La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

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sábado, 9 de diciembre de 2017

"Medea en el espejo", una exitosa lectura dramatizada por estudiantes de USF

De izq. a der.: Dora Arreola (narradora y directora de la obra);  los integrantes del coro: Pedro Cartaya, Danielle Simms, Lymaris Pabellón y Tianna Person   
Por Leonardo Venta


"Algunos personajes son sacados de canciones, otros son sencillamente manifestaciones de la vida más común de la sociedad cubana, pero
como instalándonos dentro de un marco trágico, en busca de una respuesta a una pregunta que siempre me he hecho: ¿qué dimensión tenemos, como hombres, como
gente que habita en este lugar del planeta?".
José Triana

              El pasado 16 de noviembre, una de las salas teatrales de la Universidad del Sur de la Florida (USF, por sus siglas en inglés) se transformó en el paladar ideal –expresándonos en sentido metafóricamente cubano– para degustar la lectura dramatizada de "Medea en el espejo"(1960), obra del dramaturgo camagüeyano José Triana.
            En el pequeño e íntimo espacio universitario tuvo lugar una exitosa colaboración de dos proyectos: el de dar a conocer dramaturgos hispanos que viene desarrollando la profesora Madeline Cámara en sus clases pertenecientes al Departamento de Lenguas Extranjeras de USF, con el elevado propósito de afianzar y diseminar la lengua y la cultura hispanas; y el de fomentar teatro en español en ese alto centro docente, promovido por la profesora Dora Arreola, de la Escuela de Teatro y Danza. Trabajaron para esto dos estudiantes de Arreola, Pablo Alameda y Kidany Camilo Nieves, junto a un grupo de alumnos de las clases de Cultura Cubana e Introducción a los Estudios Literarios Hispánicos, de Cámara. Del compromiso de todos con el teatro  surge la puesta que comentamos.
            "Medea en el espejo", obra medular de la dramaturgia cubana, al mismo tiempo que divierte desenmascara la marginalidad social, desde la naturalidad de once personajes que articulan el lenguaje popular y afrontan el reto de hacernos reflexionar –en tres actos– sobre qué es lo que se esconde detrás de la formularia bullanguera sonrisa de un solar habanero, encauzados por la directora Dora Arreola, en su novedosa función narrativa, cuando introduce a los personajes y describe las acciones que no pueden representarse en una lectura dramatizada.
            La iluminación tenue –que cataliza la enriquecedora osmosis teatro realidad– imparte magia a todos los elementos escénicos que viabilizan la trama, la cual respeta la unidad de lugar, tiempo y acción, que gira en torno al conflicto de la mulata cubana María –personaje hábilmente interpretado por Andrea Martín–, la cual envenena a Perico Piedra Fina, dueño del solar –excelentemente encarnado por Pablo Alameda–, a su hija Esperancita y a sus propios hijos con un propósito considerado purificador en algunas de las varias interpretaciones que puede tener la obra.
                                   

Andrea Martín, en el centro, interpreta a María; Priscilla Foster caracteriza a Erundina; 
Kidany Camilo Nieves encarna el personaje de Julián

          La obra es una especie de tragedia mixta –tragicomedia– que emplea elementos de la farsa para develar cotidianidad, sincretismo multirracial y pluriétnico; lanza acertados guiños de otredad y denuncia el racismo y el sexismo; al mismo tiempo, delinea pinceladas de hechicería, superstición, rituales y amor enfermizo. En tanto, el chisme, como recurso asociado a la falta de privacidad en la vida solariega, determinará en parte que María tome conciencia de su destino.
        En cuanto al lenguaje, Triana recrea con maestría el argot popular, como parte del palpitar de la clase desposeída y la compleja ambigua universalidad de una problemática existencial abordada desde una colorida y no por eso menos conmovedora perspectiva cubana. Dentro de esta refrescante cubanía, el autor agrega, a los ya conocidos personajes clásicos, al doctor Mandinga –Kory Love– y Madame Pitonisa –Francesca D'Ambrosi–, catalizadores para que la Medea antillana pueda experimentar una genuina anagnórisis a través de los ritos religiones afrocubanos.
        El trabajo del coro, magistralmente delineado por Triana y hábilmente montado por Arreola, en contraste con el clásico griego en su función activa en el desarrollo y desenlace del conflicto dramático, es a mi juicio el componente más original y relevante de la obra. De esa manera, "Medea en el espejo" funde elementos del folklore cubano, insertando arquetipos de cubanidad que conforman el coro, como el vendedor de periódicos y billetes –interpretado por Tianna Person, quien desperezó saludables y espontáneas carcajadas en la audiencia–,  un bongosero –Lymaris Pabellón–, la Mujer de Antonio –Danielle Simms, personaje tomado de un popular son cubano–, un barbero –Pedro Cartaya, cuya modulación cálida y diáfana de la voz, el impecable criollismo de su vestuario, así como su vivaz entonación y desenfadado lenguaje corporal rebosaron la alegría consustancial al natural de la Mayor de las Antillas"–.

viernes, 27 de octubre de 2017

Tragedia y esperanza en el teatro histórico de Antonio Buero Vallejo

"El tragaluz", de Buero Vallejo, un duro dilema de la libertad de expresión bajo la dictadura de Franco
Por Leonardo Venta

"Escribir  teatro  histórico  es reinventar la historia sin destruirla".
Antonio Buero Vallejo

                Antonio Buero Vallejo (1916-2000) fue un dramaturgo de ingeniosa valentía en un tiempo difícil. Iluminó oscuridades con la penetrante intrepidez de la verdad y el ingenio artístico. “Escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogaciones”, afirmaba. 
"El tragaluz" –una de las mejores creaciones entre sus casi treinta obras teatrales– aborda la funesta experiencia de una familia española en la etapa de la postguerra y que se extiende hasta alrededor de tres decenios más tarde. Si bien, este infortunio familiar, arquetipo de toda una sociedad, modula una crítica subrepticia al régimen de Francisco Franco, así como devela, entre otros elementos, la distorsión de la historia, el pasado colectivo, en el ámbito de uno de los más nefastos episodios de la historia española.
La pieza teatral, cuyo estreno se realizó en 1967, es presentada como un experimento conducido por dos narradores en un tiempo futuro, Él y Ella, los cuales valoran y seleccionan los eventos y pensamientos del pasado. Al levantarse el telón, ya existe una trama preexistente, que será manifiesta a través del diálogo.
Un matrimonio y sus tres niños –Vicente, Mario y Elvirita– esperan el tren a Madrid. El transporte, difícil de abordar, llega repleto de soldados. El padre le entrega a Vicente –el mayor de los chicos– un saco con las únicas provisiones de la familia para que se adelantase a subir al ferrocarril. La bolsa contenía la leche de Elvirita, único alimento de la pequeña de 2 años, viva imagen de los cientos de miles de españoles que fueron víctimas en esa época de la impresionante privación de bienes básicos de consumo. 
Vicente consigue abordar uno de los vagones, pero al resto de la familia se le imposibilita la operación debido al apretujamiento y poca capacidad en el vehículo. El padre, al percatarse de esto, le ordena apearse, pero Vicente no le obedece y sigue su curso solo. Unos días después, la niña muere de hambre y el padre enloquece. 
Al transcurrir los años, el matrimonio, ya mayor, y su hijo Mario viven en un semisótano donde hay un tragaluz, símbolo de una visión parcial de la realidad, intersticio de comunicación y separación entre el sombrío recinto donde habitan (el mundo interior de los personajes) y la realidad exterior. La familia no admite la verdad sobre el suceso que le ocasionara la muerte a Elvirita. Se inventa otra versión, la cual sugiere que Vicente no pudo bajarse del tren porque los soldados se lo impidieron.           
Mario se convierte en un escritor sin éxito que evade el ambiente materialista y corrompido que le rodea. Para él, el mundo está integrado por devoradores y devorados, acercamiento análogo al pesimismo contemplativo de Schopenhauer, el cual le inmoviliza. En contraste, su hermano, dueño de una exitosa editorial, exterioriza un espíritu práctico. No le importan los medios para obtener sus propósitos. Vicente, a lo largo de su vida, ha elegido el tren; Mario, el tragaluz.

