La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

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sábado, 14 de abril de 2018

La sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Vista panorámica del patio exterior Charles Engelhard, donde se encuentra ubicada
 la renovada sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York

Por Leonardo Venta 

            El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (conocido como el "Met”), uno de los más grandes y visitados del mundo, fue fundado en 1870 por un grupo de destacadas figuras públicas, filántropos y creadores artísticos. Las colecciones del museo están seccionadas en 18 departamentos, responsable cada uno de ellos de la adquisición, conservación y exposición de sus propias obras.
            La sección de arte estadounidense –dentro de un perímetro de 136 mil metros cuadrados, enmarcados en el espacio de un hermoso palacio de cristal en el Parque Central–  se extiende desde el período colonial hasta nuestros días. Su renovación, por un costo de 100 millones de dólares, culminó en 2011. La primera fase, que se concentró en remozar las galerías del primer piso, había terminado en 2007.
            Inaugurado en 1980, como extensión del museo original, con muebles, artes decorativas y pinturas, el muestrario de este sector ha crecido considerablemente en número y calidad dentro de un ambiente en que visitantes y curadores coinciden en la búsqueda de elementos novedosos.
            El patio exterior Charles Engelhard –en donde la luz penetra armoniosamente a través de los cristales– cuenta con la fachada del edificio bancario estadounidense Martin E. Thompson, de corte griego y piedra caliza, así como otras salas correspondientes a diferentes períodos.
Fachada del edificio bancario estadounidense Martin E. Thompson
            El espacio actual, con 30 por ciento más de su capacidad original, está ocupado por algo más de medio centenar de monumentos de mármol, bronce, mosaicos, ventanas de vitrales y elementos arquitectónicos, muchos de los cuales están situados de forma tal que los visitantes pueden examinarlos desde un ángulo más cercano. Antes, las esculturas realizaban una función simplemente decorativa; mientras ahora se enfocan mayormente en ilustrar de forma global la trascendencia del arte estadounidense.
La escultura de bronce dorado “Diana”, del artista Augustus Saint-Gaudens, 
se erige en el centro del patio exterior Charles Engelhard
            Entre las obras exhibidas en el patio, resalta en el centro la escultura de bronce dorado “Diana”, del artista neoyorquino de origen dublinés Augustus Saint-Gaudens, apuntando hacia la entrada, colocada sobre un pedestal de mayor dimensión que el que tenía antes. También se admiran piezas de mármol del escultor romántico Daniel Chester French, que estaban previamente colocadas en el balcón del segundo piso, donde no resultaba fácil admirarlas.
Una vista de la sección estadounidense del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que muestra tres esculturas de mármol de Daniel Chester French: "Memory" (extremo izquierdo), "Mourning Victory" (izquierda) y "The Angel of Death and the Sculptor" ( derecha)
            Además, se exhiben dos monumentales lámparas de estilo francés, de 1902, diseñadas por Richard Morris Hunt, que estuvieron guardadas por décadas y que ahora relumbran a cada lado de la entrada del museo. Asimismo, domina un puesto significativo en la exhibición un púlpito de piedra caliza tallada del escultor de origen vienés Karl Bitter, famoso para los neoyorquinos por su célebre fuente frente al Hotel Plaza. 

El púlpito y la barandilla del coro de la Iglesia de todos los Ángeles (ahora demolida), 
es una de las obras eclesiásticas más hermosas ejecutadas en Estados Unidos

Se pueden admirar, conjuntamente, las ventanas de vitral Tiffany, a cuya colección fue agregada una de 1867 de Henry Sharp, llamada “Fe y Esperanza”, de la Iglesia St. Ann de Brooklyn; así como un nuevo entresuelo de vidrio con sus balcones originales.

Henry Sharp proporcionó esta ventana, 1867-69, y muchas otras para la Iglesia Episcopal de Santa Ana en Brooklyn –de colores intensos, típicos de la época–, bajo el marco de una gran estructura de estilo neogótico construida por la firma Renwick and Sands
          Alrededor de doscientos cincuenta obras de alfarería estadounidense, hechas entre 1876 y 1956, fueron donadas al museo por Robert A. Ellison Jr., un importante coleccionista neoyorquino. Se exhiben poco más o menos mil objetos decorativos y joyas de hasta el siglo XVIII. Ajustándose a la luminosidad arquitectónica del lugar, un nuevo elevador de cristal transporta a los visitantes a las salas representativas de las diferentes épocas.
Un elemento central de la renovación del "Ala estadounidense" es un llamativo ascensor de cristal
          Después de la remodelación de 2011, los “curadores” decidieron agrupar los trabajos (3400 han sido añadidos en los últimos 30 años) cronológicamente, integrando los elementos –como la plata con la cerámica– para alcanzar efectos visuales más deslumbrantes. Los visitantes se enfrentan a una arquitectura que va desde la Massachusetts puritana del siglo XVII hasta un comedor de principios del siglo pasado, diseñado por el estadounidense Frank Lloyd Wright, uno de los principales maestros de la arquitectura del siglo XX. Las diferentes salas tienen pantallas sensibles al tacto, a través de las cuales los visitantes pueden informarse sobre los diferentes objetos en exhibición.

domingo, 3 de septiembre de 2017

El maestro César Santos, diez años después (y III)


"Autorretrato", César Santos, óleo sobre lino, 21 x 16 pulgadas, 2011

Por Leonardo Venta

     El 14 de abril alboreó esta serie de tres entrevistas que concluye con la presente edición. La genialidad y belleza, la desafiante vigilante irreverencia de la obra de César Santos nos sedujo desde el primer encuentro. La energía de su propuesta artística responde a una sensibilidad creativa sumamente sagaz, a su propia manera de ver el mundo, y en cierto sentido la nuestra, tenaz empeño que innova intuitivamente el orden estético, emocional, intelectual y, ¿por qué no?, los combina magistralmente.
     A través del horizonte trazado por las preguntas y respuestas de este encuentro, hemos anhelado dar a conocer mejor la dimensión humana y artística de César Santos.  Concluyamos, pues, este viaje a través de la obra y la experiencia evolutiva del artífice.


¿En qué parte de Miami vives?

Vivo en Miami Shores.

He podido deducir a través de esta conversación que en ti palpita una disyuntiva entre el clasicismo y el arte contemporáneo. Me explicaste que fuiste a Nueva York buscando algo que no encontraste o quizá lo encontraste y te decepcionó. A partir de esta pauta, ¿cómo pudiéramos definir tu estilo?

     Tengo la mentalidad contemporánea, eso de provocar el "shock", la sorpresa, retar el pensamiento tradicional, aunque sea valiéndome de elementos clásicos. Del romanticismo, idealizo y suscito los componentes más humanos y emocionales.

Teniendo en consideración el pensamiento crítico, reflexivo y creativo que te caracteriza, ¿cómo explicas la manera en que ha evolucionado tu arte?

