La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

sábado, 4 de septiembre de 2010

En el centenario de Versos Sencillos


Artículo de Manuel Díaz Martínez, publicado originalmente en 1991 en la revista “Cádiz e Iberoamérica”, editada por la Diputación de Cádiz y dirigida por el poeta Jesús Fernández Palacios.
Este año se cumple un siglo de la publicación de Versos sencillos (Nueva York, Louis Weiss & Co., Impresores, 1891), de José Martí, a quien Juan Ramón Jiménez vio como “héroe más que ninguno de la vida y la muerte” y Fernando de los Ríos consideraba “la personalidad más conmovedora, patética y profunda que ha producido hasta ahora el alma hispana en América”.

No faltarán suspicaces en el mundo que piensen –la obra literaria de Martí no es tan conocida como se desea– que los cubanos exageramos cuando decimos que José Martí es un poeta excepcional. Que exageramos, ofuscados, por devoción al hombre que vivió y murió por hacernos libres colectiva e individualmente. Podría ser –porque hay una pasión cubana por Martí–, pero no es. Y si bien nuestro héroe se incorporó a la historia por actos en que se revela su ser poético, la poesía que escribió no necesita del prestigio de tales actos para merecer el lugar que ocupa entre lo más sustantivo de la lírica moderna. En principio, los versos valen, o no, por sí mismos: nada que no sean ellos ni los salva ni los pierde.

Martí fue, por extensión de su grandeza poética, un adalid y un mártir de la libertad entera. Su altura como poeta es la medida de su magnitud como libertador. Su tamaño total debe fijarse, mejor que por lo que hizo para zafarle a Cuba la atadura colonial española y preservarla de la norteamericana, por lo que se esforzó, en letra y ejemplo cotidiano, para insuflarnos –a cubanos y a españoles, y a todos– un amor alerta y beligerante por la dignidad humana. “La dignidad plena del hombre” es, en la poética y la política de Martí, supremo valor, bien raigal sin cuya existencia resulta imposible la libertad ni íntima ni pública, ni de individuo ni de pueblo.

Nacido en La Habana, de padre valenciano y madre canaria, en 1853, murió en la batalla de Dos Ríos, al oriente de Cuba, en 1895. Afrontó cárcel y destierro siendo adolescente, padeció un exilio casi perpetuo (España, México, Guatemala, Estados Unidos, Venezuela, Jamaica), fundó el Partido Revolucionario Cubano y su periódico Patria, creó una revista preciosa para los niños de América (La Edad de Oro), organizó expediciones armadas y la Guerra de Independencia. Además de poeta fue orador, dramaturgo, novelista, ensayista, periodista, conspirador. Cuando creyó llegado el momento de ser también soldado, se precipitó en la muerte empuñando un revólver en medio de la guerra que él preparó y que quería sin odio porque la concebía justa y necesaria.

Martí reunió poemas suyos en tres libros que, con los de Rubén Darío, anunciaron la modernidad en la literatura de nuestro idioma: Ismaelillo, Versos libres y Versos sencillos. El primero apareció en 1882; el tercero, nueve años después. No le alcanzó la vida para ver impresa toda su obra poética. Flores del destierro (poemas compilados bajo este título por Gonzalo de Quesada) es un libro que se publicó en 1933, y todo parece indicar que Versos libres fue editado por primera vez, como libro independiente, por el poeta malagueño Manuel Altolaguirre en su imprenta habanera La Verónica, en 1939.

Martí y el Modernismo

Es indudable que ciertas proposiciones estéticas hechas por Martí, derivadas del parnasianismo y defendidas por él al comienzo de su carrera literaria, así como la índole de sus aportes a la renovación del verso y la prosa castellanos de su época, fueron elementos genitores del Modernismo. Martí influyó a fondo en Darío, y esto es elocuente. Juan Ramón Jiménez lo advirtió: “…Martí vive (prosa y verso) en Darío, que reconoció con nobleza, desde el primer instante, el legado. Lo que le dio me asombra hoy que he leído a los dos enteramente. ¡Y qué bien dado y recibido!”.

Pero, salvo aquellas proposiciones estéticas de juventud, lo modernista en Martí se circunscribe al idioma, al estilo, a la métrica. En lo tocante a la actitud frente a las circunstancias sociales, Martí se situó en las antípodas de los modernistas netos.

Tempranamente planteó Martí la necesidad de rescatar el idioma literario español del marasmo en que por entonces se hallaba. Señaló el empobrecimiento del idioma por el exceso de rutina a que fue sometido, y emprendió la tarea de romper los esquemas fósiles en que estaba atascada la inmensa mayoría de los románticos españoles e hispanoamericanos. En un artículo de su juventud mexicana dijo: “Es ley que ya termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se parezcan a los otros…”.

Martí acababa de regresar de París cuando escribió eso. Se ha apuntado la posibilidad de que, atraído por el revuelo que produjo en los círculos intelectuales franceses la aparición de Romances sans paroles (libro que se había publicado meses antes de la llegada de Martí a la capital francesa), conociera las novedades de Verlaine y que éstas lo sedujeran. La hipótesis no parece aventurada porque, poco tiempo después, en una de sus “Escenas mexicanas”, manifiesta criterios perfectamente verlaineanos: “La música es más bella –escribe Martí– que la poesía porque las notas son menos limitadas que las rimas: la nota tiene el sonido, y el eco grave, y el eco lánguido con que se pierde en el espacio: el verso es uno, es seco, es solo: –alma comprimida– forma implacable –ritmo tenacísimo. [...] La poesía es lo vago: es más bello lo que de ella se aspira que lo que ella es en sí”. Compárense estas palabras del joven Martí con la primera estrofa del “Art poétique” de Verlaine:

De la musique avant toute chose,
Et pour cela préfère l’Impair
Plus vague et plus soluble dans l’air,
Sans rien en lui qui pèse ou qui pose.