El Padre, especie de dios temible, mata con unas tijeras a su propio hijo

Al final de la obra, el hermano mayor, agobiado por la conciencia que nunca dejó de atormentarlo, confiesa el haber asesinado a Elvirita mediante la acción deliberada de no bajarse del tren. Desde su racional demencia, el Padre, especie de dios temible, mata con unas tijeras a su propio hijo, símbolo del mal que hay que eliminar para consumar la justicia poética. Si bien, dentro de la complejidad temática de la obra, Vicente es, al igual que el resto de los personajes, víctima de un sistema opresor. Él procura el perdón paterno, y, a través de la confesión y su propia muerte, exonera su hybris (transgresión). La verdad, aunque trágica, lo libera mediante el consiguiente castigo catártico.
Para Buero Vallejo, la tragedia –que desde la Grecia clásica ha tratado de mostrar los sufrimientos como consecuencia de los errores– bien pudiera ofrecer una salida. Los conflictos entre la libertad y la necesidad, el ser humano y la naturaleza, la razón y los instintos pueden tener solución. La evolución de los personajes buerianos ilustra la lucha por hallar un significado a la existencia. Para él, la trama no puede ser considerada pesimista sólo por el hecho de mostrar sufrimiento y angustia.
El recipiente del Premio Cervantes 1986 –que aprovechó admirablemente todo resquicio que le confiriera la censura franquista– desenmascara y acorrala con "El tragaluz" la injusticia y la mentira. Ingresa en el aposento donde se resguardan y, con la prodigiosa daga de Melpómene, las apuñala, de la misma manera que el Padre, en su papel de divinidad justiciera, acuchilla a su hijo, para, con el sacrificio de su muerte, devolver –afianzado en la verdad– el orden a la subyacente "tragedia esperanzada", oxímoron con que el propio Buero Vallejo definiera la eterna lucha entre lo trágico ineludible y el inmarcesible regalo de la esperanza.  

sábado, 14 de octubre de 2017

Exitoso inicio de temporada de la Orquesta de la Florida

La temporada 2017-18 es la tercera bajo la dirección musical del británico Michael Francis. Foto: Matt Dine

Por Leonardo Venta 

             La Orquesta de la Florida, bajo la batuta del británico Michael Francis, concluyó el programa del primer concierto de su vigésimo quinto aniversario el pasado viernes, con el famoso oratorio escénico "Carmina Burana", del compositor alemán Carl Orff , junto a la 'Master Chorale of Tampa Bay', en la colmada espaciosa Sala Morsani del Straz Center de Tampa.
            Estrenada en Frankfurt en 1937, pero cuya génesis se remonta al Medioevo, la monumental obra –compuesta para orquesta, coro y tres solistas, con duración de 65 minutos y basada en una colección de 24 intensos y sonoros poemas de carácter amoroso, báquico y satírico de los siglos XII y XIII hallados en 1803 en el monasterio de Benedicktbeuren en la alta Baviera– fue la primera espiración de las múltiples prometedoras galas que nos aguardan esta temporada.
            La composición de Orff combina el misticismo de la música religiosa escrita en latín y los textos profanos que inquieren los placeres de la carne, adjunta el ennoblecido intelecto con los ineludibles instintos primitivos, atiza la tensión entre lo racional y lo irracional, coteja la sátira con el dramático de la existencia, lo que justifica la búsqueda de sonidos arcaicos, que suscita el predominio de las secciones de viento y, muy especialmente, la percusión sobre los instrumentos de cuerda, marginando el lenguaje romántico de la ópera tradicional y reduciendo las pomposas escenografías y vestuarios a elementos básicos de la producción.
            La primera intervención del barítono Michael Nyby, henchida de una riqueza interpretativa conmovedora, en “Omnia Sol Temperat”, nos remitió a la experiencia de despertar ante el amor, comparándola con plácidos elementos de la naturaleza, mientras la apacible cadencia de las voces femeninas del coro contrastaba con las avidez intemperante de los varones.
                                                              
La bella joven soprano Madison Leonard deslumbró en la interpretación del agraciado y técnicamente exigente solo de “Dulcissime”. Foto: Ale Logan
            En la última parte de la obra, “Cour d’amour”, Nyby se cuestiona si los dioses le concederán la dicha de sumergirse en el deleitoso rubor de la virginidad de su amada, a lo que ella, la bella joven soprano Madison Leonard, poseedora de una voz exquisita de rango estupendo, consiente mediante el agraciado y técnicamente exigente solo de “Dulcissime”.
            El programa dio inicio con el gran lirismo y la exuberante orquestación de "Danzas rituales" (extraídas de la ópera "Boda de verano" de Sir Michael Tippett, uno de los principales compositores británicos). Esta obra dramática musical de gran simbolismo, la primera ópera que compuso Tippett, nació a partir de una revelación sensorial: un templo, ubicado en una colina poblada de árboles, donde un cálido y delicado mancebo es rechazado por una joven insensible y áspera, a tal grado que evoca la polaridad sugerida por el psiquiatra y psicoanalista suizo Carl Gustav Jung entre ánima –la imagen arquetípica de mujer en la psique masculina– y animus –el aspecto masculino interno de la mujer–.
            La temporada 2017-18, la tercera bajo la dirección musical de Francis, incluye desde la "Sinfonía del Nuevo Mundo" de Antonín Dvorák, el "Réquiem" de Giuseppe Verdi, hasta la serie "Raymond James Pops", dirigida por el neoyorquino Jeff Tyzik, que da comienzo este fin de semana con "Swing is the Thing" y comprende la música de la serie televisiva "Star Trek" y la cinematográfica "Star Wars", así como música para las ya cercanas festividades de fin de año y piezas de Rodgers & Hammerstein, una de las parejas más exitosas y creativas del mundo de los musicales.
          Por otra parte, la serie de conciertos "Café de la mañana", dirigida por el director invitado Stuart Malina, comenzó ayer jueves, en el Mahaffey Theater de Saint Petersburg, con "El pájaro de fuego" del ruso  Ígor Stravinski, "En la gruta del rey de la montaña" del compositor noruego Edvard Grieg, así como "Capricho español" del también natural de Rusia Nikolái Rimski-Kórsakov.

