![]() |
| "Black and White" (2014), gema del gran fotógrafo cubano-ucraniano Artyom Shlapachenko. En la foto aparece la primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba Grettel Morejón en el personaje de Odile |
Por Leonardo Venta
En la Mayor de las Antillas, la pionera en la interpretación de la dualidad Odette-Odile –cisne blanco y cisne negro– fue
Alicia Alonso, cuando todavía era estudiante de danza clásica. Su profesor, el
ucraniano Nicolai Yavorski, el primer director de la Escuela de Ballet de la
Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana, fundada en 1931, coreografió
especialmente para ella una versión de “El lago de los cisnes”, cuyo estreno fue
el 10 de mayo de 1937, en el habanero Teatro Auditorium –en la actualidad
Amadeo Roldán– junto a los alumnos de
Pro-Arte y teniendo como partenaire al bailarín invitado Robert Belsky, de los
Ballets Rusos de Montecarlo, quien bailó bajo el pseudónimo de Emilio Laurens.
La
Alonso –después de su estreno como alumna en este ballet– tuvo que
esperar a 1940 para bailar por primera vez el pas de trois del primer acto, junto
a la legendaria Nora Kaye y Leon Danielian, el mismo año en que el neoyorquino
Ballet Theatre exhaló su primer suspiro como compañía.
Cuatro
años después, en la versión que estableciera el American Ballet Theatre, la mítica bailarina cubana se puso el emplumado níveo
tutú de Odette, en el grand pas de deux del segundo acto; y ya para 1948, acompañada por Igor Youskévitch, se
ataviaba con el tutú negro para comenzar a escribir su propia leyenda: la de las irrepetibles bordadas “6” pirouettes de la
variación, los encentrados 32 fouettés y las osadas 'vaquitas' de la coda.
El
21 de marzo de 1941, Irina Barónova y Paul Petrov, como parte de los Ballets
Rusos del Coronel de Basil, bailaron el segundo acto de "El lago de los
cisnes" en el Auditorium de la capital cubana. El 28 de octubre de 1948, el Ballet Alicia Alonso incorporó el segundo acto a su repertorio, con la Alonso y Youskévich en los papeles de Odette y Sigfrido.
Pocos días después, el 31 de octubre, la prestigiosa pareja interpretó el pas de
deux del "Cisne negro". En 1946, Youskévich había iniciado una carrera brillante con el Ballet Theatre. Notables conocedores de la danza clásica han reverenciado su fuerza dramática y
pureza interpretativa. Erik Bruhn, "danseur noble par excellence", dijo que sólo se interesó por el papel de Albrecth después de ver a Youskévich bailarlo. A finales de los años 1940, el gran bailarín ucraniano ya era el partenaire regular de Alicia Alonso.
En 1953, la maître y coreógrafa inglesa Mary Skeaping montó “El lago de los cisnes” para el Ballet Alicia Alonso, según la versión de Nicolai Sergueiev. La première tuvo lugar en el antedicho teatro Auditorium, en 1954, con la Alonso, Royes Fernández y Charles Dickson, en los personajes de Odette-Odile, el príncipe Sigfrido y el hechicero von Rothbart, respectivamente.
En 1953, la maître y coreógrafa inglesa Mary Skeaping montó “El lago de los cisnes” para el Ballet Alicia Alonso, según la versión de Nicolai Sergueiev. La première tuvo lugar en el antedicho teatro Auditorium, en 1954, con la Alonso, Royes Fernández y Charles Dickson, en los personajes de Odette-Odile, el príncipe Sigfrido y el hechicero von Rothbart, respectivamente.
A
la estela de los grandes partenaires que escoltaron a la mítica cubana, se
unieron el bailarín británico de origen irlandés Anton Dolin –con quien tuve el
honor de departir en La Habana de los años setenta–, André Eglevsky, el
mencionado Youskévitch, John Kriza, Erick Bruhn y Royez Fernández, es decir, la
crema de la crema de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo en el olimpo
de la danza clásica.
La
coreografía original de “El lago…”, creada por Marius Petipa y Liev Ivanov, con
el seductor colorido y lirismo orquestal de Piotr Ilich Chaikovski, ha llegado
a nuestros días modificada. Eso implica la necesidad de un excelente trabajo de
reconstrucción del original, una esmerada recreación del estilo y de los modos
expresivos de la época en que fue ideado.
La
Alonso, como parte de su constante esfuerzo por integrar,
preservar y potenciar los elementos definitorios de los grandes clásicos dentro del repertorio
del Ballet Nacional de Cuba, ha retomando detalles originales de este ballet, haciendo énfasis en la
credibilidad y fidelidad a la trama inicial, contrastando los actos primero y
tercero –terrenales– con la atmósfera etérea de los llamados actos blancos.
