La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

viernes, 20 de diciembre de 2019

En vísperas de Navidad

"Sagrada Familia" (circa 1490), obra de Lorenzo di Ottavio Costa el viejo, Musée des Beaux-Arts, Lyon.

Por Leonardo Venta

Cuando nos disponemos a celebrar otra Navidad, retomamos el recurrente empeño de develar su legítima esencia. Si nos detenemos a contemplar las más célebres obras de pintura que representan el nacimiento de Jesús, encontramos que la luz, en contraste con la oscuridad que la circunda, se centra en la divina criatura en el pesebre.
            La imprevisión, con sus veleidosas desinencias, no constituye la razón que nos ha motivado a hurgar en los entresijos de este tema. La sociedad actual ha vaciado la Navidad de su verdadero significado religioso, desvirtuando la profundidad de su mensaje y celebración. Cristo, epítome del Amor, debe ser su razón y naturaleza.
            La dicha navideña –que no tiene nada que ver con el consumismo que cada año prolifera en la conmemoración del nacimiento de Jesucristo– pudiera ser espejismo de un principio de amor y fraternidad que hemos damnificado con nuestra indolencia y malas acciones durante todo el año.
            No son los regalos ni las fiestas ni las bulliciosas manifestaciones de cordialidad la esencia del misterio de la Navidad, sino el ejercicio de virtudes y valores que nos identifican con la Segunda Persona de la Trinidad. El filósofo y teólogo Santo Tomás, llamado El Príncipe de los Escolásticos, define la virtud como un “hábito operativo bueno", una disposición habitual y firme a hacer el bien.
            Cuentan los biógrafos de San Francisco de Asís, que en el mes de diciembre de 1223, en una localidad italiana de la provincia de Rieti, región de Lazio, el Santo de los santos se lamentaba de que la observancia de la Navidad había sido ensombrecida por el consumismo. Con el propósito de rescatar su verdadero espíritu, congregó a varios amigos, junto con algunos animales, y recreó la escena del pesebre, conocida como la Natividad.
            La experiencia de Rieti fue singular y edificante, y a lo largo de los años esa práctica –a la que se agregaron los villancicos– se integró a la celebración del nacimiento del Mesías, oficializada en el año 345 por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno, padres y doctores de la Iglesia Primitiva. Aunque hay quienes consideran que la celebración del 25 de diciembre es el resultado de la degeneración que sufrió el cristianismo a manos del paganismo, sigue siendo la fiesta más importante del año eclesiástico cristiano.
            Sin embargo, no todo los rituales navideños son de origen pagano. En 1742, Georg Friedrich Händel estrenó en Dublín el oratorio "El Mesías", con su célebre coro "Aleluya". Como sugiere el título, la composición recorre el nacimiento de Jesús, su muerte y la resurrección. Una de las piezas más populares de la sección de Navidad es "Porque un niño nos es nacido", que se basa en Isaías 9: 6: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz".
            Polícromos compromisos, disimulados estreses, embriagados efugios, desiguales obsequios, producciones de "El cascanueces" integran la nutrida lista de elementos que aderezan esta celebración. Para lenitivo de quien escribe esta nota, no todo es consumismo en las festividades decembrinas; hay padres, que a pesar de tener medios para comprar costosos obsequios, precisan a sus hijos a intercambiar presentes confeccionados por ellos mismos, sin gran valor material, pero con una significación emocional edificante.
            La Navidad es el tiempo propicio para fijar la mirada en "el iniciador y perfeccionador de nuestra fe", cuyas enseñanzas nos exhortan a amarnos los unos a los otros, perdonarnos al igual que Él nos perdona; fraternizar –con amor de madre a hijo– en tiempos favorables y de conflictos; así como cuidar de aquellos que, por la razón que sea, no pueden valerse por sí mismos.
            No importa cuánto anhelemos la paz, vivimos en un mundo amenazado constantemente por la violencia, la discordia y la codicia. Queremos ser honestos, pero la impudicia constantemente nos tiende emboscadas. Procuramos repartir buenas acciones; sin embargo, nos dejamos atrapar por los afanes de la vida y así procrastinamos –o anulamos– dichos buenos propósitos. Necesitamos perdonar, pero no lo hacemos. Afirmamos proponernos el bien ajeno, pero nos deslizamos hacia el egoísmo, la manipulación, la enfermiza competitividad, la xenofobia, el racismo, los prejuicios y el pernicioso orgullo.
            No es el costoso regalo, ni el humilde gesto de cumplido, ni la entrañable cena de Nochebuena, ni el rencuentro con ese distante ser amado, ni la magia que desvanece el desaliento para transformarlo en esperanza, ni la ociosa lágrima que se sublima en tierno detenido gesto, la Navidad es atesorar la más meritoria de todas las dádivas: Jesucristo, cuyo nacimiento celebramos para que –según establece Tito 3:7– "justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna". 

miércoles, 30 de octubre de 2019

La Peri -A. Alonso - J. Esquivel (Pas de Deux) (1985).Ballet Classic

Una última prolongada ovación a la Giselle eterna

Alicia Alonso en el Metropolitan Opera House de Nueva York, el 29 de septiembre de 1977. Foto: Louis Peres. 