domingo, 28 de mayo de 2017

"Maestros de la danza", otra exitosa producción del Next Generation Ballet

     
Julia Meister y Neal Burks en "Variaciones Donizetti", de George Balanchine
       
Por Leonardo Venta

            Si algo alentador nos dejaron las tres funciones del Next Generation Ballet (NGB), los pasados días 13 y 14 de mayo, ha sido afianzar nuestra confianza en la buena salud del ballet en Tampa. Ante una acostumbrada entusiasta audiencia, NGB presentó un nuevo programa, en el cual lo clásico y lo neoclásico marcharon de la mano.
            Composiciones de Ígor Stravinski y Gaetano Donizetti –que le sirvieran a los coreógrafos Jerome Robbins y George Balanchine para canalizar amenas inquietudes danzarias por medio de las piezas "Circus Polka" y "Variaciones Donizetti"– fueron las dos gemas del repertorio neoclásico que interpretaron los niños y jóvenes estudiantes del NGB, en la Sala Ferguson del Straz Center.
            Philip Neal –director artístico de dicha compañía, a su vez coreógrafo y otrora bailarín principal del New York City Ballet–, para quien las pasadas funciones ofrecieron a los bailarines "la oportunidad de explorar una variedad de estilos, composiciones musicales y coreografías", interpretó al apuesto 'maestro de ceremonia' en "Circus Polka" –un personaje que el propio Robbins representara en su estreno–, al mando de un sonriente carrusel de estudiantes del Conservatorio Patel de Tampa.
            Este comienzo stravinskiano nos pareció propicio para un espectáculo de esta naturaleza, certificado por el entusiasta desfile de pequeñas figuras danzarias, que, por supuesto, desperezaron jubilosos aplausos en la audiencia. A petición de Balanchine, Stravinski compuso la música de "Circus Polka", en 1942, para ser bailada por jóvenes elefantes y atractivas mujeres –encabezadas por la noruega Vera Zorina, esposa del coreógrafo– en el espectáculo del circo Ringling Bros. y Barnum & Bailey, que por cierto ha anunciado su cierre definitivo este mes de mayo tras 146 años de existencia. Si bien, fue Robbins, quien creó para el "Festival Stravinski", organizado en 1972 por el New York City Ballet, la coreografía que presenciamos la velada del pasado sábado, sin la exótica Zorina ni los aludidos paquidermos.
            A propósito de Balanchine, arquitecto principal del ballet en Estados Unidos, aplaudimos con gusto su composición "Variaciones Donizetti", estrenada en 1960 por el New York City Ballet. La pieza –arquetipo de su estilo, fraguada de fragmentos de la ópera "Don Sebastián", de Donizetti– comprende 26 minutos de bravura, libertad en el espacio y movimiento. Acompañados por seis bailarinas –Virginia Archer, Kendall Baker, Jayden Cappela, Daryn Díaz, Kiyo Miyasato y Miya Mobley– así como tres bailarines –Devin Hammond, Avery Jarrad y Stephen Myers– las primeras figuras Julia Meister y Neal Burks arrumbaron las plácidas y ágiles variaciones de Donizetti, y lo hicieron con gracia, destreza y fluidez, lo que patentiza la excelente labor de Philip Neal como "répétiteur" autorizado por el 'George Balanchine Trust', que vela por la fidelidad de las reposiciones de los ballets del citado coreógrafo. Al mismo tiempo, la exitosa presentación de esta obra patentiza el valioso entrenamiento que ofrecen los maestros cubanos Ivonne Lemus y Julio Montano.
            Renglón aparte merece –y no empleo una frase cliché–  la intervención de la encantadora Meister, que supo combinar la vitalidad y elocuencia de los movimientos con el gozo de danzar per se, inefable fusión entre la emoción y la habilidad técnica. Burks, por su parte, deslizó ante nuestras halagadas miradas sus precoces dotes como bailarín, aunque pudiera favorecerle perfeccionar ciertos detalles de lo que suele definirse como la "técnica del partenaire":  saber cómo sostener a la compañera, sin olvidar mantener el continuo diálogo escénico de la pareja.
            Luego del siempre refrescante intermedio, presenciamos un agraciado y fluido arreglo coreográfico del tercer acto de "Don Quijote" –que incluía pinceladas del primero y segundo acto–, sobre la versión original de Marius Petipa, estrenada el 26 de diciembre de 1869 en el Teatro Bolshói de Moscú.
            La escenografía, cortesía del Ballet de Alabama, armonizaba meticulosamente con el encantador vestuario facilitado por el Ballet de Louisiville, así como con la rítmica música de Ludwig Minkus, transportándonos a la siempre tentadora y quimérica España del siglo XVII.
            No nos defraudó el desempeño de Juliette Jones como Kitri –cuya interpretación de la Reina de las Willis ovacionáramos hacía justo un año, en aquel histórico estreno de "Giselle" por el Next Generation Ballet– y la bizarría del estremado Basilio de Ryan McNally en el nupcial “grand pas de deux” de este ballet, el cual exige la más depurada técnica académica, precisión en los movimientos y dominio interpretativo.
            El desempeño de Jones fue simplemente encomiable, técnica y artísticamente. Exhibió buen porte y presencia, sobre todo en el adagio, desplegando un acertado uso del siempre retador abanico. Nos fascinaron sus piruetas bien elaboradas, amplias extensiones, así como los habituales desafiantes 32 fouettés de la coda. No obstante, manifestó destellos de nerviosismo en los primeros momentos del paso a dos. 
            Por su parte, McNally hizo derroche de arrojo y exteriorizó seguridad en su interpretación del danzante barbero, arrancando resuellos de aprobación con sus osados saltos y centrados giros. 
          En el plano grupal, la incorporación de las seguidillas y el fandango a esta suite, con sus ritmos ternarios y movimientos animados, a mi juicio, fue uno de los mayores aciertos de esta producción.
          El gran entusiasmo del cuerpo de baile, el cuidado riguroso de los más mínimos detalles, la gran fluidez y sincronización al hilvanar las frases coreográficas, entre otros elementos, hicieron de esta experiencia escénica un viaje edificante hacia  nuestras más entrañables emociones artísticas en la esfera de la danza clásica.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Grandes figuras del ballet mundial actúan en La Habana

Adiarys Almeida, ajena al lente que la descubre, reza antes de salir al escenario el 20 de agosto de 2016, después de 13 años sin bailar en Cuba. Foto: cortesía del artista ucraniano Artyom Shlapachenko

Por Leonardo Venta

El pasado 20 de agosto, doce notables bailarines de la escena mundial se dieron cita en el recientemente renovado Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, en la gala “Ballet Royalty (Realeza del ballet)".  Para aquellos que no pudieron conseguir boletos, que se agotaron en pocas horas, se colocó una inmensa pantalla al costado del teatro para que pudieran presenciar la histórica función organizada por la empresa estadounidense Improvedance y el Consejo Nacional de las Artes Escénicas del Ministerio de Cultura de Cuba.
            El cubano Rodrigo Almarales, primer bailarín del Cincinnati Ballet, cofundador de "Ballet Royalty" y director artístico y general del espectáculo, inscribió en el programa que “sus más lejanos recuerdos de infancia se asocian con este teatro”, refiriéndose a las presentaciones en el mismo de sus padres Miriam González y Héctor Almarales, otrora bailarines del Ballet Nacional de Cuba.
             Por otra parte, en conferencia de prensa en la sala Lecuona del Gran Teatro, Almarales, que abandonó Cuba a los 10 años de edad y regresó en el 2014 para bailar en el 24.° Festival Internacional de Ballet de La Habana, expresó: “Vi de nuevo al público cubano y supe que había algo que debía hacer (...) Cuba y La Habana son referentes para la danza y el ballet mundial y este teatro, un templo sagrado para el arte”.
            En la memorable función del pasado agosto, bailaron para el exigente público habanero Ivan Vasiliev y Daniil Simkin, del American Ballet Theatre; María Kochetkova y Carlo Di Lanno, del Ballet de San Francisco; Iana Salenko, del Ballet Estatal de Berlín; el primer bailarín del Ballet Bolshoi, Semyon Chudin; Mathew Golding, del Royal Ballet, y Misa Kuranaga, del Ballet de Boston. También actuaron la primera bailarina del Ballet de Canadá, Jurgita Dronina; los exprimeros bailarines del Ballet de Cincinnati Joseph Gatti y Adiarys Almeida, así como el propio Almarales.
Adiarys Almeida, Jurgita Dronina, Joseph Michael Gatti, Matt Golding, Misa Kuranaga, Daniil Simkin, Christopher Stowell, María Kochetkova, Rodrigo Almarales, Ivan Vasiliev, Iana Salenko y Semyon Chudin. Foto: cortesía del artista ucraniano Artyom Shlapachenko.

