La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

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viernes, 21 de diciembre de 2018

El mejor regalo de Navidad

"El Nacimiento de Jesús" (1302-1305), de Giotto di Bondone, es un punto de inflexión en la evolución de la rígida estilización medieval hacia el renacimiento florentino.

Por Leonardo Venta

            Cuando nos disponemos a celebrar la Navidad, retomamos el recurrente empeño de idearnos una experiencia feliz. Cada persona esgrime un dictamen diferente sobre la felicidad. Para Sócrates, "no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”. El novelista y filósofo ruso Liev Nikoláievich Tolstói concuerda con el pensador griego al escribir: “Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo".
            La arbitrariedad, con sus veleidosas desinencias, no constituye el fundamento que nos ha motivado a hurgar en los entresijos de este tema. La sociedad actual ha vaciado la Navidad de su verdadero significado religioso, desvirtuando la profundidad de su mensaje y celebración. Cristo, epítome del Amor, es su razón y esencia.
            Es posible dar la impresión de ser felices cuando no lo somos. La dicha navideña –que no tiene nada que ver con el consumismo que cada año prolifera en la conmemoración del nacimiento de Jesucristo– pudiera ser espejismo de un principio de amor y fraternidad que hemos damnificado con nuestra indolencia y malas acciones durante todo el año.
            No son los regalos ni las fiestas ni las bulliciosas manifestaciones de cordialidad la esencia del misterio de la Navidad, sino el ejercicio de virtudes y valores que nos identifican con la Segunda Persona de la Trinidad. Santo Tomás define la virtud como un “hábito operativo bueno". Una disposición habitual y firme a hacer el bien debe ser uno de los ornamentos de nuestros arbolitos navideños.
            Cuentan los biógrafos de San Francisco de Asís, que en el mes de diciembre de 1223, en una localidad italiana de la provincia de Rieti, región de Lazio, el Santo de los santos se lamentaba de que la observancia de la Navidad había sido ensombrecida por el consumismo. Angustiado, congregó a varios amigos, junto con algunos animales, y recreó la escena del pesebre, conocida como la Natividad.
            La experiencia de Rieti fue singular y edificante, y a lo largo de los años esa práctica –a la que se agregaron los villancicos– se integró a la celebración del nacimiento del Mesías, oficializada en el año 345 por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno, padres y doctores de la Iglesia Primitiva. Aunque hay quienes consideran que la celebración del 25 de diciembre es el resultado de la degeneración que sufrió el cristianismo a manos del paganismo, sigue siendo la fiesta más importante del año eclesiástico cristiano.
            Sin embargo, no todo los rituales navideños son de origen pagano. En 1742, Georg Friedrich Händel estrenó en Dublín el oratorio "El Mesías", con su célebre coro 'Aleluya'. Como sugiere el título, la composición recorre el nacimiento de Jesús, su muerte y  resurrección. Una de las piezas más populares de la sección de Navidad es "Porque un niño nos es nacido", que se basa en dos versículos del libro de Isaías: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz".
            Policromos compromisos, disimulados estreses, embriagados efugios, desiguales obsequios, producciones de "El cascanueces" integran la nutrida lista de elementos que aderezan esta celebración. Para lenitivo de quien escribe esta nota, no todo es consumismo en las festividades decembrinas; hay padres, que a pesar de tener medios para comprar costosos obsequios, precisan a sus hijos a intercambiar presentes confeccionados por ellos mismos, sin gran valor material, pero con una significación emocional edificante.
            La Navidad es el tiempo propicio para fijar la mirada en "el iniciador y perfeccionador de nuestra fe", cuyas enseñanzas nos exhortan a amarnos los unos a los otros, perdonarnos al igual que Él nos perdona; fraternizar –con amor de madre a hijo– en tiempos favorables y de conflictos; así como cuidar de aquellos que, por la razón que sea, necesiten nuestro auxilio.
            No importa cuánto anhelemos la paz, vivimos en un mundo amenazado constantemente por la violencia, la división y la codicia. Queremos ser honestos, pero la impudicia constantemente nos tiende emboscadas. Procuramos repartir buenas acciones; sin embargo, nos dejamos atrapar por los afanes de la vida y así procrastinamos –o anulamos– dichos buenos propósitos. Necesitamos perdonar, pero no lo hacemos. Afirmamos proponernos el bien ajeno, pero nos deslizamos hacia el egoísmo, la manipulación, la enfermiza competitividad, la xenofobia, el racismo, los prejuicios y el pernicioso orgullo.
            No es el costoso regalo, ni el humilde gesto de cumplido, ni la entrañable cena de Nochebuena, ni el rencuentro con ese distante ser amado, ni la magia que desvanece el desaliento para transformarlo en esperanza, ni la ociosa lágrima que se sublima en tierno detenido gesto, celebrar la Navidad es atesorar la más meritoria de todas las dádivas: Jesucristo, cuyo nacimiento celebramos para que –según establece Tito 3:7– "justificados por su gracia fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna".  

jueves, 22 de noviembre de 2018

Un guiño a la gratitud

Debe causar la misma satisfacción dar que recibir.