Por Leonardo Venta

“… Daniel Lesur, administrador de la Ópera [de París], se acercó a nuestra gran bailarina: ‘Alicia –le dijo– desde hacía mucho tiempo, desde el siglo pasado, Giselle era una pieza de museo, una cosa muerta. Usted con su genio, la ha revivido, nos la ha restituido. Gracias a usted la vimos esta noche como hubiese querido verla Théophile Gautier’. Creo que nada tendría yo que añadir a estas palabras”.
 Fragmento de la crónica “Como hubiese querido verla Théophile Gautier”, Alejo Carpentier


            El jueves, 17 de octubre de 2019, alrededor de las 11 de la mañana, Alicia Ernestina de la Caridad del Cobre Martínez del Hoyo –dicho de una manera más sucinta, Alicia Alonso o la Giselle eterna– falleció a los 98 años en el habanero Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ) debido a un fallo cardíaco..
            El sábado, desde las 9 de la mañana, miles de personas acudieron a rendir un último tributo a la prima ballerina assoluta en el Gran Teatro que lleva su nombre en la capital cubana.
            Ubicado en el centro del vestíbulo, su ataúd fue cubierto con una nívea tela de encaje y flores del mismo color, como símbolo de pureza y del llamado ballet romántico al que pertenece su icónica interpretación del etéreo personaje de Giselle en el segundo acto. Había además vivaces arreglos florales –significando, quizá, su gran estima a una existencia que presagiara alcanzaría los 200 años– diseminados por la escalinata de mármol coronada por una enorme bandera cubana
            Cuatro fotografías suyas de gran formato parecerían contemplar con serena aprobación a dos hileras de jovencitos de la Escuela Nacional de Ballet que custodiaban con solemnidad el féretro, mientras una orquesta en vivo ejecutaba en la planta alta piezas como el "Ave María" (Schubert), "La bella Cubana" (José White), el Intermezzo de "Cavalleria rusticana" (Mascagni) y selecciones de "El lago de los cisnes" (Chaikovski) y "Giselle" (Adams), bajo cuyos compases y una prolongada emotiva ovación, sacudida con gritos de "Bravo, Alicia" y "Única", partía en una tarde gris del amado teatro hacia el panteón familiar en la Necrópolis de Cristóbal Colón.
            Ya en el cementerio, continuaron los aplausos y los “¡Bravo, Alicia!”, para sosegarse momentáneamente con el designio de escuchar las palabras de despedida del duelo por Eusebio Leal. “Dichosa tú, que al entrar en este descanso, en ese provisorio silencio de sombras, te libras de ellas por la grandeza de tu voluntad férrea, tantas veces demostrada (…) la muerte se convierte en un carro de gloria para los que han alcanzado como tú la fama y el amor de un pueblo", se le escuchó decir al conmovido e inspirado historiador de La Habana, amigo entrañable de la gran bailarina.                                                                                                                                                      José Lezama Lima dijo sobre nuestra Giselle eterna en 1949: “Una bailarina como Alicia Alonso nos comprueba que existen entre nosotros miríadas de irisaciones, de metáforas, de reflejos, de ideas, de nacimientos y presagios, que pueden tener momentáneamente una evidencia, alcanzando forma y esplendor al ser danzados”.            
         “Cuando baila en París –escribe Lezama en Fiesta de Alicia Alonso– nos hace recordar una de las más grandes épocas del ballet, y soñamos que desde un palco la contemplan Proust, Matisse o Braque. Si algún día Alicia Alonso se decidiese a mostrar la historia de sus gestos, de sus movimientos, qué deliciosa novela proustina no tendríamos”.
         Expresa el poeta y crítico cubano Gastón Baquero, a raíz de una interpretación de Giselle, protagonizada por la Alonso en el Teatro Monumental de Madrid: “… lo único que se me ocurre es parodiar una frase de mi querido Raymond Chandler, y decir: es una bailarina, una bailarina capaz de hacer que un obispo rompa a pedradas una vidriera para mirar por un agujero”.
        Leemos en "Saludo y homenaje a Alicia Alonso", de Eliseo Diego, uno de los representantes más notables del grupo Orígenes: “Siempre te vi volar toda ya un hada, / cisne, paloma y mil y más criaturas, / tramando tus divinas aventuras / sobre el borde insaciable de la nada”.
       La investigadora literaria y poetisa Fina García Marruz en su “Alicia Alonso en el país de la danza”, dice: “A las verdaderas danzarinas se las reconoce tanto por su identificación con la gracia más natural y ondulante como por su modo de incorporar al movimiento la quietud y convertir el reposo también en algo danzario, en un secreto del movimiento. Cuando Alicia, después de un prodigioso giro, reposa, toda su figura alcanza una peculiar plenitud. La diestra bailarina puede imitar sus giros de mariposa en la luz, pero no la difícil madurez de su gracia en el reposo”. 
       Cintio Vitier, la gran figura de la crítica erudita cubana –en ocasión del develamiento de una placa conmemorativa en el Gran Teatro de La Habana, el 2 de noviembre de 1998, en la gala realizada el día del quincuagésimo aniversario del debut de Alicia en el personaje que inmortalizara–, afirma: “Por ella Giselle se convirtió en una muchacha cubana bailando sola en el patio de su casa el misterio unitivo de las islas, el hechizo de la Isla más entrañable y herida; el patio cubano se convirtió en escenario universal; todas las muchachas cubanas se alzaron con Giselle hasta el patio de la gloria. De la gloria sencilla, la gloria amorosa de todos, la gloria cubana, por cuya gracia le damos gracias, Alicia señora nuestra”. Afirma, el mismo Vitier, en la revista Cuba en el Ballet, los números de enero-agosto de 1997: “El secreto de las nueve Musas es que son, o pueden ser, una sola. Esto no lo aprendimos en ningún tratado antiguo ni moderno sino viendo bailar a Alicia Alonso”.
      Quien escribe esta nota –desde su insomne plañidero teclado, sobrecogido por la nostalgia del Gran Teatro de La Habana y la solemnidad misteriosa del lezamiano tokonoma de Zapata y Calle 12– le ofrece también una última prolongada ovación de pie a la Giselle eterna.