     Yo empecé haciendo obras de naturaleza muerta para la Galería Cernuda, que fue la primera que me representó. De ahí fui poniendo más atención a la figura humana. A partir de mi interés por la figura humana y el arte clásico, comencé a experimentar con el sincretismo. Abandoné la naturaleza muerta como género y entré en un mundo más figurativo. 
     Después, me di cuenta de que estaba cometiendo un error en términos de lo que es el arte contemporáneo, el cual no debe ocuparse del elemento narrativo. La imagen tiene que tener un valor como imagen y punto. No tiene que tener una historia elaborada que la justifique. Eso es más bien una intención del arte clásico. Paulatinamente fui filtrando, eliminando elementos superfluos de mi obra y minimizándolos para llegar a la esencia de lo que es importante.


"Flamenca", César Santos, óleo sobre lino, 44 x 30 pulgadas, 2016

     En este momento, la evolución de mi arte se refleja en toda una serie de retratos, que siempre me han interesado, excepto en la época de las naturalezas muertas, lo cual considero fue resultado de la influencia de mis estudios académicos. Ahora estoy haciendo una cabeza flotando en un espacio en blanco. Es decir, quiero narrar la historia del individuo solamente con la habilidad de pintar, con el oficio de sacarle el alma a través de la calidad que le de a la piel, a la mirada, a otros elementos. No tengo que agregar atrás una parada de ómnibus para que se sepa que estaba esperando el autobús, ni un taller para justificar que estaba trabajando. Eso es lo que estoy cambiando desde el punto de vista de los principios de las artes clásicas.

 Has publicado cuatro discos de vídeo digital de una serie que se titula "Secretos del retrato pictórico". ¿Pudieras ofrecernos un comentario al respecto?

     Al haber desarrollado la técnica de la pintura, muchas personas se me han acercado pidiéndome que les enseñe cómo pintar retratos. En el 2014, impartí un curso en Brasil. Después, he estado en Italia, Canadá, España. Consecuentemente, una compañía me ofreció hacer un DVD didáctico, que se puede descargar en línea o comprarse en la tienda. En la filmación aparezco explicando, paso por paso, cómo pintar un retrato, en este caso particular el de mi esposa. Es el superventas de la compañía. Al mismo tiempo, me ha ofrecido gran popularidad.

"Secuelas / Aftermath", César Santos, óleo sobre lino, 37 x 54 pulgadas, 2011


¿Cuál es la obra tuya que más amas?

     La que viene mañana. Por alguna razón, cada vez que termino una pintura me parece que no logré lo que había imaginado. Me digo: "No importa, lo voy a dejar para la próxima". Por eso, la obra que me imagino es la que más me gusta.

¿Eres muy exigente contigo mismo como artista?

     Si, bastante exigente.

¿Perfeccionista?

     No tanto perfeccionista como exigente. Para mí es más importante resolver el problema que hacerlo perfectamente.

¿Cuáles son  tus planes futuros?

     Quiero mantenerme haciendo algo de lo que me sienta orgulloso. Conservar el mismo entusiasmo de cuando comencé mi carrera, estar abierto a todas las oportunidades. La evolución vendrá por sí misma. Yo no soy de planear el futuro, sino más bien mantener la dinámica de esta carrera: el descubrir en el camino.

sábado, 2 de septiembre de 2017

El maestro César Santos, diez años después (II)

"Autoretrato a los 35", carboncillo sobre papel, 20x16 pulgadas, 2017
Por Leonardo Venta

     La genialidad de César Santos, el nivel superior de eso que llamamos talento, viene fundida a su apasionada entrega a las artes plásticas. Es joven –tiene sólo 35 años–, acaricia el diestro pincel con el pulso resuelto, mientras nutre su hambre orgánica con los pigmentos que se suspenden, empinan y fusionan en su paleta.
     Lo conocí en 2007, en Miami, a raíz de la presentación de un afiche suyo en un festival internacional de ballet. Hacía alrededor de doce meses que se había graduado en una florentina academia de arte, bajo la tutela de Michael John Angel, discípulo del maestro Pietro Annigoni, uno de los grandes de la pintura realista italiana del siglo XX.
     Hemos conversado en varias oportunidades. En cada ocasión palpo cada vez mejor el horizonte que bosqueja su mirada creativa y emprendedora. Nuestra última charla telefónica, hace cuatro meses, duró 40 largos minutos. La grabé. Procedí luego a transcribirla, precisado a escucharla varias veces.
     El esfuerzo, las palabras, el espacio y el tiempo son insuficientes para exponer –a través del mesurado encogimiento de una entrevista dividida en tres partes– la imaginación exuberante, la excelente técnica, la intemporalidad en equilibrio, la riqueza de detalles, el jadeo sincrético, las inquietudes por resolver, las afinidades e influencias significativas presentes en la obra de César Santos. El pasado 14 de abril amaneció la primera parte. Aspiración que reanuda la presente edición.

¿Sigues casado con la bella Valentina Santos, modelo para muchas de tus obras y tu eterna musa italiana?

     Sí, sigo casado con ella.

Sabemos que eres un hombre renacentista, y dentro de esa cosmovisión te has movido en diversos campos del conocimiento y el arte. Por ejemplo, has tomado clases de teatro con la profesora María Teresa Rojas en el Miami-Dade College y te vi representar a uno de los caballeros de la Corte en la versión del “El lago de los cisnes” del Ballet Clásico Cubano de Miami, en el Jackie Gleason. ¿Cómo equiparas las artes plásticas con la actuación? ¿Qué puedes decirnos sobre tu experiencia como actor?

     Cuando comencé el teatro, me encantó. Creo que Teresa me supo sacar el artista que tenía adentro. Estaba llevando la pintura muy fríamente, muy lógicamente, muy técnicamente. Me quejaba porque no entendía el mundo introspectivo de los artistas. A veces, me decía: “Yo no soy artista”. Entonces, Teresa, a través del teatro, me obliga a profundizar en los sentimientos, a ser más humano. En las artes escénicas, uno tiene que ponerse en el lugar de los demás. Por ejemplo, ¿cómo un viejo se amarra los cordones de los zapatos?, ¿cómo camina una persona que tenga dolor? A través del teatro comencé a identificarme mejor con la gente y a ser más sensible artísticamente. Eso me llevó a expresar más emociones a través de la pintura.
     Por otro lado, lo que menos me gustó de la actuación es la dependencia de que un director me escogiera, el proceso del ‘casting”, toda una serie de elementos que no dependían sólo de ser talentoso, sino de gustar, caer bien, lidiar con la gente. Yo prefiero pintar, ya que puedo controlar el resultado sin depender de nadie, y cuando la obra sale al público ya está filtrada por mí. Esto me resulta más atractivo que estar sujeto a un proceso subjetivo de selección para conseguir actuar en un espectáculo.