Por Leonardo Venta 

"La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura y mejor reverdece en la tierra buena de los humildes".  
José Martí 

            En nuestra sociedad estadounidense, más que en ninguna otra de las que yo tenga conocimiento, damos las gracias por casi todo y constantemente. Las damos personalmente, por teléfono, por correo postal y electrónico, en las redes sociales y otros medios. Por lo general, lo hacemos instintivamente, por puro formulismo, como una simple norma de urbanidad, carente de suficiente sinceridad. El legítimo agradecimiento va más allá de la mera cortesía.
            En contraste, la ingratitud sigue multiplicándose. Es una forma de egoísmo, un defecto incluso mayor que la envidia. “No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendes que necesita; y soporta luego la ingratitud”, son palabras de Miguel de Unamuno. José Martí, mientras preparaba la Guerra de Independencia de Cuba, escribió en una misiva dirigida a Máximo Gómez: “… no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
            Comúnmente, el que otorga favores espera reconocimiento. No se trata de recibir el favor de regreso, sino de recoger muestras de gratitud. Sin embargo, no siempre se reciben dichas manifestaciones. Existe una gran diferencia entre dar las gracias y el estar agradecido. El filósofo chino Lao-tsé afirma que “el agradecimiento es la memoria del corazón”. Agradecer, en cierto sentido, es recordar. “Nadie da gracias al cauce seco del río por su pasado”, sentencia Rabindranath Tagore.
            En la obra cumbre de la literatura española, leemos en la carta que le envía don Quijote a Sancho, al ser nombrado el singular escudero gobernador de la ínsula de Barataria: “Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido; que la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de continuo le hace”.
            Hay seres que ignoran (al menos así lo aparentan) las mercedes recibidas, o las retribuyen con prisa para no quedar moralmente endeudados. “Demasiado apresuramiento en pagar un favor ya es una muestra de ingratitud”, afirma François de la Rochefoucauld, autor francés del Siglo XVII, célebre por sus máximas morales.
            En ocasiones, la amargura causada por la envidia recibe las dádivas como ofensas. Otros consideran el agradecimiento como una muestra de debilidad, de sentimentalismo, es decir, una manera de otorgar a los sentimientos la dirección de la conducta. Existe el caso de aquellos que reciben favores como si se les pagara una deuda. Los peores pagan con la traición.
            Existen dadores, aunque parezca extraño, que pueden hacer más mal que bien al brindar ayuda. Se puede dar para resaltar una generosidad inexistente. "Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa" (Mateo 6:2); algunos, después de ayudar, se lo echan en cara a los beneficiados, humillándolos; lo comentan por doquier o emiten juicios que violan la intimidad de los receptores del aludido favor.
            No hay mejor obsequio que el desinteresado, fomentado en la relación vencedor-vencedor, en la que ambas partes se benefician. Debe causar la misma satisfacción dar que recibir. Toda ayuda que rebaje la dignidad y estima personal de quien la reciba, es indigna. Por eso, debemos saber cómo pedir y ofrecer.
            Cuando ofrecemos, no debemos esperar nada a cambio y realizarlo con alegría, tal como lo sugiere el apóstol Pablo: "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría" (2 Corintios 9:7).
            Del mismo modo, es saludable recibir con humilde gozo y gratitud. Aunque no nos lo propongamos, siempre recibiremos favores (somos entes sociales); de la misma forma, nos veremos involucrados en situaciones que nos presionen a otorgar ayuda.
            En esta celebración a la gratitud y el amor, cuyo irrefutable origen es honrar a Yahvé –"Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también" (1 Corintios 8:6) –, nos preguntamos: ¿qué lugar ocupa la gratitud en la lista de nuestro sistema de valores éticos?

miércoles, 28 de marzo de 2018

Charlando con la cantautora Danay Suárez

"... cuando comencé a escribir mis propias canciones, ¡allí se definió el camino de Danay!"


Por Leonardo Venta

El Centro Comunitario del Área de la Universidad, ubicado en el 14013 N 22nd Street, Tampa, Florida 33613, presenta a la cantautora Danay Suárez,  figura clave en la escena actual "hip hop" de Cuba, en un espectáculo gratis bajo la sombrilla del programa cultural "Prodigy", diseñado para mejorar las oportunidades de vida de los llamados 'estudiantes en riesgo'. La cita es el sábado, 3 de marzo de 2018, de 12 m.  a 3 p.m.
           Tuve mi primer contacto con la música de Danay a través de un video en YouTube, filmado a raíz de una presentación suya en el Festival Viña del Mar 2017, donde ganara el Premio Especial por la Inspiración consistente en la célebre Gaviota de Plata y 30 mil dólares. Me admiró su intervención. Me hice varias preguntas, en aquel momento, que Dios me ha ofrecido la oportunidad de formulárselas a través de la siguiente entrevista.

            ¿Háblanos, por favor, sobre tu origen?

            Nací en Cuba, el 17 de febrero de 1985. Tengo 33 años. Mis padres son personas cultas, padres preocupados que me dieron la mejor educación.

            Has sido invitada para participar, el próximo sábado, en el programa cultural "Prodigy". ¿Qué importancia tiene para ti esa presentación?

            Este programa, por su perfil de apoyo a jóvenes adolescentes, ha captado mi interés, ya que he venido haciendo en varias escuelas programas similares que buscan desarrollar el pensamiento humano hasta un punto de compromiso y responsabilidad con la palabra y cómo afecta la música positiva o negativamente, influenciando las nuevas generaciones. Cuando nos contactaron, no dudamos en decir ¡Sí!

            He leído que resides en Miami por alrededor de tres años y que recibiste la residencia permanente (green card) en Estados Unidos. En una etapa en que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos no son las ideales, ¿existe algún conflicto ideológico para ti con vivir en este país por razones de trabajo y haber dejado atrás tu patria?