            La velada abrió con el pas de deux de "La sílfide y el escocés", de August Bournonville, interpretado por Almarales y la japonesa Misa Kuranaga, quien luego bailó el muy aplaudido solo de "La muerte del cisne".
            Del mismo modo, arrancó grandes aplausos el hilarante solo del ebrio personaje de “Les Bourgeois”, pieza contemporánea del belga Ben Van Cauwenbergh y música de Jacques Brel, que Carlos Acosta ya había estrenado en suelo cubano. Esta vez, lo interpretó Daniil Simkin, al que algunos críticos han llamado el 'nuevo Nureyev'. En tanto, el italiano Carlo Di Lanno protagonizó el estreno mundial de "Painting Greys", coreografía de Myles Thatcher. Más tarde, Di Lanno y la moscovita María Kochetkova bailaron la pieza contemporánea "Bells pas de deux", del establecido coreógrafo ruso Yuri Possokhov.
            La rusa Jurgita Dronina y su coterráneo Semyon Chudin desperezaron los duendes clásicos del Gran Teatro habanero, al interpretar el conocido y exigente grand pas de deux de las bodas de la princesa Aurora y el príncipe Désiré del tercer acto de "La bella durmiente". Concluido el siempre refrescante intermedio, ambos tejieron poseía mediante el etéreo pas de deux del segundo acto de "Giselle", ante la nublada lúcida pupila y el nostálgico oído de la Giselle definitiva: la mítica Alicia Alonso, sentada, a los 94 años, en su habitual butaca del primer balcón.  
            Hacía diez años que el ruso Ivan Vasiliev, merecedor de los más notables premios en el universo de la danza clásica, no se presentaba en Cuba. En esta ocasión, desafió la inercia con su desbordante armonioso virtuosismo en el pas de deux de "Las llamas de París" junto a la ucraniana Iana Salenko, la cual contó además con la asistencia del partenaire canadiense Matthew Golding en la escenificación de la siniestra Odile del famoso pas de deux del tercer acto de "El lago de los cisnes".
            Rodrigo Almarales tuvo la oportunidad de bailar su propia creación "Chor. # 2", junto a su compatriota Adiarys Almeida, otrora integrante del Ballet Nacional de Cuba, quien volvió a saborear su público después de 13 años de ausencia.
            La briosa Almeida –a quien habíamos entrevistado a raíz de su actuación en la decimosexta edición de la gala “Youth America Grand Prix” en el floridano Straz Center de Tampa–, fue la más aplaudida entre la constelación que se dio cita en el gran escenario habanero, luego de interpretar el personaje de Medora en el ballet "El Corsario", en un arrobador pas de trois junto a Golding, con quien bailaba por primera vez, y su excompañero del Cincinnati Ballet Joseph Michael Gatti.
"El corsario", desde otro ángulo.  Adiarys Almeida, Matt Golding y Joseph Michael Gatti. Foto: cortesía del artista ucraniano Artyom Shlapachenko

            Entre aplausos y jadeos, llegó el fin del programa, de unas dos horas de duración, con la imperturbable magia del pas de deux “Don Quijote”, en el que la melódica y estimulante música de Ludwig Minkus parecía enardecer un derroche de sensual bravura en la pareja integrada por Kochetkova y Simkin, arrancando los célebres vítores que caracterizan a los apasionados balletómanos cubanos.
            Examinando las opiniones de la crítica especializada sobre la impresionante fiesta danzaria, hallamos varias fotografías tomadas por el excelente artista ucraniano Artyom Shlapachenko, residente en Cuba desde los 7 años de edad, quien departió con nosotros sobre el evento habanero, desde Kiev, la capital de Ucrania, autorizándonos amablemente a  publicar sus valiosas fotos.
            Shlapachenko, para quien contar una historia a través de cada imagen es lo esencial, nos relató que mientras miraba hacia el escenario, desde bastidores, notó que "Adiarys Almeida se había apartado hacia una esquinita y comenzó a rezar para que todo le saliera bien en la función. Me agaché para no importunarla y desde otro ángulo pude tomarle par de fotos de ese momento tan especial. Ella se dio cuenta y le deseé buena suerte, a lo que me respondió con una sonrisa".
            En nuestra opinión, la genial foto de Ariadys que ilustra este escrito capta la trascendente significación de esta cita con el arte en La Habana, muy especialmente para ella y Rodrigo Almarales, quienes regresaban al cálido abrigo de su tierra natal después de una prolongada ausencia. 



sábado, 16 de julio de 2016

Versión de "Giselle" de Next Generation Ballet triunfa en Tampa

Dominique Luckie y Julia Meister, en el Segundo Acto de "Giselle'. Foto: Cortesía de Soho Images
Por Leonardo Venta 

 Había mucha expectación. Se hablaba de un gran reto. Era la primera vez en Tampa, y una de las raras ocasiones en la  historia de la danza clásica, que bailarines de una compañía conformada por estudiantes, en su pubertad e infancia, afrontaban el desafío de bailar "Giselle", el más grande ballet romántico, y al decir del célebre crítico inglés Harnold Haskell, una puesta que "hace o deshace la reputación de una bailarina", y que, a nuestro juicio, lustra o empaña el nombre de cualquier institución danzaria.
            Realizar con gracia la transición entre lo terrenal y lo etéreo, articular todo un dilatado minucioso lenguaje escénico, ingeniar una atmósfera creíblemente irreal, seducir al público –que quién sabe se enfrentaba por primera vez a la magia de este gema decimonónica–, armonizar lo austero y lo dramático, evitar a toda costa lo sobreactuado –el fatal cliché–, desplegar una rigurosa técnica en que soñadores entrechats, bordados giros, saltos con buen "ballon", entre otros elementos, complementen los dificultosos requerimientos interpretativos –no sólo para los protagonistas sino también para el cuerpo de baile–, desperezando en el asistente una variada y amplia gama de emociones, cuya catarsis, al decir de Theophile Gautier, humedezca los ojos del espectador, son sólo algunos de los elementos que articulaban la amplia armazón de este desafío sobre puntas para Next Generation Ballet.
            Las dos veladas a las que asistí en la Sala Ferguson del Straz Center, el viernes 6 y el sábado 7 de mayo de 2016, fueron estupendas. Ellie Borick  y Julia Meister me impresionaron favorablemente en sus respectivos debuts en el papel de Giselle, sobre todo en el segundo acto. Ellie Borick arrancó en mí las lágrimas a las que se refería Gautier. Julia Meister simplemente me extasió. Ella nació para bailar. A pesar de su juventud, Dominique Luckie, en Albrecht, fue un legítimo danseur noble.
            Juliette Jones interpretó una Reina de la Willis impresionante. Se le percibía ingrávida, hermosa, con convincente disposición autoritaria, como lo requiere el personaje. El Hilarión de Néstor García, sobre todo en la función del viernes, fue sumamente conmovedor. Un "bravísimo" en tono bien alto para Ivonne Lemus. Sabemos sobre su arduo trabajo en la realización de este proyecto. Llegue a ella, a Julio Montano, a Philip Neal, y a todos los integrantes de Next Generation Ballet nuestra más sincera felicitación.  

