La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

jueves, 1 de junio de 2023

En el 39.° aniversario de una velada histórica en el Metropolitan Opera House

Uno de los icónicos saludos de Alicia Alonso a la audiencia, captado por el lente de William Sauro/The New York Times, en el Metropolitan Opera House, 1977.

Por Leonardo Venta

"Cuando baila en París nos hace recordar una de las más grandes épocas del ballet, y soñamos que desde un palco la contemplan Proust, Matisse o Braque. Si algún día Alicia Alonso se decidiese a mostrar la historia de sus gestos, de sus movimientos, qué deliciosa novela proustina no tendríamos", José Lezama Lima

     La noche del domingo13 de mayo de 1984, como parte de las celebraciones del centenario de su fundación, el Metropolitan Opera House de Nueva York, sede del American Ballet Theatre, celebró una gala histórica con algunos de los artistas más aclamados de la escena mundial.

     En aquella memorable velada, Alicia Alonso y su partenaire Jorge Esquivel bailaron una adaptación del Grand pas de deux del segundo acto de "Giselle", obra cumbre del ballet romántico, con cuyo rol protagónico debutara la Alonso, junto a Anton Doli, en el papel del príncipe Albrecht, el 2 de noviembre de 1943 en ese mismo escenario, en sustitución de Alicia Markova, una de las divas danzarias más aplaudidas en la escenificación de ese ballet blanco.

      "Es bien conocido el hecho de que está parcialmente ciega y acaba de sobrepasar los 60 años. Los neoyorquinos no la han visto en más de cinco años, y si uno no esperaba que fuera completamente igual, no era de extrañar que la esencia del papel aún la acompañara. En todo caso, parecía más una litografía del siglo XIX que nunca y, como de costumbre, sus fabulosos entrechats pusieron el teatro a sus pies", comentara Anna Kisselgoff, otrora crítica principal de danza del New York Times en la reseña "The Dance: Met Opera", publicada el siguiente día de la memorable función. 

     Concebido por el poeta Théophile Gautier, el argumento de "Giselle" se inspira en las "Lettres de l’Allemagne (Cartas de Alemania)" de Heinrich Heine, del siglo XIX, cuyo lenguaje poético, henchido de referencias míticas y paisajes fantásticos, sustentara la imaginación creativa del libretista Saint George, así como la de los coreógrafos Coralli y Perrot, y, finalmente, conllevara a la revisión del inigualable Marius Petipa.

     En la heroína de esta gema coreográfica se combinan los dos grandes tipos de bailarinas. En el primer acto, es la campesina terrenal, cuya pasión por la danza constituye el pretexto ideal para hacer derroche de una férrea técnica clásica. Sin embargo, un implícito halo envuelve sus estrenadas ingenuas emociones amorosas hacia la enajenación, como presagio de un vuelco hacia la sublime ingravidez del segundo acto. Atraviesa sentimientos que van desde la dicha compartida con Albrecht a la desilusión, la impotencia, la locura y la muerte.

     En el segundo acto, se transforma en un espíritu alado para hilvanar la más sublime poesía de la danza. Según el célebre crítico británico Arnold Haskell (1903-1980), existe un fuerte lazo dramático entre el primer y el segundo acto. Giselle, transformada en espectro de los bosques, supera los obstáculos que le tiende el desamor y la muerte, pero, al mismo tiempo, se debate entre su nueva naturaleza espectral, sujeta a las exigencias de Myrta, la vengativa reina de las willis, y una inmensa ternura por el Príncipe que la desairara en vida.

     Las características esenciales del personaje que acabo de describir con la ayuda de mi nada etéreo teclado, se arrebujaron de una manera casi mística, por la inexplicabilidad de su magia, en la Alonso, o simplemente Alicia, como preferimos evocarla aquellos balletómanos que tuvimos el privilegio admirable de sincronizar desde la butaca del teatro nuestro enternecido aliento con el de la más grande criatura romántica sobre el escenario. 

     Reconociendo mi insuficiencia expresiva para dignificar el esplendor sideral de nuestra prima ballerina assoluta, me veo precisado a acudir, como generalmente hago, a la genial pluma de Alejo Carpentier, a mi juicio el más grande crítico de ballet cubano, para sintetizar lo ocurrido en la gala inaugural de la versión cubana de "Giselle" en la Ópera de París, bailada por Alicia, el 24 de febrero de 1972, bajo el título "Como hubiese querido verla Théophile Gautier" y que nombrara originariamente “Alicia Alonso en la Ópera de París”. 

      "Después de la función se ofreció un coctel a Alicia en el Foyer de la Danza del Teatro, prestigiado por los retratos de Taglioni, la Grisi, Fanny Elssler y otras grandes de la coreografía del siglo pasado... Daniel Lesur, administrador de la Ópera, se acercó a nuestra gran bailarina: 'Alicia –le dijo– desde hacía mucho tiempo, desde el siglo pasado, Giselle era una pieza de museo, una cosa muerta. Usted con su genio, la ha revivido, nos la ha restituido. Gracias a usted la vimos esta noche como hubiese querido verla Théophile Gautier'. Creo que nada tendría yo que añadir a estas palabras", leemos en el texto carpenteriano.

     Por otra parte, el poeta y crítico cubano Gastón Baquero expresó, a raíz de una función de "Giselle" protagonizada por la Alonso en el Teatro Monumental de Madrid: “… lo único que se me ocurre es parodiar una frase de mi querido Raymond Chandler, y decir: es una bailarina, una bailarina capaz de hacer que un obispo rompa a pedradas una vidriera para mirar por un agujero”.

     La Alonso dejó de interpretar Giselle el mismo día que la estrenara, un 2 de noviembre, cincuenta años después, en 1993, acompañada por el primer bailarín cubano Lienz Chang, en el Gran Teatro de La Habana. Como puede apreciarse en una filmación de la susodicha función, a sus 62 años de edad y parcialmente ciega, nuestra Giselle eterna provocó con el lirismo inefable de su irrepetible genio artístico una reacción apoteósica en el exigente público que se dio cita en el templo habanero de la danza universal.

Pie de foto: Uno de los icónicos saludos de Alicia Alonso a la audiencia, captado por el lente de William Sauro/The New York Times, en el Metropolitan Opera House, 1977.



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