            Vivo en ambos países, y es un equilibrio perfecto para mi trabajo y vida familiar. No contemplo conflictos ideológicos, cuando estos frustran mi libertad. Me es necesario moverme libremente a donde sea necesario para cumplir el propósito que tengo de Dios a través de mis canciones.

            ¿Has visitado Tampa? ¿Qué sabes sobre la inmigración cubana en esta ciudad?

            No sé mucho... sé que hay muchos cubanos en Tampa, y me parece un lugar hermoso, visité a unos amigos hace un año y me encantó la ciudad.

            Considero que tu facilidad de expresión, talento y búsqueda de autenticidad en cuanto al estilo  han catalizado, entre otros elementos, parte de tu éxito. ¿Estás de acuerdo conmigo? ¿Existe algún elemento que no mencioné en la introducción a esta pregunta que consideras importante en esa dirección?

            Sí, mi trabajo es lo más orgánico posible y coherente con mi persona. Más bien uso todos los dones que Dios puso en mí y esa es la mejor manera de hacer o decir.

            Además de ser compositora e intérprete, has confesado públicamente profesar el cristianismo. Hasta donde tengo conocimiento, tus actuaciones se realizan en un secular secular a diferencia de otros cantantes cristianos que se presentan exclusivamente en eventos religiosos. ¿Cómo conjugas lo mundanal con lo cristiano? ¿Existen conflictos o limitaciones para poder desarrollar el mandato bíblico de "id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura",  en el medio en que te desenvuelves?

            Pues, ¡muy fácil!, como una mujer de Dios, entiendo que las fechas que no se concretan no son voluntad de Dios y las puertas que se abren son su voluntad; viviéndolo así, pues tomo con responsabilidad cada evento. Es mi posición estar en el ambiente secular, porque es allí donde se es luz –en la tinieblas–, pues, ¿qué tanto alumbra la luz donde hay luz? No tengo problemas ni limitantes. Cristo es todopoderoso.

            Sospecho que esta es una pregunta que te han formulado en numerosas ocasiones. Sin embargo, la reitero con gran deseo de conocerte mejor, ¿qué lección guardas de tu experiencia en Viña del Mar? ¿Cómo consideras la intervención de Dios, a través de ti, en ese evento?

            Pues se resume en cientos de testimonios de personas que en ese día encontraron a Dios. Gente perdida en su propia humanidad, con pensamientos de suicidio, hallaron vida y verdad. También, Viña fue la respuesta a oraciones que hacía la Iglesia de Cristo en ese escenario, antes  que se montara la gran producción del Festival. Entonces, el yo hablar de Cristo, fue una respuesta a esas oraciones.

            ¿Cómo descubriste tu vocación artística? ¿Cómo ha sido el proceso de tu conversión cristiana?

            Desde pequeña me entusiasmaba con la música, luego imitaba cantantes, después hacía voces y armonías y todo se determinó cuando comencé a escribir mis propias canciones, ¡allí se definió el camino de Danay! Ya no vivo yo, Cristo vive en mí, y todo me es tan natural como la vida.

            Se te ha llamado en Estados Unidos una cantante "hip hop", movimiento musical surgido en el seno de la comunidad urbana estadounidense de origen afroamericano e hispano, caracterizado por el "rap", en que la letra, de carácter irreverente, es más recitada que cantada. ¿Te consideras una cantante de "hip hop"? ¿Cómo definirías tu estilo?

            Le dejo las denominaciones a los medios de comunicación. Yo puedo con mi voz fluir en muchos estilos de música y mi primera oportunidad de hacer canciones fue con bases de "rap".

            ¿Cuál consideras fue tu primer paso a la fama? A partir de ese comienzo, ¿ha habido alguna evolución?

            Considero que lo que me sacó a la vista internacional fueron mis colaboraciones con Gilles Peterson, un reconocido DJ británico, que hizo un proyecto con voces de Cuba y, posteriormente, me produjo un álbum de jazz. La evolución musical siempre existe y continúa... la espiritual también

            ¿Qué puedes decirnos sobre tu presentación en el washingtoniano Kennedy Center con la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos?

            Ese día ya lo había visto desde que escribí esas canciones, diez años antes. Fue una de las puertas que Dios abrió.  

            Si tuvieras la facultad de cambiar algo en tu país, en la gente que te rodea, en ti misma, ¿qué cambiarías?

            En mi país, la fe; en la gente que me rodea, sólo Dios puede hacerlo; en mí, ¡uf!, siempre hay mucho que cambiar.

            Si a través de una revelación, Dios te pidiera algo sumamente difícil de sacrificar –como le pidió a Abrahán que ofreciera a su hijo Isaac–, diríamos, por ejemplo, que tuvieses que abandonar tu carrera, el éxito y la fama para enfocarte en otra esfera de su plan divino, ¿lo harías?

¡Sí!, lo haría, eso  creo.

            Se habla sobre la profundidad y sinceridad de las letras de tus canciones, así como de tu propia franqueza y humildad. A través de la fama, pueden llegar buenas sumas de dinero, las comodidades y placeres que propicia una sociedad de consumo. ¿Estás preparada para enfrentar este reto?

            Los placeres los controlo; el dinero y la comodidad no interfieren en la humildad. Un hombre y una mujer de Dios saben vivir en lo mucho y en lo muy poco. 

            ¿Tu mayor objetivo, meta o sueño?

