La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Fe y religiosidad



Por Leonardo Venta


“Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada”.
Víctor Hugo
Los eruditos continúan tratando de hallar respuestas a las numerosas interrogantes que el hombre se formula. Sin embargo, aún queda mucha incertidumbre latente, especialmente, en el plano de la conciencia.

Los triunfos – al igual que la frágil felicidad – están sujetos a lo fortuito de la vida. La sombra, proyección oscura que nuestro cuerpo agita en el espacio, en sentido contrario a aquel por donde llega la luz, parece advertirnos constantemente la temible asechanza de la muerte, la omnipresencia de la oscura nada.

Nos inquieta el tiempo, la libertad, el mundo interior, el deseo de inmortalidad, la voluntad de vivir, la constante necesidad de elegir. Nos atrae el éxito, la aprobación, el goce. Rechazamos instintivamente el dolor, lo grotesco, lo inservible, lo caduco, lo feo.

Sin embargo, la existencia viene diseñada por cada experiencia individual a partir de situaciones y apreciaciones específicas. La realidad, que en su atributo general puede parecer única, es interpretada desigualmente por cada ser.

El humano se siente desvastado ante el silencio divino, afectado por las incertidumbres y contradicciones que acompañan al Dios que le ha sido revelado desde pequeño por sus mayores. Intenta entender la aparentemente inconciliable relación entre lo deseado y lo verdaderamente factible, entre los instintos y la vilipendiada razón.

Al ateo más glacial, de una manera u otra, al menos una ocasión en su vida alienta una chispa de Dios; para luego ensombrecerse tras una nube desabrida de incertidumbre. Intentamos encontrarle sentido a la existencia, nos entusiasmamos con el vivir, mas al percibir los lúgubres repiques de la muerte sobre cielo ajeno volvemos sobre nuestros temores.

Buscamos a un Dios a tientas, la mayor parte de las veces, temerosos, desorientados. Se nos inculca una divinidad piadosa, que no se cansa de perdonar instintivos y repetidos pecados, cuyos orígenes ignoramos; por otro lado; se nos amenaza también con un Dios implacable y temerario.

Anhelamos relacionarnos con un Ser Supremo, sin intermediarios, sin la intervención de la opresora y defectiva mano humana, pero invariablemente quedamos a merced de milenarios proyectos y dogmas programados. “Ése en que crees, lector, ése es tu dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y fue niño cuando eras tú niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre, y que se disipaba cuando te disipabas […]”, afirma Unamuno.

Tenemos sed y hambre de inmortalidad y nos sabemos frágiles, vulnerables, mortales. Deseamos existir sempiternamente, y el aire que respiramos es nunca saldada hipoteca. ¡Qué mayor anhelo que el de igualarse y emular a Dios: el ideal diseñado! ¡Cuán decepcionados nos sentimos con las nuestras y ajenas fallas y limitaciones! Tanteamos a oscuras esa angustia que nos lleva a cuestionar la existencia de Dios, sin confesarlo.

Afirmamos creer lo que a ciencia cierta ignoramos. Con estoicismo, ocultamos nuestras dudas, nuestras miserias, para proteger a otros de la desesperanza o, quizá, por vanidad religiosa. Tememos la verdad. ¿Mentimos o nos mentimos? La fe imparte vida, libera; la religiosidad mutila, traiciona; nos transforma en súbditos de un reino insostenible que llegamos a abominar, por ilusorio y simulado. Recibimos masteres y doctorados en la carrera de las máscaras, nos naturalizamos con la ciudadanía de la doble moral, y dejamos atrás a ese niño al que le ha sido prometido el Reino de los Cielos.

Meditación diurna


Por Leonardo Venta

Un horizonte impreciso se alza ante nuestros sentidos: distante, vasto, ajeno e insospechado. En cada intento de aprehenderlo, las circunstancias se interponen. Es el querer y el no poder que siempre nos asecha.

Los rasgos propios que caracterizan a un individuo y su voluntad (dentro de un entorno social) vienen determinados, en gran parte, por las circunstancias. Desafortunadamente, éstas no son ideales para todos. Además, varían.

Lo que es felicidad hoy puede ser desventura mañana, y viceversa. Lo que es alegría y placer para alguien, puede ser tristeza y dolor para otro. El hombre, en su naturaleza disconforme, no acepta sentirse prisionero de las circunstancias. Se enfrenta a ellas desigualmente (o simplemente no las afronta).

Al nacer no elegimos ser niños o niñas, no escogemos nuestros padres, no decidimos el lugar donde crecer, ni el color de nuestra piel o nuestros ojos, ni el tono de nuestra voz. Las circunstancias juegan un papel decisivo en nuestra fortuna.

Existen encrucijadas, momentos críticos que definen nuestro rumbo. Tal parece que se nos ha asignado un itinerario, único e indivisible, delineado por hechos, encuentros y desenlaces, por más que diques y represas, elevadas montañas o tupidas selvas, se interpongan.