        "Dancers", foto de César Santos, 
primer premio del concurso de fotografía "It's Time We Met", 
         organizado por el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, 2010

En el año 2010, con la obra “Dancers” ganaste el primer premio del concurso de fotografía “It's Time We Met”, organizado por el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. ¿Qué nos puedes decir sobre esa experiencia? ¿Por qué fotografía y no pintura?

     Estaba viviendo en Nueva York con mi esposa. Íbamos todas las semanas, una o dos veces, al Metropolitan para hacer copias de los grades maestros. Un día vimos que estaban anunciando un concurso de fotografía. Nos inscribimos. Presentamos algunas fotos que tomé y me dieron el premio. Fue una linda sorpresa. Yo no soy fotógrafo. Siempre supe que la foto fue un juego visual y que por eso gané, no por el nivel de la fotografía.

¿Por qué escogiste la temática del ballet para concursar?

     El tema era abierto a lo que el artista quisiera representar. Mientras caminaba por el Metropolitan, pensando qué hacer, me di cuenta de que la manera en que mi esposa estaba vestida y la pose que adoptaba guardaban similitud con la escultura de la bailarina de Edgard Degas que allí se exhibía. “Valentina, párate aquí”, le dije. Le tomé una foto, casi improvisada. Y esa fue la foto que ganó el concurso.

En 2013, obtuviste un premio otorgado por la neoyorquina Grand Central Academy. ¿Cómo detallas tu participación en este concurso?

     Aunque estudié pintura clásica, siempre traté de hacer obras contemporáneas, modernas. Sin embargo, yo quería ser parte del movimiento del realismo que había en Nueva York. Como yo estaba pintando obras irreverentes, que rompían con los principios del purismo de los movimientos estéticos tradicionales, se me ocurrió participar en un concurso que ellos tenían en el Grand Central de dibujo al vivo, retrato. Al yo no reverenciar el arte clásico y la elegancia, me dije: “Si compito y gano voy a granjearme el respeto de esa gente que está criticando mi obra, conformada en parte por el sincretismo. Gané, lo que me facilitó ser más aceptado y respetado por ese grupo más tradicional.


"Magra sobre grasa", César Santos, óleo sobre lienzo, 40x30 pulgadas, 2017

He podido entrever a través de tus comentarios que en algún momento de tu carrera experimentaste cierta preocupación por encajar en el microcosmos artístico de Nueva York. ¿En qué sentido tu estancia en esa ciudad cambió tu perspectiva con respecto al arte y por qué regresaste a Miami?

     Menos mal que tú detectaste esa inquietud. Yo fui a Nueva York para conquistar ese microcosmos –al que te refieres– del llamado “arte realista”. Sin embargo, cuando conocí la mentalidad de ese grupo, comprendí que están perdidos en la mímica del arte clásico, oponiéndose al arte contemporáneo. Y se están perdiendo el arte que está en todos lados, ya sea clásico o contemporáneo. Es decir, están viviendo en una lucha constante. Eso no me interesó. Me separé. Volví para Miami porque aquí hay un espacio libre, un campo fresco, una especie de campo abierto donde tú puedes sembrar lo que quieras. Me dije: “Voy para Miami con esta mezcla clásica-contemporánea, aparte de que soy cubano y me gusta estar entre mi cultura, cerquita de mis padres". Regresé a ofrecerle al mundo, sobre todo a Miami, el oficio, la elegancia y lo positivo del arte clásico en correspondencia con el contemporáneo –más lúdico y asequible– a ver qué pasa con esa propuesta. 

                                                                (continuará)

sábado, 15 de abril de 2017

El maestro César Santos, diez años después (I)

"Autorretrato", 20 x 15 pulgadas, óleo sobre lino, obra de César Santos, 2014 
Por Leonardo Venta

     Lo conocí en septiembre de 2007 en Miami, a raíz de "Danza Imposible", el afiche oficial del XII Festival Internacional de Ballet de esa ciudad, creado por él. Tenía 25 años de edad. Hacía alrededor de doce meses que se había graduado en "Angel Academy of Art", en Florencia, Italia, donde estudió bajo la tutela de Michael John Angel, discípulo del maestro Pietro Annigoni, uno de los grandes de la pintura realista italiana del siglo XX y, a su vez, estudioso de maestros renacentistas como Tiziano Vecellio y Leonardo da Vinci.
     En aquel entonces me dijo: “Mi meta como artista y ser humano es mantenerme con la libertad de expresar mis ideas y lo que siento con respecto al arte. De lograrlo, sería influir en la trayectoria futura del arte y consolidarme como parte de su historia”. Esta declaración pudiera interpretarse como un leve destello de sana presuntuosidad. Sin embargo, aquellos que hemos admirado la obra de César Santos, por alrededor de una década, reconocemos en esas palabras un humilde reflejo de la esencia de un artista exquisitamente consciente de su genialidad. Leamos qué tiene que contarnos diez años después de nuestro primer encuentro, justo cuando comenzaba su carrera. 

He leído que eres sobrino de Raúl Santos Serpa, importante figura de las artes plásticas en Cuba. ¿Es él quien te inspiró a ser pintor?

     Fue parte de la inspiración. Sin embargo, yo opino que nací con la tendencia de poder sentirme inspirado por diferentes experiencias que impresionan mi vida y traducirlas a un nivel artístico.

¿Nos remite esa experiencia con tu tío a Cuba?

     Sí, yo me fui de Cuba a los 12 años. Era un niño. Veía a mi tío teniendo exhibiciones y pintando, y eso me ayudó a percibir la pintura como una profesión. 

Entonces, ¿cómo fue ese primer guiño de luz que te develó el sendero de la pintura?

     El momento inicial que marcó ese cambio drástico, cuando yo me dije que iba a ser artista, ocurrió un año después de haber llegado a Estados Unidos. Yo tenía 13 años. No hablaba inglés todavía. Una maestra de arte de una escuela pública de Hialeah me sugirió que  debía solicitar la matrícula en dos escuelas especializadas en arte: New World School of the Arts y Design and Architecture Senior High (DASH). Hablé con mis padres. Fui a DASH. Averigüé como se hacían los trámites. Solicité la inscripción y fui aceptado a pesar de tener pocos conocimientos de inglés. Sin embargo, mi nivel artístico fue suficiente para que me aceptaran. Eso me motivó a pensar que, si podía alcanzar esa meta a ese nivel, podía llegar a ser pintor. De esa manera, seguí insistiendo en ser artista.

Desde una perspectiva más entrañable, ¿recuerdas algún momento en tu infancia que te dictara la necesidad de ser pintor?

     Cuando tenía alrededor de 10 años, recuerdo haberle hecho un dibujito a una niña que me simpatizaba en la escuela. A ella, Mabel, le gustó. Se lo mostró a su amigas y vinieron a mí pidiéndome que les hiciera dibujos a ellas también. Yo opino que eso me impulsó a seguir dibujando. Me condujo a un nivel de apreciación de la habilidad mía como dibujante.