            Cumplir el propósito de Dios en mi vida. Vivir para la obra de Dios, más nada. El resto es añadidura.



sábado, 10 de febrero de 2018

La vigente universalidad de Doña Perfecta

"Retrato de Benito Pérez Galdós", carboncillo sobre papel del artista Ramón Casas, Museo Nacional de Arte de Cataluña (1903)
Por Leonardo Venta


            En 1876, a los 33 años de edad, Benito Pérez Galdós escribe Doña Perfecta. La retrógrada aldea de Orbajosa, de sólo 7 mil habitantes, "pueblo enano y por eso soberbio", es donde se desarrolla la trama de esta novela en que la protagonista, una viuda hondamente religiosa, acuerda con su hermano, residente en Madrid, casar a su hija Rosario con su sobrino Pepe, al que invita a su casa.
            "¡Cómo abundan los nombres poéticos en estos sitios feos!", apunta Pepe Rey para referirse a Valleameno, Villarica, Valdeflores, parajes de  Orbajosa, lugar donde nunca ocurre nada y la devastación, la pobreza y el desamparo pululan.
            Doña Perfecta, pilar ideológico de la obra, representa a una España oscurantista; en tanto, el ingeniero Pepe Rey es prototipo del progreso, el espíritu ilustrado y tolerante. De esta manera, la pieza narrativa denuncia la maldad que subyace en la intransigencia religiosa, así como aborda la pugna entre progreso y tradición.
            No hay una significativa complejidad en los personajes. Estamos ante una novela de tesis, en que la intención del autor excede la acción de la obra; por ende, la minuciosidad psicológica pudiera antojársenos exigua, aunque discrepo sobre dicha insuficiencia. Los caracteres son mayormente rígidos, con excepción de Pepe Rey, María Remedios, sobrina del canónigo, y Rosario, la hija de doña Perfecta. Por su parte, el personaje epónimo no supera su propia neurosis, intolerancia religiosa, autoritarismo moral e hipocresía.
            Pérez Galdós se apoya en el Positivismo comtiano, que advierte en la actividad científica práctica la única vía para establecer y consolidar el poder del hombre sobre la naturaleza, estableciendo un contraste entre la España progresista y la conservadora, la urbana y la rural. Tanto en Doña Perfecta como en Marianela, nuestro maestro de la novelística manifiesta su identificación con el Positivismo a través de los personajes de Pepe Rey, ingeniero, y Teodoro Golfín, galeno.
            De estilo fluido, opuesto a los afeites románticos, esta gema realista emplea la ironía, no sólo mediante hermosos calificativos para designar desapacibles lugares, como el "Cerrillo de los Lirios" –donde sólo hay piedras y hierba descolorida–, el aspecto antitético de los nombres que distinguen a doña Perfecta, don Inocencio y Licurgo, los cuales lejos de indicar perfección, inocencia e inteligencia sugieren imperfección, malicia y torpeza, así como también mediante un duelo de fuerzas discordantes y misteriosas en el devenir de los protagonistas.
            Los contrastes entre la oscuridad y la luz, el amor y la muerte, el bien y el mal, develan al lector sagaz el odio que puede esconderse tras una máscara de perfección y piedad. Aunque la obra es anticlerical no es antirreligiosa, ya que no cuestiona los dogmas de la Iglesia sino su omnímodo perjuicio en los sectores políticos y sociales de la sociedad española de esa época. “El clero tiene todavía grandísimo poder”, afirmó el escritor canario en 1885.
            Doña Perfecta en lugar de amar odia, la imagen pública que proyecta desaviene con su verdadera forma de ser; su hija Rosario, una dulce y débil criatura, pasa de un extremo a otro: de la luminosidad a las tinieblas. La apacible relación con su autoritaria progenitora se entenebrece paulatinamente. El obstáculo –la madre– para acercarse a la persona amada –Pepe Rey– se yergue en objeto de su odio. Incluso, los cándidos orbajosenses ocultan una naturaleza codiciosa, violenta y aborrecedora. El enjuto don Cayetano, erudito y bibliófilo de la región, se refiere a sus coterráneos de la siguiente manera: "En todas las épocas de nuestra historia, los orbajosenses se han distinguido por su hidalguía, por su nobleza, por su valor, por su entendimiento (...) Pues sí, teólogos eminentes, bravos guerreros, conquistadores, santos, obispos, poetas, políticos, toda suerte de hombres esclarecidos florecieron en esta humilde tierra del ajo". Si bien, sobre la experiencia de Pepe Rey, en el Casino, con los "varones insignes", el hablante narrativo expresa: "Lo que principalmente distinguía a los orbajosenses del Casino era un sentimiento de viva hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese. Y siempre que algún forastero de viso se presentaba en las augustas salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la patria del ajo". La disposición del poder en Orbajosa teme que el capitalino sobrino de doña Perfecta pueda desplazar a sus líderes locales, si éste llegara a posesionarse de un lugar promisorio entre ellos.
            La ancestral operación de propinar golpes bajos con una fingida sonrisa, un gesto de aprobación, un estrechón de manos, una cálida frase –tan presente en Doña Perfecta– sigue ejercitándose en nuestros días, como si fuera parte de un estímulo incondicionado de nuestras más intestinas propiedades trascendentales.
          Hay quienes proyectan hostilidad hacia aquellos o aquellas –para no contrariar a las feministas– que no comparten sus arbitrios. Un observador genial, como es  Benito Pérez Galdós, realista en su esencia, refleja la pugna social entre valores e intereses discordantes y sus consecuencias; he ahí –apoyado por todo un simbolismo de tácita duplicidad– donde radica la vigente universalidad de esta obra.


jueves, 1 de febrero de 2018

Comenzar de nuevo (A mis hermanos por develar)




Por Leonardo Venta

Vengo a ti desecho,
postrado en mi dolor,
temeroso,
suplicante,
con el cielo desierto.