En su versión del primer acto, entre otros recursos, no desestima el
metateatro. En los actos segundo y cuarto, caracterizados por su pureza incorpórea,
hace énfasis en la línea recta: triángulos, diagonales y cruces en filas. A su
vez, los cisnes cubanos se distinguen por las bien pronunciadas muñecas de las manos quebradas, sugiriendo
la pequeña cabeza de la idealizada ave de plumaje blanco, cuello largo y
flexible.
En
la representación cubana del "Cisne negro" resalta un retador rigor técnico,
algo de esperar en un montaje realizado por una autoridad del virtuosismo como lo
ha sido Alicia Alonso. Una peculiaridad admirable en esta versión es la famosa secuencia
de "sautés arabesque sur le pointe en penché", conocida en el argot balletístico de
la Isla como ‘vaquitas’, o saltos sobre la punta avanzando hacia atrás.
En
la puesta de la compañía caribeña, el tradicional cuarto acto es sustituido por un epílogo
que lo enlaza al tercero, sin la necesidad de interrupciones, lo que confiere
fluidez al desarrollo de una trama en la que el hechizo edificante del amor y
el bien prevalecen sobre las fuerzas del mal. “Se trata de rescatar la esencia
del romanticismo y el clasicismo –ha afirmado la Alonso–, haciéndolos viables
para el público de hoy, lo cual, a mi juicio, es la mejor forma de respetar los
clásicos”.
A
esta excepcional mujer, alma de la llamada escuela cubana de ballet, le debemos además el
estreno como pieza de concierto del adagio del segundo acto de “El lago de los
cisnes". No solía representarse de manera aislada. Si bien, durante una visita
en 1975 del Ballet Nacional de Cuba al Teatro de la Ópera de Maracay,
Venezuela, la Alonso decidió bailarlo. “… al llegar allí con
mi compañía encontré tal entusiasmo por verme bailar y recibí tantas y tan
cariñosas solicitudes para que lo
hiciera, que debí buscar una solución", leemos en Alicia Alonso:
"prima ballerina assoluta", imagen de una plenitud (testimonios y
recuerdos de la artista). "Y ésta fue incluir, como parte del concierto,
el adagio del segundo acto de 'El lago de los cisnes', ballet que personalmente
no bailaba desde hacía cerca de tres años, a causa de mi reciente operación de
los ojos (…) al disponerme a bailarlo aisladamente, con toda la atención puesta
sobre este adagio, debí replantearme de inmediato su interpretación y resolver
algunos aspectos que no me habían dejado totalmente satisfecha antes”, agrega en el mencionado texto. Aquellos que tuvimos el privilegio de verla interpretar
esta gema de tules y suspiros danzarios, teniendo ella más de cincuenta años de edad, estamos
precisados a admitir la genialidad antológica de su interpretación, fuera de
los límites de toda concepción humana.
La
excepcional acogida a su representación de este adagio, a una edad en que casi
todas sus contemporáneas tenían que conformarse con mirarla desde una butaca, le
obligó a seguir bailándolo en programas de conciertos. El tempo de la
música se tornó más lento con el propósito de enfatizar la amorosa expresividad
romántica entre la princesa cisne y su noble pretendiente. “He podido observar
que en los últimos años ha surgido la tendencia en algunos intérpretes a
incluir este fragmento en conciertos y a bailarlo en un tempo más lento, lo
cual me ha hecho muy feliz, al comprobar que mi intención ha sido comprendida”,
afirma la imperecedera Odette cubana.
Al
exponer su concepción del Cisne negro, la Alonso confiesa la intensa
sensualidad que encierra el personaje dentro de la expresión clásica. Aunque
aclara que “en ningún caso Odile es una 'femme fatale' a la manera
hollywoodense, error en que incurren algunas intérpretes”. Otro contraste que
pespunta con extremo refinado cuidado en la puesta cubana es el momento en que
Odile se separa del Príncipe súbitamente, segundos después de haber
experimentado un compartido efluvio de sensual ternura en el adagio, reafirmando –a través de la instintiva evasión– su
condición maléfica, al mismo tiempo que –el soplo idílico que le precediera– sugiere vulnerabilidad ante los
pronunciamientos amorosos del noble acompañante.
Odile
evoluciona gradualmente en su intensidad interpretativa, partiendo de una
cierta mesura, recelo arrogante –en búsqueda de la aceptación de todos en la
fiesta de palacio, y especialmente de Sigfrido–, hasta desplayarse en la siniestra célebre refinada
burla, al finalizar el tan aplaudido pas de deux.
La
versión cubana sortea el peligro de la sobreactuación en la representación de
Odile, así como equilibra el imperioso virtuosismo técnico –que corre siempre
el riesgo de transformarse en maniobra circense– con los desafiantes
requerimientos interpretativos del difícil papel. Además procura integrar los
elegantes matices de Odile –alejándola de la caricatura y los aspectos
efectistas– a la técnica, la música y la interpretación de un personaje, que
según la muy conocedora Alonso, tampoco es un demonio puro.