sábado, 30 de abril de 2016

Muy aplaudido debut de "Habana Compás Dance" en Estados Unidos



Por Leonardo Venta

    "Habana Compás Dance" arrancó fuertes aplausos, cadenciosos movimientos de hombros y pies en los asistentes (los más bailaban en su mente), así como sediciosas lágrimas en algunos rostros de los más de mil espectadores que abarrotaron la floridana Sala Ferguson del Straz Center de Tampa, en el concierto del 22 de abril de 2016 que marcó el exitoso debut en Estados Unidos de esta agrupación que nos llegara directamente desde la capital cubana.
     "Cuba, fusión y pasión", un gran espectáculo de casi dos horas de duración, transitó percusión, cantos, bailes y pantomima con aliento español y africano, creaciones del propio director musical, Eduardo Córdova, así como guaguancó, son, dengue, songo, iyesa y bolero, en explosiones de sensualidad, cadencia, alegría y pasión.
     Desde el comienzo de la velada, la audiencia no podía aguardar a que llegara el final de los números para premiar a los artistas. Aplausos cerrados, algunos con los brazos alzados, irrumpieron en varios momentos de la presentación y el público marcaba el ritmo de los coros batiendo palmas, en una atmósfera acompasadamente fraternal, que hablaba de apego e identidad compartida.
     Músicos y bailarines desperezaron toda una gama de emociones, y, sobre todo, magia. Se consumó el tan ansiado milagro escénico: la compenetración perfecta entre los artistas y los espectadores, que se integraban apasionantemente a cada resuello del espectáculo. Los músicos sacaban vida de los instrumentos, especialmente el percusionista Eduardo Córdova, al tiempo que los bailarines derrochaban sandunga caribeña, con sincronía, beldad y profesionalismo.
     Las doce bailarinas y tres bailarines, de singular atractivo físico, además de danzar interpretaron con maestría y sincronismo disímiles instrumentos de percusión, respaldados por Eduardo Córdova en las tumbas y el djembé, Liliet Rivera en el tambor de siete sonidos, Ahmed Casanova Saint-Ives al piano, Raúl Rodríguez Zamora en los drums, la flautista Sheila del Bosque, Erlán Barzaga en el bajo y el sonriente violinista Julio Valdés.
     Finalizado el concierto, más de mil personas se pusieron de pie para tributar una merecida ovación cerrada a los artistas; entre ellos me encontraba yo, con los lentes empañados por la inefable nostalgia de la patria ausente, mientras los integrantes de "Habana Compás Dance" saludaban, sin poder ocultar su satisfecha desbordante gratitud. Supe que cerradas las cortinas, los artistas se abrazaron y lloraron. No era para menos. Con un espectáculo de primera clase, un estilo muy propio, rebosante de gracia y energía, se acababan de meter a Tampa en el bolsillo.
     "Yo estoy impactada. Se rebasaron las expectativas, es decir, se sobrepasó todo lo que podíamos imaginarnos. Fue mucho más allá... ver los aplausos, las ovaciones de pie. La reacción del público ha sido maravillosa. Ha superado lo que hemos vivido en otros países", nos comentó Liliet Rivera, directora y fundadora de la compañía.
     Si bien, a Eduardo Córdova –figura clave en la fusión de la danza y la percusión en esta compañía– no le sorprendió la gran recepción de los asistentes al Straz Center. "Llevo un tiempo trabajando con el público estadounidense en Cuba. Doy conferencias en los lugares en que actúa la compañía, y he constatado la aceptación de nuestro trabajo de parte de los norteamericanos. Yo sabía que aquí se manifestaría con mayor fuerza".

lunes, 28 de marzo de 2016

Exitosa presentación de "La del manojo de rosas"

El elenco celebra luego de la exitosa puesta en escena
Por Leonardo Venta

             "La del manojo de rosas", una zarzuela calificada como sainete lírico en dos actos, con letra de Anselmo C. Carreño y Francisco Ramos de Castro, y música del maestro Pablo Sorozábal, fue la pieza que el Teatro Lírico Español de Tampa, bajo la dirección de René González, presentara el domingo, 6 de marzo de 2016 en el teatro del Centro Asturiano de Ybor City, ante una nutrida concurrencia que supo premiarla con merecidos aplausos.
            Después de anunciar su retiro del Teatro Lírico en 2014, el incansable septuagenario González, actual consejero y director artístico emérito de la compañía que fundara hace más de cinco décadas, volvió a tomar la riendas del elenco para esta exitosa presentación, colmada de diálogos ingeniosos, escenas divertidas, ideal romántico, y cuya trama –inculpadora de la desigualdad social y abanderada de la libertad– está suscrita a la sociedad madrileña de los años treinta del pasado siglo. Sin embargo, trasciende a nuestros tiempos por la universalidad de los temas que sondea.
            Acompañados por la agrupación musical que dirige el pianista y arreglista Steve MacColley, sobresalieron Vanessa Rodríguez (interpretando a Ascensión), Michael Pruitt (como Joaquín), Diego Iglesias (como Ricardo), Tara Rodríguez (Clarita), Rolando Pérez (como Capo) y Emilio Díaz (interpretando a Espasa).
            Al repasar lo más grato de la matinée, no podemos pasar por alto el montaje de René González, cuyas escenas ágilmente concatenadas ventilaban frescura, entrelazando los ritmos tradicionales del sainete, como el pasodoble, la mazurca o el chotis, con el jazz importado de Norteamérica. A su vez, absorbió fidedignamente la melancolía que anida en ciertos pasajes de la obra de Sorozábal.
            Nos impresionó favorablemente "¿Quién es usted", dúo en que Joaquín y Ricardo disputan su interés por Ascensión, y en el que Pruitt e Iglesias, respectivamente, el segundo de exquisita presencia escénica, dieron muestras de calidad vocal e interpretativa. En tanto, Vanessa Rodríguez logró crear una atmósfera de intensa nobleza con "No corte más que una rosa", la célebre romanza en que Ascensión procura intuir la causa de sus cuitas de amor.

domingo, 7 de febrero de 2016

Dyango y El Consorcio: Un Concierto Memorable

Al final del concierto, Dyango, que había finalizado su parte y estaba entre bastidores disfrutando de las interpretaciones de El Consorcio, fue llamado por éstos al escenario,  a lo que el catalán respondió aunándoseles en una despedida que la gente  agradeció efusivamente.

Por Leonardo Venta

Nunca lo había visto. En mi Habana, no me quedaba más remedio que escuchar sus canciones por la radio; mientras aprendí, en esta pausada Tampa, a conformarme a desatar su musical temperamento en el rito circular de una lámina que reproduce sonidos.

Sin embargo, este 2008, por primera vez, la imagen de Dyango se me fue develada en el Mahaffey Theater de Saint Petersburg, en un concierto en el que pude deleitarme, a plenitud, no solamente de su arte superior, sino incluso también de la magia de El Consorcio, los románticos ex integrantes de Mocedades, en el espectáculo “Cantándole al Amor”.

Abrió Dyango, en un programa dividido en dos partes, para avivar nuestras emociones hasta el delirio; y cerró El Consorcio, trasportándonos a la desembocadura de un inefable éxtasis.

El legendario músico y cantante catalán interpretó números en los que fijó sus dotes excepcionales. Al entonar temas como “A usted señora”, “Como han pasado los años”, “El día que me quieras”, “Regálame esta noche”, “Nostalgia” y “El que más te ha querido”, demostró que aún puede cantar como cuando yo lo escuchaba tras la diminuta bocina de mi radio adolescente.

Les dedicó a sus amigos cubanos la pieza “Lejos de los ojos” de su primer long-play, aparecido en 1969, que lo lanzó al estrellato. “Me encuentro tan solo / me siento tan triste / si tu estás tan lejos, / tan lejos de mí”, es la letra que sacudió el ayer caribeño despatriado. “La hicieron como un himno especial para ellos [los cubanos]”, expresó Dyango, mientras el público respondía con una cerrada ovación.

El gran intérprete cantó y actuó sus canciones como pocos saben hacerlo. Demostró ser un artista completo. Al final de su intervención, ante un público que le rogaba a gritos que continuara cantando, reapareció en escena tañendo un violín, en un clímax en que la ejecución del instrumento, los gestos, la mímica facial y la interpretación vocal se acoplaron para crear la magia irrepetible de los grandes momentos escénicos.

Amaya Uranga, Sergio y Estíbaliz, Iñaki Uranga y Carlos Zubiaga, los integrantes de El Consorcio, saturaron de cadenciosa ternura la segunda parte del recital. Sus canciones prolongaron el irrefrenable fluir romántico que había iniciado Dyango.

Temas como “Eres Tú”, “Tómame o Déjame” y “Secretaria” despertaron uno que otro dormido recuerdo, así como despabilaron distraídas lágrimas que iban a morir en el perfil almidonado de un pañuelo o en el puño ofuscado sobre un humedecido rostro.

Al final del concierto, Dyango, que había finalizado su parte y estaba entre bastidores disfrutando de las interpretaciones de El Consorcio, fue llamado por éstos al escenario, en un espontáneo y fraternal gesto, a lo que el catalán respondió aunándoseles en una despedida que la gente no esperaba y agradeció efusivamente.


sábado, 14 de marzo de 2015

Un concierto a la fraternidad


De izq a der.: Dave Coash, Luis Barrera, Patrick Hernly, en los tambores batá; Abiel Chea en las tumbadoras; John Bannon en el vibráfono; al fondo, en los timbales, Federico Chea . Foto: Cortesía de Henry Adams. 