Te busco,
avizoro,
tiemblo.

Me haces repetir el alfabeto del cariño, articular perdones y esperanzas,
descubrir veladas verdades,
enormes, diminutas, contrahechas, amorosas siempre.

Me detengo,
exhausto,
jadeante.
Suspiro,
adivino,
me tiendo...
insomne desaliento.

Cierro los ojos,
implorante.
Te repaso,
te leo,
te busco,
nuevamente te presiento.

Llegas,
me quitas este peso de encima,
con delicadeza,
diligente, sobrepuesto...
me susurras consuelos,
me delineas extensiones,
mediante tu articulado silencio.

Dibujas amigos en mi encerado pliego:
nuevos, antiguos, imaginados, reales,
añorados, distraídos, despiertos...
compones hermanos,
sinfónica partitura
de ventrículo en puño abierto.

Luego, solo,
vuelvo a mi ostraíca armazón,
espectral silencio...
intento escuchar sus sonrisas,
palpar sus frases de aliento,
escuchar sus miradas,
 soledades afines,
luchas, esfuerzos,
temores, osadías,
entrecortadas frases,
entredichas,
nunca pronunciadas,
victorias y desalientos.

Me sonríen y les sonrío,
desde un costado de Cristo,
esperanzado, absorto,
dispuesto, dispuestos,
a comenzar de nuevo.

(Un hermano es un retazo de luz para zurcir un roto interno, desperezado aliento en pesadilla insomne. Es un guiño divino con acento similar al nuestro, que nos conoce y presiente, hijo del espíritu, sostén en la espinosa ascendente pendiente hacia irrefutable optimista anhelado solidario firmamento)

domingo, 31 de diciembre de 2017

Reflexión para después de Navidad


Óleo sobre tabla "Virgen con el Niño" , obra de Rafael Sanzio (1502-04)