Sé que te gusta boxear, actuar y, por supuesto, pintar. Detrás de cada artista, hay un ser humano, henchido de inquietudes. Teniendo en consideración esta afirmación, ¿procura algo en tu interior el aplauso a través de estas tres disciplinas?

     Esas tres disciplinas tienen en común que buscan la aprobación. Yo he tenido éxito en la pintura porque busco ser el "showman", hacer algo que a la gente le llame la atención, a partir de la experiencia personal, pero buscando el éxito. De la misma manera, cuando boxeaba procuraba la victoria. Lo mismo sucede con la actuación: el hecho de que me miren, el saber que lo estoy haciendo bien, proyectarme con naturalidad, perseguir el aplauso. Esas inquietudes me han llevado a tener esa actitud con el arte.

"Picasso sobre la mesa" , 28 x 48 pulgadas, óleo sobre lino, obra de César Santos, 2009 
En el 2010, te mudas a Nueva York. A partir de tu estancia en suelo neoyorquino, teorizas lo que llamas el sincretismo en tu arte. ¿Cómo explicas esa teorización?

     El término sincretismo lo aplico primeramente en Nueva York para referirme a mi arte. Si bien, siempre existió en mi obra. Esa mezcla de Cuba con Estados Unidos, lo atípico con lo clásico, el arte contemporáneo con el tradicional, reflejan el resultado de esa influencia en mí. Me puse a desarrollar una obra en Nueva York, con seriedad, y tuve la exhibición en la galería Eleanor Ettinger Chelsea. "Sincretismo" fue el título de la serie que estaba trabajando y también el nombre que le puse a la exhibición de esa serie.

¿Cuántos cuadros componían esa serie?

     En general, terminé la serie con 50 o 60 cuadros. La exhibición en aquel tiempo tuvo 25 obras. 

¿Cómo ha evolucionado tu trabajo en estos últimos diez años?

     Antes me dedicaba casi exclusivamente a pintar. Ahora, me proyecto más en el aspecto estratégico. Hago una pintura pensando bien en el concepto, el porqué la estoy haciendo. También trabajo con los contactos de las galerías que me representan y con proyectos nuevos. Hace un mes comencé el proyecto "Cesar Santos vlog", en Youtube, un canal donde hablo sobre filosofía y arte.

¿En cuántos lugares has vivido?

      Además de vivir en Cuba mis primeros años, he residido en Miami gran parte de mi tiempo. También he vivido en Nueva York, del 2010 al 2012; en Suecia, del 2008 al 2009, y en Italia, del 2005 al 2007.
                                                                                                                                                                      (continuará)

sábado, 14 de enero de 2017

“Un hermano que llevarse a la boca”

El martes, 29 de noviembre de 2016, a las 10:22 p.m., falleció a punto de cumplir los 87 años Vicente Raúl García Huerta, creador de “Retrato de José Martí”, óleo sobre lienzo a tamaño real, donado al Centro Histórico Cultural Cubano de Tampa, el 19 de mayo de 1991
Por Leonardo Venta

Este empeño de escribirte, aunque ya no puedas leerme, me ha tomado exhausto, en una larga jornada de inservibles solventadas palabras y el desdén cotidiano que me lacera –a deshora, como es costumbre en mí–, cuando son cada día menos los amigos y la bondad se prostituye en largo metálico bostezo.
            Bordea la una de la madrugada. Ya son las tres. Llevo tres horas escribiéndote, hablándote, con mi rosario de recuerdos. Esta es una de las pocas ocasiones en que me conozco, me reconozco, me reflejo, me proyecto, es decir, advierto y admito, hago uso de la palabra en función de las emociones, violentando todo tipo de condicionamiento y ese asiduo temor a tener que hacerlo bien, porque necesito la aceptación vilipendiada.
            Este es el conjuro, amigo padre, al menos el mío, tú ya no puedes escucharme, o quizá me escuches como personaje fantástico de Borges o Bioy Casares, o santo católico, ¿en mayúscula o minúscula?, pernotando en ese infinito para el cual no encuentro un apropiado nombre.
            Necesito componerte un dístico elegíaco –me pierdo, divago, sin perfilar las ideas, sin consultar el diccionario, sin hurgar sinónimos, sin correcciones, sin signos de puntuación–,  tamizar pausas –porque necesito hablarte, amigo, esta madrugada del 13 de enero de 2017, aunque no puedas oírme–, gritarte, a ver si despiertas con esa sonrisa erguida que te robó la tristeza de haber perdido a la buena Carmen.
            Te me acerco sin glotonear  –aunque la palabra no me suene bien– ese nocivo ego que no es otra cosa que la miseria de no tener “un hermano que llevarse a la boca”. La imagen es tuya. La he arropado entre comillas, quizá para contrariar a Góngora. No quiero quepan dudas de que te pertenece, aunque me la haya apropiado. Me la leíste en mi antigua casa de madera, que no era mía, alumbrada con cirios (sabes que no me gusta llamarlos velas). Perdona, vuelvo a divagar…me ilustraste la imagen del hermano ausente con buen brochazo de pintor poeta… y ahora, con ballagiano desamparado transpolado acento, sin correcciones, te susurro: “déjamela, cuando esté solo yo la diré en voz baja suavizada de llanto”. 