Como parte del intercambio plurianual entre la Orquesta de la Florida (TFO) y la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba (OSNC), tres percusionistas procedentes de La Habana – Luis Antonio Barrera Perea, Jesús Federico Chea Gort y Abiel Chea Guerra – compartieron el pasado sábado, 20 de noviembre de 2014 el escenario del Centro Asturiano de Tampa con cuatro percusionistas de TFO – John Shaw, John Bannon, Dave Coash y Kurt Grissom, así como Patrick Hernly, catedrático de música de St. Petersburg College/Gibbs Campus, para ofrecer un concierto de cámara (percusión) que exploraba elementos melódicos sumamente interesantes, experimentales, de música estadounidense y cubana, todo bajo el espectro de una rica gama rítmica.

El programa comenzó con “Ogoun Badagris” de Christopher Rouse – merecedor del Pulitzer 1993 –, composición que se inspira en los patrones de tambores haitianos, en particular los de la danza de Juba o Hambone. Según el ritual vudú, Ogoun Badagris es una de las más temibles deidades del vudú, la cual solamente puede ser apaciguada con el sacrificio de sangre humana. En esta dirección, la ejecución de esta pieza transmitió místico sosiego.

Dio continuación al programa, “Postlude núm. 6”, del joven tejano Elliot Cooper Cole, una pieza en que cuatro músicos arrancan  de un vibráfono notas exquisitas e inusitadas con ocho arcos de contrabajo. La interacción de los arcos y la percusión con las manos desperezaron armonías enternecedoras, trenzando un contrapunto tan íntimo como embrollado, tan digno de ver como de ser escuchado. Esta pieza experimental nos sumergió en una atmósfera sorprendentemente encantadora y espiritual.

Al punto, nos trasladamos a Cuba, mediante sus embajadores musicales acompañados de sus colegas estadounidenses. Escuchamos dos composiciones de Agustín Gómez Lavín, “La escalera” y “Dos hermanos”. Para el distinguido percusionista cubano, Luis Barrera, “el concepto que tiene Gómez Lavín de estas piezas es el uso de ritmos cubanos e instrumentos de percusión de la isla, populares y folclóricos, mezclados con instrumentos de percusión sinfónicos”. Dentro de este enriquecedor contexto experimental, disfrutamos de un híbrido popular-sinfónico que nos hizo pensar involuntariamente en Alejandro García Caturla y Amadeo Roldán.

Le siguió, “Edge of the World (Borde del mundo)”, del natural de North Carolina, Nathan Daughtrey. El concierto, originalmente un dueto de marimba y vibráfono, fue inspirado por el poema y hermosa obra plástica “Cosas verdaderas” del escritor, artista plástico y editor estadounidense Brian Andreas. La música nos transmitió la idea original del poema: la esencia de dos seres que inician sus vidas juntas mirando hacia a lo que les deparará el futuro.

Para presentar la pieza del gran músico cubano Leo Brouwer, bajo el sugestivo título de “Paisaje cubano con rumba”, Luis Barrera se dirigió a la audiencia, asistido como intérprete por Patrick Hernly, para explicar la manera en que Brouwer ideó originalmente la pieza para ser interpretada por el recientemente fallecido flautista holandés Frans Brüggen, a quien el cubano le dedicó la composición. Según explicó Barrera, se pone la grabación de las cuatro flautas, y sobre la misma, el flautista solista toca, todo dentro de un estilo minimalista. Posteriormente, Brouwer hizo la transcripción para cinco guitarras, y entre 1989 y 1990, con motivo de la configuración de un disco de percusión realizado por Barrera, Brouwer le sugirió que hiciera la transcripción para teclados de percusión, que fue lo que pudimos disfrutar con sumo deleite en el concierto.

“Log Cabin Blues”, obra del ya desaparecido compositor estadounidense George Hamilton Green, en el muy bailable estilo del “Rag Time”; así como la pieza de Michael Udow, “African Welcome Piece”, un contagioso himno al Continente de Ébano, cerraron el programa. En la obra de Udow nos impresionó el empleo del instrumento spagane, constituido por bloques de madera ejecutados en el piso. El resto son instrumentos tradicionales sinfónicos y afrocubanos.

Terminado el concierto, fue tan cerrada la ovación, que los músicos se vieron precisados a ofrecer una rumba improvisada.  La velada deleitó por la calidad de los ejecutantes, las excelentes piezas interpretadas, las explicaciones de John Bannon, principal ejecutante del tímpano de TFO, y John Shaw, principal percusionista de la misma agrupación, pero sobre todo por la fraternidad que experimentaron y transmitieron los músicos. El ver a cubanos y estadounidenses unirse para honrar el idioma universal de la música, en un abrazo solidario, fue la nota más sobresaliente del concierto, así como lo fue la clase magistral ofrecida por los músicos cubanos el lunes, 17 de noviembre, y el concierto brindado el mismo jueves, 20 de noviembre poco antes del mediodía en el Mahaffey Theater.

Para Barrera, los cubanos fueron capaces de ahondar lazos profesionales y personales con sus colegas estadounidenses, entre ellos, con Henry Adams, director de marketing y comunicaciones de dicha institución, cuya entrega, capacidad organizativa y apoyo fueron determinantes en el éxito de esta fase del proyecto. Fue un abrazo de todos, entre todos, que inspira a seguir transitando juntos el sendero de la música, pero sobre todo el de la fraternidad.

martes, 24 de febrero de 2015

Noventa minutos con Gaby Moreno


Por Leonardo Venta

Gaby Moreno sedujo al público que se dio cita en la sala Jaeb del Straz Center, en el concierto del viernes, 7 de noviembre de 2014 como parte de una breve gira por la costa este de Estados Unidos. Habían transcurrido apenas breves minutos de la velada, y ya estábamos embelesados ante su talento, sencillez y originalidad. 
            Intensa y relajante, la joven cantautora guatemalteca, radicada en Los Angeles, despertó toda una gama de emociones en la audiencia con su dulce y límpida voz, grave también, dominio de las notas (tanto altas como bajas), sugestivas composiciones y sedicioso talento.
            Nos hizo elevarnos con las poéticas letras de sus canciones, reflexionar, disfrutar de la buena música, al tiempo que nos remitía a una especie de híbrido mutante en múltiples direcciones y estados anímicos. Disfrutamos especialmente sus dos estrenos: “Illusion” y “Down in Reverie”, que aparecerán en su próximo disco en 2015.
            La cantante, que ha compartido escenarios con Andrea Bocelli y Ricardo Arjona, a quien llamó su amigo, abrió y cerró el concierto con dos logradas canciones de su propia autoría. “Ave que emigra’, una especie de exordio de un espíritu libre que habla de tiempos de cacería y un alma que alza su vuelo como el ave que emigra, fue el exordio. 
           “No estoy tan mal”, con la que finalizó el concierto, nos dejó con un clamor que anidaba nuestra simpatía. “Estoy temblando, estoy llamando, no me abandones así”, expresaba para después rasgar su guitarra como quien rasga su alma, mientras entonaba  repetidamente que no estaba tan mal, si ese ¿alguien? estaba junto a ella.
            Gaby, acompañada de tres músicos sajones, interpretó 14 de sus composiciones en las que fijó sus excelentes dotes como compositora e intérprete. Al entonar temas como “Garrick”, “No Regrets”, “El Sombrerón”, “Mess a Good Thing”, “Nostalgia” y “Que voy a hacer”, demostró su versatilidad en matices de un estilo muy propio que transita el melancólico gemir del blues, el irreverente jazz, el soul, el folk, hasta algo más suyo –desgarrador y dulce–, que nos es imposible precisar.
            El concierto, que duró 90 minutos, fue un agasajo a los sentidos; nos dejó arragaido lo mucho que esta artista tiene para derrochar. Como dijera una amiga mía, la cantante y compositora Dinorah Rivas, cuyo juicio artístico respeto mucho: “La grandeza de Gaby Moreno radica en una sencillez y dulzura que se codea con un talento extraordinario”. Reciba nuestro más sincero ¡Bravísimo!


domingo, 18 de enero de 2015

Exitosa gala de “Youth America Grand Prix”

Adiarys Almeida en “Don Quijote”

Por Leonardo Venta

               Nunca percibí tan rejuvenecidos el vestíbulo y la sala del Morsani del Straz Center de Tampa como el pasado sábado, 10 de enero de 2015; y es que entre la nutrida concurrencia que acudió a la decimosexta edición de la gala “Youth America Grand Prix”, resaltaban no pocos erguidos torsos y elegantes cuellos de cisne para evidenciar el carácter danzario de la velada. Si Degas hubiese estado presente, algunas de estas bailarinas hubiesen inspirado uno que otro pastel impresionista.
 
