredado por Falla de compositores franceses como Claude Debussy y Maurice Ravel.

De Europa, nos trasladamos otra vez a la efusión sinfónica cubana, fundida al legado africano, español y a contenidas exiguas y cuestionadas espiraciones amerindias. De los exitosos recitales de Lecuona en París, en 1928, donde interpretó selecciones de su primera colección de danzas cubanas, dijo Maurice Ravel, uno de los maestros modernos de la orquestación: “Esto es más que tocar el piano”. Se publicaron dos colecciones más de danzas de Lecuona en 1929 y 1930, la última fue denominada danzas afrocubanas. De esta serie, “Danza lucumí”, la cual se popularizó en Estados Unidos como “From One Love to Another (De un amor a otro)”, fue interpretada por la Orquesta de la Florida en la segunda mitad del concierto. Le siguió “La comparsa”, para muchos, una de las danzas que mejor define la cubanía, compuesta por un Lecuona de sólo 17 años de edad. El escritor e intelectual Jorge Mañach la definió como la “lejanía que se va haciendo poco a poco presencia, que tiene un momento de auge frenético y vuelve a perderse luego en melancólico disminuendo”, para catalogarla como “una de las composiciones de Lecuona en que la inspiración negra es más evidente, pero sin que se sobreponga al matiz criollo, a ciertas nostalgias de otras cosas que no son la selva pura y que están metidas en nuestra alma con no menos raigambre: la tristeza siboney y la alegría blanca”.


Finalmente, la Orquesta de la Florida interpretó el delicioso “Danzón No. 2” del compositor mexicano Arturo Márquez, en el que el clarinete establecía un diálogo henchido de sabor cubano con el resto de los instrumentos solistas. No tuvimos que suspirar por el siempre ansiado estimulante ‘encore’, para luego deslizarnos con musicalidad en fuga por lo corredores del teatro rumbo a la rutinaria cotidianidad de una ciudad que acogiera, en sus últimos años de vida, al genio musical cubano que compuso más de 176 piezas solamente para piano, 37 obras para orquesta (entre ella tres para piano y orquesta), 406 canciones, muchas de las cuales han sobrevivido el embate del tiempo, así como notables operetas, ballets, zarzuelas, revistas y óperas.