jueves, 1 de septiembre de 2016

A los 53 años de la muerte de George Braque

George Braque en su estudio pintando "L'Echo" (1954)
El  miércoles, 31 de agosto de 2016 se cumplió el quincuagésimo tercer aniversario de la desaparición física en París, a la edad de 81 años, del pintor francés George Braque, considerado junto con Pablo Picasso fundador del cubismo, movimiento precursor de la abstracción y la subjetividad artística, a partir del principio del postimpresionista Paul Cézanne de que “todas las formas de la naturaleza parten de la esfera, el cono y el cilindro”.
            Braque incursionó diferentes estilos y tendencias durante su fructífera y extensa producción artística. Hacia 1905, asimiló a los fauvistas, quienes rechazaban los tonos naturalistas del impresionismo, proyectándose hacia los colores violentos, que proyectan la subjetividad y la libertad expresiva del artista, que iniciaron los postimpresionistas Paul Gauguin y Vincent van Gogh. El fauvismo trastornó el concepto del color en el arte contemporáneo, empleando matices puros y brillantes en composiciones cuyos elementos se disgregan del centro teórico, hasta llegar a excluirlo en parte de la representación.  
            En 1908, se adentra en las distorsiones y matices inusitados que caracterizan la obra de Paul Cézanne, fusión de los componentes básicos de representación y expresividad. Es así como Braque, sin proponérselo, funda un nuevo estilo que luego sería conocido como cubismo. Rechazando la perspectiva y el movimiento, trabajó en formas geométricas semejantes a cubos (o prismas rectangulares) mientras se valía del sombreado para reducir el volumen, con lo que otorgaba a los cuerpos una apariencia igualmente plana y tridimensional. Las formas cobran relevancia, por lo que el color pasa a un plano secundario.
            Existen diferentes fases en el cubismo de Braque, quien trabajó este movimiento artístico en estrecha colaboración con Picasso, conformando recursos estilísticos y temas similares. Durante la primera mitad de 1908, ambos artistas se veían casi diariamente. "Casi todas las tardes o bien iba yo al estudio de Braque o bien él venía al mío. Sencillamente, cada uno de nosotros tenía que ver lo que el otro había hecho durante el día", dijo el pintor malagueño refiriéndose a su experiencia con el galo. Sin embargo, Picasso, en mi opinión, asume una conducta similar a la de Rubén Darío en relación a su obra Azul y el modernismo, al autoproclamarse fundador del cubismo, reclamando además el patrimonio de la concepción del collage, que bien le pertenece a Braque. “Cuarenta años después del surgimiento del cubismo, Picasso no quiso dejarle nada a Braque, ni el cubismo analítico ni el cubismo sintético”, ha señalado el crítico de arte parisiense Olivier Cena.
            Al comienzo de su experimentación cubista, Braque creaba a base de cubos superficies superpuestas y planos angulares, empleando escasos grados de coloración. De esa forma se adentró en el "cubismo analítico", cuya descomposición de objetos de colores preferiblemente grises, marrones, verdes y amarillos, o diferentes tonalidades de un mismo color, los lleva a ser irreconocibles. "Violín y jarra" (1910, Kunstmuseum, Basilea), pertenece a esta etapa. 
"Violín y jarra" (1910, Kunstmuseum, Basilea), pertenece a la etapa del "cubismo analítico"
Ulteriormente, desarrolla el "cubismo sintético", en otros términos, un signo que significaba el objeto en lugar de imitarlo, valiéndose de la trasposición de los efectos del collage a la pintura al óleo, e introduciendo colores algo más brillantes.            
            La osmosis Braque-Picasso se deshizo definitivamente en 1914, cuando el artista galo se sumó a las filas del ejército de su país. Braque fue herido de gravedad en la cabeza durante la Primera Guerra Mundial y en 1917, después de una prolongada convalecencia, restableció su carrera artística. A partir de esa fecha, emprendió un nuevo estilo, que a pesar de seguir siendo cubista, se torna más personal, más contemplativo, con colores más enérgicos, mayor aprovechamiento de la textura como elemento configurador de la expresividad y la reaparición de la figura humana.
            El primer artista vivo en haber expuesto en el Museo del Louvre de París tenía un gusto especial por la naturaleza muerta. "En la naturaleza muerta, el espacio es táctil, incluso manual, mientras que el espacio del paisaje es un espacio visual", afirmaba. Asimismo, creó la técnica del "papier collé" en collages (utilizando papeles de periódico, de embalaje, o de imitación de madera o mármol), además fue pionero en el empleo de las letras y los números en sus composiciones. En la esquina superior derecha de "Le Portugais", obra de 1911, aparecen por primera vez las letras "D BAL" y una serie de números bajo ellas.

"Le Portugais", 1911
Georges Braque reta al espectador a ejercitar el pensamiento crítico; lo incita a formular diversas propuestas a partir de las múltiples perspectivas que subyacen en sus trabajos. He ahí en parte su genialidad. 

sábado, 26 de marzo de 2016

Coloquio con Alexis Pantoja

La obra de Alexis Pantoja tiene un sello neobarroco, cuya revisión estética representa esa propensión a lo teatral, lo encrespado, lo enfático, lo hipértelico, la distorsión y la hipérbole, lo racional dentro de lo irracional, pero no insubstancialmente sino con el propósito de hilvanar varias propuestas, dentro de un estético sistema de oposiciones binarias.

Lo conocí recientemente a través de un amigo. Es un gran pintor, me dijo al presentármelo. Yo, con la memoria colmada de experiencias, intenté no entusiasmarme en entrevistarlo, quizá para evitar un tropezón innecesario de transitados imaginados egos, o para evitarme una madrugada despierto ante la pantalla de mi ordenador. Le estreché la mano. Comenzó a hablarme de su arte, y cuando ya cobraba impulso, un tercer envite desvió el enunciado de aquel primer encuentro.
            Le eché un vistazo a sus cuadros en el espacio virtual. Me parecieron buenos, subjetivos, con un océano de significaciones por descifrar. Levanté la vista. Busqué su mirada. Ya él estaba envuelto en otra afluencia de articulados pensamientos. Contemplé, sin que se percatara, la motilidad de su perfil, su negro vivaz ensortijado luengo cabello, que caía desordenadamente sobre su ligeramente bronceada frente. Su penetrante mirada de más de cuatro décadas lo repasaba todo, todo menos mi insistencia en observarlo.
            Ya en casa, considero la posibilidad de ejercitar mi nunca satisfecha necesidad de preguntar para aprender, mi casi obsesiva inclinación por asociar las artes plásticas con la literatura. Le pido una entrevista a través del amigo que nos presentara. El artista accede.
            A orillas del golfo de Guacanayabo, recorrido por Cristóbal Colón en su segundo y tercer viaje, se encuentra Manzanillo, ciudad del sureste de Cuba que vio nacer a Alexis Miguel Pantoja Pérez, el 1.º de febrero de 1969, año en que, él nos recuerda, los tripulantes del Apolo 11 protagonizaron el primer alunizaje de la historia.
            Pantoja se inicia artísticamente en la Escuela Elemental de Artes Plásticas "Carlos Enríquez" de Manzanillo, prosigue su formación en la Escuela Profesional de Artes Plásticas "El Alba" de Holguín, para licenciarse en el Instituto Superior Pedagógico de su ciudad natal, en la especialidad de Enseñanza Pedagógica y Educación de las Artes Plásticas.
            Su obra tiene distinción neobarroca, cuya revisión estética representa esa propensión a lo teatral, lo encrespado, lo enfático, lo hipértelico, la distorsión y la hipérbole, lo racional dentro de lo irracional, pero no insubstancialmente sino con el propósito de hilvanar varias propuestas dentro de un estético sistema de oposiciones binarias.
            Muchos de sus cuadros exploran la soledad existencial, con ese carácter trágico, aplastante, que implica todo un desvalimiento e impotencia ante lo efímero e infausto del sino humano, dentro del marco de las consabidas circunstancias gassetianas, elaborando un léxico artístico que se distancia categóricamente de la norma para explayar una riqueza tropológica que coquetea apetitosamente con los sentidos.
            Desde un acercamiento postmoderno, considerando sus eclécticas aristas colmadas de ingeniosos cuestionamientos a todo lo establecido, la producción de Pantoja nos alerta sobre la crisis del original, la simulación y venganza de la copia, que se relaciona con el carácter transgresor y paródico del neobarroco. Dicha visión se entrelaza estrechamente con la búsqueda de una identidad cultural que diferencie 'la otredad', en su ambición de rellenar el vacío, o incomprensión, del hegemónico centro.
            El neobarroco, partiendo de la premisa del barroco colonial, refleja la trasgresión de las relaciones de poder. Lo palpamos en la serie de bailarinas de Pantoja, que se alejan del modelo impresionista eurocéntrico de Edgard Degas, al cual en cierto sentido evocan.