              Llegamos justo al comenzar la función; nos escurrimos en una sala casi llena, entorpeciendo con nuestra agitada respiración y torpe paso el conjuro de la música y el seductor movimiento que se disipa en el mismo instante que se crea, mientras el escenario mutaba tonalidades en un embrujo similar al que originan las hadas en su empeño por escoger el color adecuado al traje disneylezco de la Princesa Aurora en “La bella durmiente”.
 
       Si bien, no asistíamos a la puesta de un ballet completo, presenciábamos un derroche de variaciones solistas, pas de deux, pas de trois y números grupales. La carencia de escenografía, como es habitual en los programas de concierto, asentó el peso del espectáculo en la iluminación, el vestuario, la música y, sobre todo, la proyección escénica de los artistas.
 
            Cada mitad de la gala, titulada “Estrellas de hoy se encuentran con las estrellas del mañana”, comenzó con una selección de lo mejor entre los jóvenes competidores del “Youth America Grand Prix”, que tuvo a Tampa como sede de una de las 15 semifinales regionales en Estados Unidos. La intervención de figuras reconocidas en el celaje de la danza, ofreció realce al concierto.
 
            Un programa de esta índole es como un delicioso festín para los sentidos. Hubo desde danza de salón (Ballroom dance), con “Paso doble”, autoría de Donnie Burns y Gaynor Fairweather, con la soberbia interpretación de Denys Drozdyuk y Antonina Skobina; el aporte de dos figuras del Momix, una compañía con un marcado sello de ilusionismo; la sublimidad de un pas de deux al estilo neoclásico de Antony Tudor; hasta encantadores solos, delicados adagios, briosas variaciones y codas en que cada bailarín y bailarina perfilaba sobre el escenario lo mejor de sí.
 
            La primera parte cerró como debía cerrar, con uno de los pas de deux más interpretados del repertorio clásico, “Diana y Acteón”, en que Amar Ramasar, primer bailarín del New York City Ballet, y la suave y elegante Rebecca King hicieron derroche de todo lo que requiere bailarlo. Los foutées de la estadounidense, actual solista del Ballet Nacional Checo, fueron preciosamente bordados. Ramasar conformó con ella una excelente pareja.
“Acqua Flora”, creación de Moses Pendleton, coreógrafo y director de Momix.
              En una creación de Moses Pendleton, coreógrafo y director de Momix, Nicole Loizides hizo de “Acqua Flora” una fusión de la delicada música de Deva Premale y efectos visuales estéticamente inusitados. No nos atrevemos a reprochar los guiños circenses de la pieza y el alejarse cuantiosamente de lo que consideramos danza, por la belleza que prodiga. El cuerpo de Loizides estuvo todo el tiempo cubierto por una  luminosa jaula elástica, en forma de vestuario, que al ella constantemente girar originaba imágenes fantásticas.
"Millennium skiva", coreografía de Moses Pendleton. 
En "Millennium skiva", también de Pendleton, Loizides y Steven Esdras realizaron todo un paso a dos con esquíes de nieve inicialmente adheridos al escenario, creando una ilusión plateada en que dos seres se interrelacionaban de una manera nada habitual.
 
             Y si es cierto que lo mejor siempre se deja para último, así lo justifica la intervención de las parejas formadas por Stella Abrera, solista del American Ballet Theatre, y Sascha Radetsky, ex solista de dicha compañía; así como Adiarys Almeida, artista independiente, y Brooklyn Mack, del Washington Ballet, al contrastar respectivamente la sutileza neoclásica del paso a dos “Leaves Are Fading (Las hojas se marchitan)”, trabajo casi póstumo de Antony Tudor, con la bravura, el clasicismo y las exigencias técnicas del Grand pas de deux de “Don Quijote”, creado por Marius Petipa sobre música de Ludwig Minkus.
 
             “Las hojas se marchitan” es un bálsamo, corona de suavidad y pureza, en que el lenguaje artístico de la pareja trasluce una grisácea nacarada atmósfera, superponiendo la tosquedad mundanal para remitirnos a un idilio escénico, introspectiva evocación del amor que ha envejecido: fusión de cuerpos en una especie de poesía de la danza. Abrera y Radetsky, esposos fuera del escenario, lograron transmitir admirablemente la magia afectiva de esta pieza.
Adiarys Almeida y Brooklyn Mack, en bastidores, la noche de la gala.
Foto: cortes
ía de 
Adiarys Almeida.
La briosa Adiarys Almeida cerró la gala con Brooklyn Mack, del Washington Ballet. Ya habíamos visto su Odette-Odile, junto a Taras Domitro, en el Jackie Gleason de Miami Beach, en febrero de 2008, a raíz del debut en Estados Unidos del bailarín cubano y actual astro del San Francisco Ballet.
 
            Anticipamos que tanto Almeida como Mack sacarían chispas al sumamente retador pas de deux de “Don Quijote”. Así fue. La Kitri de Almeida (se aprecia el “sello” de la escuela fundada por Fernando y Alicia Alonso) se impuso desde que entró a escena con su lucido abanico para desafiar cada reto que exigía el adagio. La variación fue pulida; la coda, fascinante, con fouettés y triples piruetas intercaladas, algo poco común. Fue un “Don Quijote” de lujo, técnica y artísticamente.
 
  Finalizada la velada, bajo una lluvia de aplausos, los invitados hicieron una fugaz demostración retrospectiva de lo bailado, en la que el joven cubano Reynaldo Vergara (sólo lleva tres meses viviendo en Estados Unidos) nos dejó boquiabiertos con los osadísimos cabrioles dobles correspondientes al pas de deux de “Las llamas de París”. 
          

sábado, 19 de julio de 2014

“Don Quijote”, un sueño consumado para el Tampa City Ballet

Gretel Batista y Brandon Carpio debutaron exitosamente en los papeles estelares de "Don Quijote"
Por Leonardo Venta 

 El Tampa City Ballet presentó el domingo, 15 de junio su versión del clásico “Don Quijote” en la Universidad del Sur de la Florida. Presenciamos una encantadora producción que marcó el estreno en Tampa – por una compañía local – de la versión completa del ballet inspirado en los capítulos que comprenden la historia de amor entre el barbero Basilio y la bella Quiteria (Kitri) de la obra homónima de Miguel de Cervantes.

 Conscientes de que se nos escaparán numerosas primicias, hermosos particulares pequeños-grandes estrenos – entre un nutrido brillante elenco de bailarines sumamente jóvenes –, valga resaltar a manera de epítome – como presagiáramos – el exitoso debut de Gretel Batista y Brandon Carpio en los papeles estelares.

 Basado en el clásico que Marius Petipa creara en la segunda mitad del siglo XIX para los Teatros Imperiales de Rusia, y escoltado por múltiples revisiones – entre ellas la que Paula Núñez y Osmany Montano realizaran para esta ocasión –, el programa de “Don Quijote”, en tres actos, llegó hasta nosotros arrebujado de seductora lozanía.