Por Leonardo Venta 


            Cuando recién acabamos de celebrar la Navidad, retomamos la cíclica tarea de crear –o inventarnos– una vida feliz y plena. Cada persona esgrime un dictamen diferente de en qué consiste la felicidad. Para Sócrates, "no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”. El apóstol San Pablo concuerda con el filósofo griego al escribir en La Epístola a los Filipenses: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia...".
            Es posible dar la impresión de estar felices, cuando en lo más entrañable no lo estemos. La dicha navideña pudiese ser ficticia: el espejismo de un espíritu fraternal que hemos soslayado con nuestra indolencia y malas acciones durante el año. La dicha de los genuinos (hay falsos) adeptos al cristianismo –que con sus más de 200 millones de profesantes en Estados Unidos, superando el 70% por ciento de la población total, bien se acoge a la razón y esencia de la Navidad– proviene de dentro y no tiene nada que ver con los excesos mercantilistas que cada año sobreabundan más en la conmemoración anual del nacimiento de Jesucristo.
            No es un capricho nuestro el abordar este tema, Cristo, sinónimo de Amor, es la razón y esencia de la Navidad. Vivimos en un país rico. En el orden material, recibimos más de lo que necesitamos. Si bien, ¿sucede así en el ámbito espiritual? No son los regalos ni las fiestas ni las bulliciosas manifestaciones de afecto la esencia de la Navidad, sino el poco frecuente ejercicio de virtudes hacia nuestro prójimo: hallar y socorrer al menos afortunado, al despreciado, al caído; curar las heridas del lesionado, alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, liberar al cautivo, apaciguar la discordia; robustecer la esperanza, la tolerancia y la verdad; irradiar luz y alegría; consolar, comprender y perdonar.
             Cuentan los biógrafos de San Francisco de Asís, que en el mes de diciembre de 1223, en una localidad italiana de la provincia de Rieti, región de Lazio, se lamentaba
–aviniéndose sorprendentemente a una queja actual– de que la observancia de la Navidad había sido ensombrecida por el materialismo. Angustiado, congregó a varios amigos, junto con algunos animales, y recreó la escena del pesebre, conocida como la Natividad.
            Fue una experiencia singular y edificante, y a lo largo de los años la práctica, a la que se agregaron los villancicos, se integró a la celebración del nacimiento del Mesías, oficializada en el año 345 por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianzeno, padres y doctores de la Iglesia Primitiva. Aunque hay quienes consideran que la celebración del 25 de diciembre es el resultado de la degeneración que sufrió el cristianismo a manos del paganismo, sigue siendo la fiesta más importante del año eclesiástico cristiano.
            Sin embargo, no todo los rituales navideños son de origen pagano. En 1742, Georg Friedrich Händel estrenó en Dublín el oratorio "El Mesías", con su célebre coro "Aleluya". Como sugiere el título, la composición recorre el nacimiento de Jesús (Parte 1), su muerte (Parte 2) y la resurrección (Parte 3). Una de las piezas más populares de la sección de Navidad es "Porque un niño nos es nacido ", que se basa en Isaías 9: 6: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz".
            Multicolores compromisos, disimulados estreses, embriagados efugios, desiguales regalos, producciones del "Cascanueces" integran la nutrida lista de elementos que aderezaron en parte la celebración recién concluida. Si bien, los niños –quienes reciben presentes que generalmente implican considerables gastos para sus padres– son los que usualmente se granjean la mayor parte de las atenciones.
            Para bálsamo de quien escribe esta nota, no todo es material en las festividades decembrinas; hay padres, que a pesar de tener medios para comprar costosos obsequios, precisan a sus hijos a intercambiar presentes confeccionados por ellos mismos, sin gran valor material, pero con una significación emocional edificante.
            Además, la Navidad es el tiempo propicio para reflexionar en el inmenso amor de Dios por la humanidad, fijar la mirada en "el iniciador y perfeccionador de nuestra fe", intentar ser más amables, disculparnos cuando hemos sido demasiado críticos con los demás, amarnos los unos a los otros de la manera que Dios nos ama, perdonarnos al igual que Él nos perdona, unirnos, con amor de madre a hijo, en tiempos favorables y de crisis; y cuidar de aquellos que, por la razón que sea, no pueden valerse por sí mismos.
            No importa cuánto anhelemos la paz –a menudo eclipsada por nuestro deseo egoísta de conseguir lo que se desea a cualquier precio–, vivimos en un mundo amenazado constantemente por la violencia, la división y la codicia. Queremos ser honestos, pero lo indecoroso puede darle un golpe bajo a nuestras mejores intenciones. Procuramos repartir buenas acciones. Sin embargo, nos dejamos atrapar por los afanes de la vida y así procrastinamos –o anulamos– dichos buenos propósitos.  Necesitamos perdonar, pero no lo hacemos hasta que nos paguen el mal que nos han hecho. Nos proponemos el bien ajeno. Si bien, nos deslizamos hacia el egoísmo, la manipulación, la enfermiza competitividad, la xenofobia, el racismo, los prejuicios y el pernicioso orgullo.
            Como fruto amargo de nuestros despropósitos, la frustración nos sobrecoge; somos despojados de una paz que apreciamos principalmente en la buena salud, el suficiente dinero, una carrera exitosa, la aceptación social, una relación sentimental satisfactoria y la felicidad de nuestros familiares y amigos más allegados. Según esta trillada percepción, la paz significa estar libre de conflictos, desconociendo que no siempre pueden resolverse.
            Por supuesto, no hay nada erróneo en desear nuestro bienestar. Pero, ¿cómo reaccionamos cuando las cosas no marchan bien? En la susodicha Epístola a los Filipenses, el Apóstol Pablo afirma: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús".
           No es el prohibitivo regalo, ni el humilde gesto de cumplido, ni la entrañable cena de Nochebuena, ni el rencuentro con ese ser amado, ni la magia que esfuma la distancia para transformarse en ternura, ni la ociosa lágrima que se sublimiza en un amoroso detenido gesto. La Navidad es valorar y aprehender el más genuino y meritorio de todos los regalos: Jesucristo. En un orden del mundo creado por voluntad divina, en una nación fundada con principios cristianos basados en la Biblia, es substancial apropiarnos de esta dádiva inmarcesible, sin la cual nunca abrazaremos, según Hebreos 6:19 , "la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor, hecho, según el orden de Melquisedec, sumo sacerdote para siempre".

sábado, 24 de diciembre de 2016

Una reflexión sobre Navidad

En "La Natividad con el infante San Juan", de Piero di Cosimo, un ángel presencia el nacimiento del Niño Jesús
Por Leonardo Venta