Algún tiempo más tarde, en el prólogo de Versos libres, Martí declara sus gustos poéticos. En ese texto dice que ama “las sonoridades difíciles, el verso escultórico, vibrante como la porcelana, volador como un ave, ardiente y arrollador como una lengua de lava”. Creemos descubrir en estas manifestaciones a un adorador de la forma, a un devoto del artificio, a un modernista radical. Sin embargo, en el párrafo siguiente revela su concepto de la labor del poeta y hace un canto a la espontaneidad, enfrentándose ya a lo que Juan Marinello ha llamado el fetichismo de la forma: “Tajos –escribe Martí– son éstos de mis propias entrañas –mis guerreros–. Ninguno me ha salido recalentado, artificioso, recompuesto, de la mente; sino como las lágrimas salen de los ojos y la sangre sale a borbotones de la herida”. Uniendo estas declaraciones de carácter estético a la profesión de “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud” aparecida en la dedicatoria que encabeza a Ismaelillo, comprobamos que Martí, antes que el Modernismo llegara a sus límites finales, tácitamente lo reprobaba. Martí le oponía su fe en la fuerza del hombre para transformar el medio social y para transformarse a sí mismo. Él se sentía optimista ante el devenir histórico, ante el cual el Modernismo puro, esencialmente escéptico, levantó el desdén de su preciosismo retórico y los paraísos artificiales de su irrealismo.

Mente política, observador alerta de la realidad social del Continente, espíritu batallador, Martí asumió como un apostolado las responsabilidades que al hombre de pensamiento se le pide que asuma ante la Historia. Su identificación con las apetencias revolucionarias latinoamericanas lo condujo a una postura militante, como ciudadano y como escritor, incompatible con la respuesta modernista al desafío de la época.

En varias ocasiones, Martí denunció el decadentismo que veía en parnasianos y simbolistas y, por extensión, en los modernistas. A este respecto son elocuentes los reproches que hizo a Julián del Casal: “De él se puede decir que, pagado del arte, por gustar del de Francia tan cerca, le tomó la poesía nula, y de desgano falso e innecesario, con que los artífices del verso parisiense entretuvieron estos años últimos el vacío ideal de su época transitoria”. Finalmente, en este mismo párrafo, propone al poeta encarar la vida –“odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia”– y evoca una sentencia de Antonio Pérez, el patético secretario de Felipe II, que es un elogio a la entereza espiritual, al compromiso y a la lucha: “Sólo los grandes estómagos digieren veneno”.

Noticia de los Versos sencillos

Martí escribe los Versos sencillos en 1890, durante una temporada de reposo en las montañas Katskill (Estados Unidos). “Me echó el médico al monte”, dirá, aludiendo al motivo de ese súbito paréntesis: su quebrantada salud. Acaba de librar, con brío y brillo, en la Conferencia Internacional Americana de Washington, una batalla difícil que exigió mucho esfuerzo de su cuerpo y de su mente. Allí levantó, ante Estados Unidos y sus seguidores latinoamericanos, su oposición a “todo cuanto tienda a acercar o identificar en lo político a este país y los nuestros”.

Los agrestes parajes de las Katskill lo ayudan a serenar las angustias patrióticas y las tribulaciones personales, y por unos días le propician un vivificador encuentro con la naturaleza y consigo mismo. Entonces siente, acaso con más fuerza que nunca antes porque “tal vez la poesía no es más que la distancia”, la necesidad del consuelo “que viene de las letras, bellas y fieles”. Echado bajo el palio de hojas y cielo que la montaña le ofrece, vuelve Martí sobre su vida, en la cual la vida le ha permitido pensar muy poco. “Los grandes miedos”, “las grandes esperanzas”, “el indómito amor de libertad” y el “amor doloroso a la hermosura” que se la construyeron –tiene entonces el poeta treinta y ocho años– hallan espacio en un cuaderno que día a día se va llenando de estrofas que más parecen compuestas a viva voz que escritas.

Toda la sabiduría literaria de Martí se muestra en estos poemas, en los que, como dijo Borges refiriéndose a los de Sandburg, hay “habilidades que quieren pasar por descuidos”. Aparentan la premura del boceto, del apunte a mano alzada. La copla popular española les presta, como le prestó a Lope, el trazo ágil y el talante sentencioso. Del simbolismo francés les llega un provocador enmascaramiento del trasfondo. Hay tres diosas profundas gobernando estos poemas: Cuba o la libertad, la Naturaleza o la autenticidad, la Poesía o el amor.

Los Versos sencillos son el resultado de una urgencia existencial. Son confesiones –“Mis amigos saben cómo se me salieron estos versos del corazón”–. Un hombre intenso, que ha vivido, soñado y sufrido por y para los otros y que está en vísperas de salvar el último tramo que lo separa del holocausto, se reserva un instante para sí y repasa su vida. Y, para que quede algo más que su angustia solitaria frente a las cumbres de Katskill, la ilumina: escribe los Versos sencillos.

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