Sus bailarinas aciertan dimensiones de intensidad criolla, con rostros casi siempre mestizos. A partir del modelo original, Pantoja logra una trasposición latinoamericana, más precisamente cubana.



            Este estilo marca un desequilibrio, en el buen sentido de la palabra, que oculta la carencia, tan característica del arte barroco, esa aspiración ontólogica, anhelo para el cual lo aparentemente irracional, hipertélico, antitético, abre una persiana tras la que acechan múltiples esclarecedoras propuestas.  Eh ahí, en parte, el valor de la obra de nuestro pintor manzanillero. Es nuestro reto detectar dichas propuestas, entenderlas y explicarlas. Con ese fin, hemos preparado esta especie de coloquio, interesantísimo, no por nuestra capacidad de escribir sino por la elocuencia didáctica de Alexis Pantoja.  


Hemos leído que comenzaste tu educación artística en la Escuela Elemental de Artes Plásticas "Carlos Enríquez" de Manzanillo? ¿Hasta que punto esta información es certera?

Hay que entender cómo estaba estructurado para aquella época el sistema de enseñanza del arte de la plástica en Cuba. Había una serie de 'círculos de interés' afiliados a las casas de cultura de todos los municipios a lo largo y ancho de país. En mi enseñanza primaria –lo que es tercero, cuarto y quinto grado–, esos círculos de interés fueron mis primeros acercamientos de especialización. Ahora, esto me conlleva a la educación secundaria. Había una escuela elemental de arte en casi todas las provincias y los municipios de mayor preponderancia cultural y económica en la Isla. Tenían a su favor el beneficio de contar con una academia, donde se recibía una formación más abocada a lo que es el conocimiento y el dominio de un determinado género, en dependencia del gusto del estudiante, ya sea pintura, grabado o escultura.

En otras palabras, ¿en "Carlos Enríquez" se estudiaban las tradicionales asignaturas docentes y, al mismo tiempo, se enseñaba arte?

Exactamente. Incluso, a pesar de que los estudiantes a esa edad tenían que cumplir una cantidad de funciones escolares y extraescolares. En el caso de los que estudiábamos arte, como parte de esa formación, nos eximían de determinadas responsabilidades regulares que debían cumplir los demás grupos, para precisamente podernos abocar a las artes. No podíamos hacer otras actividades, como ir a las llamadas escuelas al campo, y eso permitió en alguna manera que nos abocáramos tempranamente hacia ya un dominio puramente técnico de las artes.

¿Cuándo ingresaste en la Escuela "Carlos Enríquez"?

En el nivel de secundaria básica.

¿Era selectiva la matrícula?

Cualquiera tenía derecho a ser candidato para matricularse. Sin embargo, había que pasar un examen de talento. Yo recuerdo el día que hicimos los exámenes, entre 20 o 30 candidatos, fueron solamente seleccionados 10 o 15. Esa era la cifra aproximada que ingresaba cada año.

Entonces, ¿tu iniciación en las artes plásticas comenzó en "Carlos Enríquez"?

Para ser justo, realmente empezó con el Círculo de Interés de la Casa de la Cultura de Manzanillo. Era, como lo dice el nombre, un círculo de interés al que aspiraban estudiantes de muchas escuelas de primaria. Igualmente, teníamos que pasar por una especie de prueba para valorar nuestras cualidades.  

¿Qué edad tenías cuando te incorporaste a la Casa de la Cultura de Manzanillo?

Estaba en tercer grado. Tenía alrededor de 8 años. Recuerdo que en aquel entonces se celebraba el Festival Nacional de Artistas Aficionados. Recibí el primer premio a nivel nacional en 1980. Tenía 11 años. De esa forma, cuando yo ingreso en "Carlos Enríquez" ya venía con otro tipo de fogueo en eventos y participaciones. No fue tan sencillo el acto de pasar a una nueva faceta o categoría.

¿La relevancia de ese premio a tan temprana edad?

Fue todo un acontecimiento. Recuerdo que cuando llegué a Manzanillo, después de recibir el premio en La Habana, fui recibido como todo un héroe en el mundo de la escuela.

¿Cómo descubre Alexis Pantoja al artista en sí mismo?

El arte siempre estuvo en alguna medida en mi existencia. Cuando estaba apenas en el círculo infantil, lo que aquí le llaman el kindergarten, en una vasija de plástico con estructura redonda donde cabía la tempera, yo dibujaba con los deditos. En uno de los recuerdos más vagos que conservo, tendría 4 o 5 años, pintaba un autobús, arquetípico de aquella época, lo que te da indicio que siempre el ejercicio de la plástica fue un componente paralelo en mi existencia. Incluso, lo que permite que yo entre en el Círculo de Interés de la Casa de la Cultura es que en la escuela me destacaba por encima de la media.

¿Hay alguna agenda política y social en tu arte?

Vivimos en una isla, cuyo imaginario –como bien dice el ensayista y crítico de arte cubano Iván de la Nuez– está apoyado en dos columnas: el sexo o la política, o la  interrogación entre ambas. Por lo tanto, cualquier atisbo que se pueda ver en mi obra, como en el arte cubano en sentido general, no debe extrañar que abarque tópicos de esta índole, porque el arte siempre es un reflejo, o especie de crónica, del contexto que le toca experimentar. La lógica del arte cubano está sobre esa cuerda.

En las décadas de los sesenta y setenta la ideología del árido realismo socialista, como expresión artística oficial, se había injertado en Cuba para regir gradualmente la cultura en la Isla, a la hora de crear y valorar las obras artísticas y literarias. En el caso mío, en lugar de politizarme, mi salida fue alienarme. ¿Crees que la opción adoptada por mí (como artista) contradice lo expuesto por Iván de la Nuez?

Ya sea por afirmación o negación de esa realidad, no se puede escapar del campo gravitatorio del contexto que nos rodea, como consecuencia de una manera o de otra de ese contexto, porque la naturaleza del arte cubano, sea el teatro, la plástica, la literatura, nunca dejó de tomar en cuenta una postura analítica sobre los derroteros existenciales del artista o de la sociedad en la que estaba inmerso. Para mí arte es arte; es un mecanismo que hay que saber definir. ¿Dónde está el fracaso lamentable de muchas propuestas o artistas? El arte era más militancia política –ya sea a favor o en contra del sistema–, que el arte en sí; estaba relegado y eso los hizo fracasar.

¿Cuáles son las temáticas fundamentales que abordas en tu obra?