El mes de diciembre de 1223, en una localidad italiana de la provincia de Rieti, región de Lazio, un hombre que vivía en la pobreza se lamentaba –aviniéndose sorprendentemente a una queja actual– de que la observancia de la Navidad había sido ensombrecida por el materialismo. Angustiado, congregó a varios amigos, junto con algunos animales, y recreó la escena del pesebre, conocida como la Natividad. El hombre era San Francisco de Asís.
            Fue una experiencia conmovedora, y a lo largo de los años la práctica, a la que se agregaron los villancicos, se integró a la celebración del nacimiento del Mesías, oficializada en el año 345 por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianzeno, padres y doctores de la Iglesia Primitiva. Aunque hay quienes consideran que la celebración del 25 de diciembre es el resultado de la degeneración que sufrió el cristianismo a manos del paganismo, sigue siendo la fiesta más importante del año eclesiástico cristiano.
            Grandes banquetes acompañados de ingentes cantidades de alcohol, loterías y juegos de azar, así como intercambios de regalos caracterizaban al Saturnal romano, que se celebraba del 17 al 23 de diciembre, en honor de Saturno, dios de la agricultura. Una celebración de invierno similar –conocida como Yule–, en la que se quemaban grandes troncos adornados con ramas y cintas en honor de los dioses se organizaba en el norte de Europa.
            El siglo XIX fue decisivo en la consolidación de la tradición de esta festividad. Se generalizó el uso del árbol de Navidad, originario de zonas germanas. Los árboles iluminados no sólo eran distintivo de fertilidad sino de renacimiento solar, componentes de ritos idólatras ajenos por completo a las creencias judeocristianas.
            La leyenda de Santa Claus se asocia a la de Papá Noël, que procede, en parte, de San Nicolás, santo patrón de Rusia y de los niños. El mito afirma que celadamente hizo regalos a tres hijas de un hombre, quien, imposibilitado de proveerles una dote, estaba a punto de abandonarlas a una existencia pecaminosa. A partir de este relato nació la tradición de hacer regalos en secreto en la víspera de San Nicolás. A su vez, el dadivoso Santo tiene conexión con el dios nórdico Odín, de luenga barba blanca y raro sombrero, el cual nada tiene que ver con la figura redentora de Jesucristo.
            Sin embargo, no todo los rituales navideños son de origen pagano. En 1742, Georg Friedrich Händel estrenó en Dublín el oratorio "El Mesías", con su célebre coro "Aleluya". Como sugiere el título, la composición recorre el nacimiento de Jesús (Parte 1), su muerte (Parte 2) y la resurrección (Parte 3). Una de las piezas más populares de la sección de Navidad es "Porque un niño nos es nacido ", que se basa en Isaías 9: 6: "Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz".
            Multicolores compromisos, disimulados estreses, embriagados efugios, intercambios de regalos,  producciones de "El cascanueces" integran la numerosa lista de elementos que definen en parte esta celebración. Si bien, los niños –quienes reciben presentes que generalmente implican considerables gastos para sus padres–, son los que granjean la mayor parte de las atenciones.
            Para bálsamo de quien escribe esta nota, no todo es material en las festividades decembrinas; hay padres, que a pesar de tener medios para comprar costosos obsequios, precisan a sus hijos a intercambiar presentes confeccionados por ellos mismos, sin valor material, pero con una significación emocional edificante.
            Además, la Navidad es el tiempo propicio para reflexionar en el inmenso amor de Dios por la humanidad, fijar la mirada en "el iniciador y perfeccionador de nuestra fe", intentar ser más amables, disculparnos cuando hemos sido demasiado críticos con los demás, amarnos los unos a los otros de la manera que Él nos ama, perdonarnos al igual que Él nos perdona, unirnos, con amor de madre a hijo, en tiempos favorables y de crisis; y cuidar a aquellos que, por la razón que sea, no pueden valerse por sí mismos.
            No importa cuánto anhelemos la paz –a menudo eclipsada por nuestro deseo egoísta de conseguir lo que queremos a cualquier precio–, vivimos en un mundo lleno de violencia, división y codicia. Queremos ser honestos, pero el engaño puede darle un golpe bajo a nuestras mejores intenciones. Procuramos repartir buenas acciones, pero nos dejamos atrapar por los afanes de la vida y así procrastinamos dichos buenos propósitos.  Necesitamos perdonar, pero no lo hacemos hasta que nos paguen el mal que nos han hecho. Nos proponemos el bien ajeno. Si bien, nos deslizamos hacia el egoísmo, la manipulación, la enfermiza competitividad y el orgullo.
            Al final, la frustración nos sobrecoge; somos despojados de una paz que apreciamos principalmente en la buena salud, el suficiente dinero, una carrera exitosa, una relación sentimental satisfactoria y la felicidad de nuestros familiares más allegados. Según esta trillada percepción, la paz significa estar libre de conflictos.
            Por supuesto, no hay nada erróneo en desear nuestro bienestar. Pero, ¿cómo reaccionamos cuando las cosas no marchan bien? En Filipenses 4:7, el Apóstol Pablo afirma: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús".
            No es el prohibitivo regalo ni el humilde gesto de cumplido, ni la entrañable cena de Nochebuena, ni el rencuentro con ese ser amado, ni la magia que desaparece la distancia y reparte amor y perdón a manos llenas, ni la ociosa lágrima que humedece cierta mejilla mientras escucha el célebre villancico "Noche de paz" en una celebración religiosa. La Navidad es apreciar el más genuino y valioso de todos los regalos: la paz y la salvación que Jesucristo vino a ofrecernos.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Meditación en el "Día de acción de gracias"

Eric Enstrom consiguió captar esta célebre imagen , conocida como "Grace" (1918), en su estudio fotográfico de la ciudad minera de Bovey, Minnesota. Más tarde,  Rhoda Nyberg, su hija, trabajó sobre el original para darle color y la apariencia de una pintura al óleo.  

Por Leonardo Venta 

La ingratitud es un mal comúnmente generalizado. Es una forma de egoísmo, un defecto incluso mayor que la tristeza o pesar del bien ajeno. “No des a nadie lo que te pida, sino lo que entiendes que necesita; y soporta luego la ingratitud”, decía Miguel de Unamuno.
            Comúnmente, el que otorga favores espera reconocimiento. No se trata de recibir el favor de regreso, sino de recoger alguna muestra, aunque mínima, de gratitud. Sin embargo, no siempre se reciben dichas manifestaciones. Existe una gran diferencia entre dar las gracias y el estar agradecido. Dar las gracias pudiera formar parte de una simple norma de urbanidad, carente de sinceridad. El legítimo agradecimiento va más allá de la mera cortesía.
            Hay seres que ignoran (al menos así lo aparentan) las mercedes recibidas, o las retribuyen con prisa para no quedar moralmente endeudados. “Demasiado apresuramiento en pagar un favor ya es una muestra de ingratitud”, afirma François de la Rochefoucauld, autor francés del Siglo XVII, célebre por sus máximas morales.
            En ocasiones, la amargura causada por la envidia recibe las mercedes como ofensas. Hay quienes consideran el agradecimiento como una muestra de debilidad, de sentimentalismo, es decir, una manera de otorgar a los sentimientos la dirección de la conducta. Existe el caso de aquellos que reciben favores como si se les pagara una deuda. Los peores pagan con la traición.
            No obstante, hay dadores, aunque parezca extraño, que pueden hacer más mal que bien al brindar ayuda. Se puede ayudar para resaltar una generosidad inexistente. Algunos, después de socorrer, se lo echan en cara a los socorridos, humillándolos; lo comentan por doquier o emiten juicios que violan la intimidad de los receptores del aludido favor.
            No hay mejor dádiva que la desinteresada, fomentada en la relación vencedor-vencedor, en la que ambas partes se benefician. Debe causar la misma satisfacción dar que recibir. Toda ayuda que rebaje la dignidad y estima personal de quien la recibe, carece de mérito. Por eso, debemos saber cómo pedir y dar.
            Al ayudar no debemos esperar nada a cambio. Del mismo modo, es saludable recibir con humilde gratificante gozo. Aunque no nos lo propongamos, siempre recibiremos favores (somos entes sociales); de la misma forma, nos veremos involucrados en situaciones que nos presionen a otorgar asistencia.
           En esta celebración del "Día de acción de gracias", cuyo indiscutible origen es mostrar agradecimiento a Yahvé, "Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también" (1 Cor 8:6), nos preguntamos, ¿qué lugar ocupa la gratitud en la lista de nuestro sistema de valores éticos?