 Núñez, coreógrafa, maître y directora artística del America’s Ballet School, una academia de danza clásica que opera en Tampa desde el 2002, es junto a Montano, maître de ballet de la referida institución, el alma del Tampa City Ballet, fundado por ellos hace solamente tres años para darle esperanzado nombre a nuestra ciudad en el olimpo de las puntas, los arabesques, las pirouettes, los entrechats y los grand jetés.

La escenografía, compuesta por telones gigantes pintados en los talleres del Ballet Nacional de Cuba, además de hacer gala de un agraciado dominio de la técnica pictórica, conformó el ambicioso propósito de recrear la España del siglo XVII, ajustándose a un presupuesto razonable. Entrelazándose, el colorido vestuario, diseñado por Véronique Chevalier, y la preciosa música de Ludwing Minkus nos hicieron olvidar por dos deliciosas horas el entorno al que realmente pertenecemos.

El primer acto nos emplazó gradualmente en el contexto histórico de la novela de Cervantes, adentrándonos, transcurridos pocos minutos en una Barcelona contagiosamente taurina, de jubiloso brío, danzantes capas y expresivos abanicos que aprobaban al compás de la música el ímpetu en derroche de los efebos toreros en todo su despliegue coreográfico. Refrescante fue la interpretación de Kadin Mentas en el rol de Espada, mientras Stephanie Carpio le daba un gustillo exóticamente oriental a la pujante Mercedes.

En todo el ballet, prevaleció la vocación coreográfica de Núñez, el buen gusto, la creatividad estilizada, el amor por los detalles. Hubo momentos de gran lirismo y libertad creativas, como el diálogo danzario en el segundo acto, el manejo de la luz, el simétrico aliento onírico del cuerpo de baile en las poses y bordados movimientos en su función grupal, así como la acentuada atmósfera de ambicionada vaguedad para sugerir la sutil disyuntiva entre la realidad y la ficción quijotesca, como parte de un ensamblaje admirable de recursos escénicos de todo tipo que consumaron el hálito etéreo de esta parte de la trama.

En el segundo acto, nos embriagamos bajo el conjuro de la danza – adueñándonos del término que tanto menudeara Lezama Lima para definir esa indecible magia de lo inexplicable –. Nunca imaginé que bailarinas y bailarines tan jóvenes pudieran concertarse tan armónicamente en el hipnotizante elevado sortilegio del sueño quijotesco. Resaltó en este episodio Kate Robichaux en el desempeño del personaje “Amour”. El tercer acto nos desperezó al compás de vitalidad grupal, musical admirablemente homogeneidad y, sobre todo, a través de la lucida bravura de los bailarines y bailarinas que se escurrió hasta nuestras butacas para provocar el acompasado contagioso cómplice movimiento de nuestros pies.

 “Don Quijote” no es una excepción a la regla de todo convite danzario. Lo mejor se reserva para el final, y los asistentes a esta histórica función de estrenos no fueron defraudados por el desempeño de los personajes protagónicos en el nupcial “grand pas de deux” del tercer acto, el cual exige la más depurada técnica académica, precisión en los movimientos y sobresaliente talento interpretativo.

 Gretel Batista probó ser la Kitri ideal, técnica y artísticamente. En tanto, Brandon Carpio, de sólo 17 años de edad, otorgó a su concepción escénica de Basilio – según nos confesara, un sueño hecho realidad – los requerimientos de una divertida, cariñosa, apasionante y refrescante personificación.

sábado, 5 de julio de 2014

El Teatro Lírico de Tampa revive "La viuda alegre"

Michael Pruitt, como el Conde Danilo, y Jessica Morin, en el papel de Anna Glawari, tuvieron un debut muy aplaudido en los roles protagónicos de “La viuda alegre”


Por Leonardo Venta


“La viuda alegre” – la obra más representativa del compositor austro-húngaro Franz Lehár, precisada por la exquisitez de un casi extinto ideal aristocrático, la gracia de sus deliciosos valses, un refinado humor y atractiva trama de equívocos y galanteos – fue la pieza que el Teatro Lírico Español de Tampa presentara en inglés el sábado, 10 de mayo, y el domingo 11 en la sala teatro del Centro para las Artes con sede en el Hillsborough Community College de Ybor City.



Estrenada en Viena el 30 de diciembre de 1905, estructurada en un preludio y tres actos, la obra centra el desarrollo de su trama en divertidos pretendientes que se deshacen por conquistar la codiciada mano de la acaudalada viuda Anna Glawari, en el París de finales del siglo XIX. Aunque la acción transcurre en la capital francesa, la trama nos remite a Pontevedro, que pudiese o no referirse a la decimonónica historia del montañoso Montenegro.


El libreto, escrito originalmente en alemán por Victor Léon y Leo Stein, y traducido a la lengua shakesperiana por Merle "Ted" Puffer y su esposa Deena, contó con la adaptación del polifacético y talentoso René González, director tanto de la obra como de la compañía, quien nos confesó concluida la función que incorporó al libreto elementos de la versión española para enriquecer el resultado hilarante de la opereta.


En más de cinco décadas de existencia, el Teatro Lírico Español ha sabido reverenciar las figuras tradicionales de su elenco; al mismo tiempo que se ha reformulado y enriquecido con nuevos talentos, como quedó probado el pasado fin de semana, cuando Michael Pruitt, como el Conde Danilo, y Jessica Morin, en el papel de la alegre viuda Anna Glawari, consumaron su exitoso debut en los roles protagónicos.


A la hora de evaluar el trabajo del reparto, es preciso establecer la dicotomía canto/actuación, sin olvidar que la opereta alterna pasajes hablados con fragmentos cantados, partiendo de unos inicios en que se perseguía parodiar el estilo circunspecto y dramático de la ópera. En ambas presentaciones, la parte actuada se sobrepuso a la cantada, teniendo en consideración la libertad expresiva que caracteriza al género en la búsqueda de una sonoridad más conveniente.


Aunque ambas presentaciones fueron exitosas, las interpretaciones vocales resultaron más acertadas la matinée del domingo. En el aspecto actoral, tanto sábado como domingo, los actores y actrices mostraron gran soltura escénica, dominio de la gesticulación, gracia, profesionalismo, armonía grupal y, sobre todo, hicieron ostensible y contagiosa la alegría que bien vaticinaba el título del espectáculo musical.


Dos violines, una viola y un violonchelo, armonizaron deliciosamente con el piano del director y arreglista Steve MacColley, para propiciar un armónico acompañamiento musical, que en su perfecta ubicación frente al proscenio nos evocaba los tan lenitivos conciertos de cámara. Hubo momentos en que no sabíamos si fijar nuestra mirada en el escenario o sobre el elegante cuadro que presentaban los uniformes músicos.


La labor de nuestro hombre orquesta, René González, junto a Marilyn Wadley, en la escenografía, pudiéramos calificarla de épica, al lograr con tan discretos elementos una arrobadora atmósfera de suntuosidad. Aparte del trabajo de los músicos, los personajes protagónicos, el acoplado coro y las tres bailarinas, que añadieron colorido a las espiraciones coreográficas de Cyndee Dornblaser, el desempeño de Gonzáles y Wadley en el vestuario puso en funcionamiento los engranajes que develaron los valores medulares de la sociedad aristocrática decimonónica europea, al mismo tiempo que desplegaban ante nosotros un museístico derroche estético.


La puesta en escena, como un todo, logró su cometido: enriquecer y vivificar nuestros sentidos, librarnos de las preocupaciones y afanes diarios, ofrecernos solaz estético, transportarnos a lugares, tiempos y personajes diferentes a los de nuestra realidad cotidiana, hacernos sonreír y soñar. Al abandonar el teatro experimentamos una sensación diferente – asombrosamente plácida – a la que sintiéramos cuando llegamos.