La soledad, la espiritualidad, la insularidad, el desarraigo. Yo nací en una ciudad que tiene mar [Manzanillo]. Yo recuerdo, sin tener conciencia de ello, que llegaba y siempre tenía gran fascinación por sentarme en el muro del malecón y disfrutar de ese horizonte. Y gracias a eso, ese horizonte me permeó de un mecanismo de asistir a las fabulaciones, y de asistir a una serie de mecanismos simbólicos que me han servido para mi trabajo actual. O sea, el mar es una presencia perenne en mí, ¡y que casualidad que precisamente ha marcado a la sociedad cubana!, como partida, como llegada, como escape, como opresión, como salvamento. Yo reivindico las aguas, el paisaje marino y el horizonte. Todos los términos encajan, a mi juicio, de una manera armónica ahí.

¿Qué relevancia tiene en tu trabajo la insularidad?

En muchas de mis obras, el verdadero protagonista es ese pedazo de roca que se levanta en el medio del mar, y sobre el que se estructura la historia que planteo en el cuadro.




¿La soledad?

Si hay una palabra que en realidad refleja la realidad cubana es la soledad. Es una situación a nivel de todo el país. En lo carnavalesco, fiestero del cubano hay una manera de calibrar la falta, o carencia, por la otra punta. Hay un proceso migratorio de desarraigo, la partida cada vez más acelerada de los grupos generacionales. Yo no tengo gente de mi propia generación cerca, porque casi todos se han ido del país.




¿La espiritualidad?

Es uno de los componentes básicos que nos hace precisamente moralizarnos. A mi juicio, están en crisis los valores referentes a la vida espiritual. Se están borrando las históricas barreras entre lo que es arte y no arte. El arte se está haciendo más cerebral y práctico, al punto que la parte espiritual cada vez pesa menos, y eso es peligroso. Otra parte, comprende un componente básico en la manera en que uno mira el mundo. Para ser un artista, uno debe tener un nivel de pulsación espiritual muy fuerte.

¿Es Cuba un tema central en tu expresión plástica?

Efectivamente. Me afecta, duele y choca la partida cada vez más acelerada en grandes proporciones de grupos humanos de las ciudades. Si tu realidad se conforma sobre la base de un grupo de amistades, de un grupo social que te marcó, de lo que yo llamaría tu "ciudad personal", y ese cúmulo de personas ya no está porque ha decidido buscar otros horizontes, todo eso es parte de la realidad cubana.  





¿Y qué persigues con la hipérbole?

Es un mecanismo donde se exagera, se pierde la noción de racionalidad. Es la manera en que el cubano mira al mundo de una manera desproporcionada. Es la poca correspondencia entre nuestra visión de la realidad y, de alguna manera, el punto de no concreción de las intenciones de esa sociedad que se quedó a mitad del camino entre la intención y el deseo.




(Me maravilla la facilidad de expresión de Alexis Pantoja. Le digo que pudiera ser un gran escritor, si se lo propusiera. Me comenta al respecto).

Yo también fui profesor universitario. El haberme enfrentado a la cuestión pedagógica y el encantarme la información, incluso de otras ramas del saber que no tienen que ver con el arte, quizá determine mi facilidad para expresarme.

¿Qué significan para ti las proporciones?

Hay una dicotomía entre la emoción y el racionamiento en el cubano. Desde mi punto de vista, lo que permea más el  imaginario cubano es la pasión y la emoción por encima de la razón. La proporciones son de alguna manera la expresión práctica, visual y marginal de esto que te estoy explicando. Si vieras las obras originales mías, constatarás que son gigantes...

¿Te gustan las obras de gran formato? He leído que algunos te consideran muralista...

Es que yo estudié muralismo, o más que muralismo la llamada pintura monumental, una de las formaciones que tuve, gracias al maestro Cosme Proenza, que se gradúo en el Instituto Superior de Bellas Artes de Kiev, Ucrania, en la especialidad de pintura monumental. En el debate sobre la realidad cubana, se sugiere que ésta es más de pasiones que en sí de racionamiento. Yo intento mezclar y poner en equilibrio ambos aspectos. Mi pintura, a pesar de ser pasional –en la manera que expresa sus colores, sus composiciones–, intenta ser racional, en cuanto a la historia que plantea. Mi obra es una especie de fábula, en que me valgo de personajes para contar esa historia. En suma, mis pinturas son ficciones de la realidad, montadas sobre ese mecanismo de razonar la vida. Hay problemas que no son únicamente de Cuba, sino consustanciales al género humano.

¿El manejo del color en tu obra?

El color tienes que verlo por varias puntas. Hay tres artistas que me condicionaron: Velázquez, Rembrandt y Rubens, aunque hay otros más en la camada, como Frans Hals. En mis cuadros, me acerco mediante el uso del color al imaginario de la plástica latinoamericana, con la preponderancia de lo fantástico. Todo hizo implica un cromatismo muy latinoamericano, que nos diferencia del mundo europeo, e incluso del estadounidense. Por otra parte, yo he ido evolucionando del tenebrismo rembrantdiano hasta irme insertando dentro de la luz.  Hoy en mis cuadros se detectan colores más vivos como azules, rosas. Es un proceso.




¿Con cuál movimiento pictórico te identificas?

Con el barroco; estéticamente, el neobarroco.

Entre sus múltiples características, el neobarroco se vale del choteo, la parodia. ¿Se percibe en tu obra?

Claro, es un choteo intelectual, refinado. No es fácilmente digerible.




¿Otras facetas tuyas como artista?

He hecho cerámica, casualmente en la ciudad italiana de Gubbio. También estoy incursionando en el dibujo. A pesar de que mi pintura está montada normalmente como dibujo, empiezo a desarrollar una serie de trabajos cuya estructura se basa solamente en el discurso de la línea, es decir, el dibujo.

¿Cómo opera en parte el discurso que enarbola tu producción?

A través de mecanismos contrapuestos de intenciones intelectuales.

¿Evolución en tu arte?

Mas que evolución es adaptación, sobre la base de los estilos y las proposiciones que van cambiando conforme varían las expectativas del mundo que te está tocando.

Tengo entendido que ésta es tu primera visita a Tampa. ¿Qué impresiones te llevas de regreso a Cuba?

Me llevo un recuerdo sumamente positivo. Si hay una ciudad que estoy sospechando me gustaría estar en ella por un tiempo, como una extensión de mi trabajo, sería Tampa. 

domingo, 6 de abril de 2014

Barranquilla seduce a Tampa



De izq. a der.: Carlos Camargo (figura clave en la organización del evento), junto a los artistas barranquilleros Carlos Restrepo, Karen Fabregas, Alex de la Torre, Inés Ospino y Neda Roa.
Por Leonardo Venta

El 3 de diciembre de 2013, en la galería Scarfone/Hartley de la Universidad de Tampa conocí a Karen Pauline Fabregas Romero, una hermosa joven colombiana de sedoso oscuro cabello y noble mirada. A falta de un amigo común que nos presentara, me le acerqué. Numerosas personas le hablaban al unísono. Me detuve, y aguardé con arrinconada paciencia de reportero en acecho. A la primera inesperada coyuntura, me presenté, y de ahí rompiendo el hielo de la indiferencia, pregunté a Karen – el nombre me suena ahora familiar – por qué ese tipo de arte, refiriéndome a sus dos obras en exhibición.