La sístole y la diástole de la existencia humana tal parece que nos impelen por irremediables laberintos, sosegados valles, inhóspitos desiertos y apacibles florestas, de igual modo que el movimiento ininterrumpido de nuestros corazones consuma el sendero cíclico del sistema circulatorio.

Muchos tratan de alterar el curso de la vida, y fracasan. Cuando creemos haber logrado nuestras metas, misteriosas bofetadas del destino nos recuerdan la presencia de una implacable potestad superior. Violentamos nuestro devenir, nos obligamos a creer que la encrucijada de la vida no nos aguarda.

Rechazamos nuestra suerte, si es que realmente existe una. Vegetamos disconformes con lo que somos y tenemos. El alto anhela ser pequeño para penetrar en angostas cavidades, mientras el pequeño sueña con ser alto para alcanzar las estrellas. Renunciamos, negamos, repudiamos. Nos acomodamos a las costumbres, prejuicios y lineamientos, impuestos por otros, con el afán de ser aceptados.

Aprendemos a reír como los demás, a caminar como otros caminan, a vestir con las modas que otros prefieren (porque, aparentemente, demuestran el buen gusto). También nos enseñan a despreciar a aquellos que no son o piensan como nosotros.

Anhelamos ser lo que la sociedad nos propone, aunque nuestros instintos, gustos e intereses no lo entiendan así. Desempeñamos roles. Nos ocultamos tras disímiles máscaras.

Abrigamos prejuicios e intransigencias. Competimos, censuramos, mentimos, usamos la verdad para herir, en vez de emplearla como fuerza liberadora. Erigimos murallas, paredes invisibles, que no por incorpóreas dejan de ser temibles. Construimos cercas, rejas, cerraduras, mientras llevamos a rastra prisioneros corazones que lamentan su destino.

La vanidad y el egoísmo nos sustentan. Arrinconamos al amor, lo amordazamos, laceramos, torturamos, decapitamos... Hacemos y nos hacemos creer que estamos bien, que andamos con la virtud cogidos del brazo, sabiendo que es todo lo contrario.

Humberto López Morales, ganador de la segunda edición del Premio de Ensayo Isabel Polanco


Guadalajara, México. El jurado del Premio de Ensayo Isabel Polanco, instituido por la Feria Internacional del Libro de esta ciudad y por la Fundación Santillana, declaró ganador de la segunda edición de este certamen al trabajo La andadura del español por el mundo, presentado por el doctor en filología románica por la Universidad Complutense de Madrid, Humberto López Morales, que sometió su documento bajo el seudónimo de Hernán Luna.

El miercoles, 13 de octubre de 2010 se dio a conocer el veredicto del jurado, que estuvo presidido por el ex presidente chileno Ricardo Lagos, e integrado por la escritora colombiana Laura Restrepo, por Daniel Samper, de España y Colombia, y por los académicos mexicanos José G. Moreno de Alba y Concepción Company Company, que deliberó vía telefónica desde Washington, así como por el escritor Gonzalo Celorio, que además actúa como secretario técnico del premio instituido el año 2008.

El tema de esta segunda edición del Premio de Ensayo Isabel Polanco fue la "Lengua española, su unidad y diversidad, su historia, su presente y su futuro, su relación con otras lenguas o su potencialidad literaria, cultural, económica...". La convocatoria cerró el 15 de julio y los organizadores informaron que se recibieron trabajos de España, Estados Unidos, Argentina, México, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. El galardón, que será entregado en el marco de la Feria Internacional del Libro 2010, que inicia el próximo 27 de noviembre, consiste en una obra del artista canario Martín Chirino y 100 mil dólares. Además, el sello Taurus presentará en el mismo marco la edición del ensayo premiado.

El acta del jurado, que decidió el galardón de manera unánime, señala que la obra presentada por López Morales es "un ensayo académico que aúna al rigor conceptual y metodológico que lo impulsa la amenidad y sencillez de su escritura, lo que permitirá que, una vez editado, el libro pueda ser leído lo mismo por especialistas en la historia y la configuración de la lengua española, que por un público general culto interesado en el tema de nuestro idioma".

En su veredicto los jurados subrayaron que "la obra ofrece una visión completa de la lengua española a lo largo de su historia y a través del vasto territorio en el que se habla", como vasta en el campo lingüístico es la experiencia del ganador, nacido en La Habana el 2 de diciembre de 1936. El recorrido estudioso de López Morales, compendiado en más de 250 investigaciones, 50 de ellas convertidas en libros, lo ha llevado a participar en universidades y academias de la Lengua de tres continentes: de las Filipinas al Caribe, de España a Argentina, de Estados Unidos a Chile. Actualmente se desempeña como secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, que tiene su sede en Madrid. Es además presidente de honor de la Asociación de Lingüística y Filología de la América Latina, y preside la Sociedad Lingüística del Caribe Hispánico y la Asociación de Historia de la Lengua Española.

El año pasado, el certamen instituido para honrar la memoria de quien fuera consejera delegada del Grupo Santillana y para subrayar la importancia del género del ensayo, lo ganó el también cubano Rafael Rojas, con el texto Repúblicas de aire: Utopía y desencanto en la Revolución de Hispanoamérica.