Toda la conversación giró alrededor de una de las grandes inquietudes que agitan al ente racional: el amor, paciente, servicial, generoso, humilde, puro, desinteresado, apacible, indulgente y justiciero. Karen me hablaba de lo mucho que le duelen los niños que venden dulces en las calles y autobuses de Barranquilla, mientras yo pensaba en miríadas de huérfanos bajo un disconforme techo de estrellas, en los menores desamparados, maltrechos, desnutridos, abusados física o sexualmente en todo el mundo, al mismo tiempo que menudeaba en mi pensamiento, como íntimo rosario, la quejumbrosa rima de las ‘joyitas sufrientes’ de Gabriela Mistral: “Piececitos de niño, / azulosos de frío, / ¡cómo os ven y no os cubren, / Dios mío!”.


Karen Pauline Fabregas Romero posa junto a su obra “Boxeador” 

“Mi obra está basada en los niños que trabajan en las calles y son explotados, negándoseles las posibilidades de un sistema de vida digno, malogrando su formación educacional, su salud, y dañando su futuro al no prestársele atención a este mal que alarmantemente va incrementándose”, admite Karen. “Son abusados, violentados en los buses y en las calles. Yo soy de Barranquilla y veo esa situación a diario, pero se vive igualmente en cualquier parte de Colombia, en toda Latinoamérica y en los diferentes países del mundo”, agrega, conmoviéndonos, la artista barranquillera.

Al referirse a “Candy child (niño del dulce)”, 70 x 60 x 40 cm, tamaño natural, escultura recubierta con las envolturas de estas golosinas, Karen afirma con tierna energía: “Esos dulces son los que ellos venden en los buses. Yo iba recogiendo las envolturas de dulce que la gente desechaba, para luego seleccionar las mejores y pegarlas con gran paciencia. Este muy trabajado proyecto me demoró cuatro meses”.

“Candy child (niño del dulce)”, 70 x 60 x 40 cm, escultura tamaño natural, Karen Pauline Fabregas Romero.
Luego agrega como repasando el doliente horizonte de su criatura en medio de la ruidosa galería: “Mi hermano me sirvió de modelo. Fui sacándole pieza por pieza con vendas de yeso, el mismo material con que se hacen las máscaras. Después vino el proceso de lijado, rellenar con yeso toda la obra, hasta que finalmente fui pegando poco a poco las envolturas de dulce. La obra es sumamente colorida, puesto que las envolturas tienen muchos colores. De todas maneras, el manejo del color es una metáfora que sugiere cómo la existencia de los niños debiera ser alegre. Dentro de la misma alusión, el título de la obra (Niño de dulce) propone dulzura, suavidad, deleite. Si bien, paradójicamente, los dulces le están robando su infancia”.

La otra obra de Karen en la exhibición, “Boxeador”, 57 x 50 x 50 cm, aborda, en la misma medida de todos los elementos de “Candy child”, la tragedia de estos menores desclasados, erigiéndose como vigoroso ejemplar del arte en pro del mejoramiento humano, necesaria y enérgica denuncia de los males que carcomen las simientes de cualquier sociedad, mucho más allá de su contexto regional e indiscutible valor estético. La artista utilizó periódicos, con toda la grisácea espiración de sus gradaciones, ya que, según ella, estos niños usan en gran medida los diarios, especialmente aquellos que pernoctan en los sórdidos parajes de asfalto y cemento. Hay otros que pasan todo el día en la calle pero duermen en casa.

“Boxeador”, 57 x 50 x 50 cm, escultura tamaño natural, cemento plástico y periódicos, Karen Pauline Fabregas Romero.
Inesperadamente, uno de los asistentes – quizá artista, por su teatral elegancia – se apropia de Karen. Accedo consternado. Me saludan algunos que no veía hacia años. Sonrío con ensayada reverencia, mientras anhelo toparme con al menos uno de los otros cuatro expositores que volaron desde Barranquilla a Tampa para estar presentes en la recepción de clausura de la exhibición de arte contemporáneo que responde al nombre de “Sister Cities Art”.

Volteo mi rostro hacia la pared y vuelvo a examinar la preciosa obra de gran formato, 150 cm x 100 cm, que llamara inicialmente mi atención, “Lenguajes de la inocencia 3”, del joven Javier Caraballo Navarro, donde una niña de espaldas, sobre una silla, dibuja su cándido universo con sutiles tonos grises sobre la inmensidad esperanzadora de una pared de ensueños. Pensé en la analogía metafórica entre la poesía y las artes plásticas.

“Lenguajes de la inocencia 3”, Javier Caraballo Navarro
Abstraído, escuchando el Adagietto de la Sinfonía núm. 5 de Gustav Mahler en mi mp3, pletórico de belleza, me encaminé al centro del salón entre inexploradas miradas para detenerme ante el diminuto domo, “Niño elevando cometa”, acrílico-vidrio, luz de LEDs, madera y resina, en el que una casi imperceptible criaturita me hizo pensar en el pequeño príncipe de Saint Exupery empinando papalote en una ciudad de ensueños, gracias al talento creativo de Nadir Figueroa Mena.

“Niño elevando cometa”, acrílico-vidrio, luz de LEDs, madera y resina, Nadir Figueroa Mena.

En tanto no cesaba de contemplar la idea de departir con algún otro artista barranquillero de visita en Tampa, llegué al vestíbulo de la preciosa galería. Allí me topé con un hombre maduramente jovial, de aspecto caucásico, el cual hablaba agraciadamente el castellano. Su nombre es Carlos A. Restrepo Labarrera, uno de los distinguidos visitantes. Con su efusiva azulada mirada, me saludó antes de extenderme la mano, como si hubiera entendido mis intenciones de entrevistarlo. Rápidamente percibí su entusiasmo viajero, en esta su primera visita a Estados Unidos.

Me condujo en el acto junto a su “Machete cacha roja”, escultura en lámina de aluminio, forjado en metal, para luego mostrarme su “Lapiesculturas”, un interesante ensamblaje sobre madera.

“Machete cacha roja”, Carlos A. Restrepo Labarrera
“El arte es una especie de comunicación”, me dijo Carlos. “Un elemento como es el machete, utilizado como herramienta y arma (violentamente), se cambia de contexto para convertirse en una obra completamente estética a través de su plasticidad, la ruptura de la rigidez, transformándose en un elemento agradable”, agregó. Nos despedimos con un fuerte abrazo, en el que fundimos el calor ennoblecido de dos pueblos hermanos.