lunes, 7 de septiembre de 2015

Mi plegaria


Por Leonardo Venta 

Te entrego el verbo
que me obsequiaste,
Amado Verbo,
para que purifiques este humilde ruego.
Fortífica con tu suero de consuelo
esta alma anémica.

Tictac de manecillas celestiales,
no detengas mi pulsar sin haberme visitado.
Háblame de paz,
deslízame dulces cantos seráficos.

Perplejos te arropamos,
inventamos,
describimos,
abrazamos.

(4 de noviembre de 2014)


viernes, 17 de junio de 2011

Sobre nuestra fe...



Por Leonardo Venta

“Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada”.
Víctor Hugo

Los eruditos continúan tratando de hallar respuestas a las numerosas interrogantes que el hombre se formula. Sin embargo, aún queda mucha incertidumbre latente, especialmente, en el plano de la conciencia.

Los triunfos – al igual que la frágil felicidad – están sujetos a lo fortuito de la vida. La sombra, proyección confusa de nuestro cuerpo en el espacio, en sentido contrario a aquel por donde llega la luz, parece advertirnos constantemente la temible asechanza de la muerte, la omnipresencia de la oscura, o nívea, nada.

Nos inquieta el tiempo, la libertad, el mundo interior, el deseo de inmortalidad, la voluntad de vivir, la constante necesidad de elegir. Nos atrae el éxito, la aprobación, el goce. Rechazamos instintivamente el dolor, lo grotesco, lo inservible, lo caduco, lo feo.

La existencia viene diseñada por cada experiencia individual a partir de situaciones y apreciaciones específicas. La realidad, que en su atributo general puede parecer única, es interpretada desigualmente por cada ser.

El humano se siente desvastado ante el silencio divino, afectado por las incertidumbres y contradicciones que acompañan al Dios que le ha sido revelado desde pequeño por sus mayores. Intenta entender la aparentemente inconciliable relación entre lo deseado y lo verdaderamente factible, entre los instintos y la vilipendiada razón.

Al ateo más confeso, de una manera u otra, al menos, en una ocasión de su vida, le ha asaltado una honda necesidad, una chispa, de Dios; para luego volver a ensombrecerse tras una nube glacial de incertidumbre. Intentamos encontrarle sentido a la existencia, nos entusiasmamos con el vivir, mas al escuchar los lúgubres repiques de la muerte sobre cielo ajeno nos reclinamos sobre nuestros temores.

Buscamos a Dios a tientas, la mayor parte de las veces, temerosos, desorientados. Se nos inculca un Dios piadoso, que no se cansa de perdonar instintivos y repetidos pecados, cuyos orígenes ignoramos; por otro lado, se nos amenaza con un Dios implacable y temerario.

Anhelamos relacionarnos con un Ser Supremo, sin intermediarios, sin la intervención de la opresora y defectiva mano humana, pero invariablemente quedamos a merced de milenarios proyectos y dogmas programados. “Ése en que crees, lector, ése es tu dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y fue niño cuando eras tú niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre, y que se disipaba cuando te disipabas […]”, afirma Unamuno.

Tenemos sed y hambre de inmortalidad y nos sabemos frágiles, vulnerables, mortales. Deseamos existir sempiternamente, y el aire que respiramos es nunca saldada hipoteca. ¡Cuál mayor anhelo que el de igualarse y emular a Dios: el ideal diseñado! ¡Cuán decepcionados nos sentimos con las nuestras y ajenas fallas y limitaciones! Tanteamos a oscuras esa angustia que nos lleva a cuestionar la existencia de Dios, sin confesarlo.

Afirmamos creer lo que a ciencia cierta ignoramos. Con estoicismo, ocultamos nuestras dudas, nuestras miserias, para proteger a otros de la desesperanza o, quizá, por vanidad religiosa. Tememos la verdad. ¿Es deber ocultarla? ¿Mentir y mentirnos? La fe imparte vida, libera; la religiosidad mutila, traiciona; nos transforma en súbditos de un reino insostenible que llegamos a abominar, por ilusorio, incomprendido, simulado. Recibimos masteres y doctorados en la carrera de las máscaras, nos naturalizamos con la ciudadanía de la doble moral, y dejamos atrás a ese niño al que le ha sido prometido el Reino de los Cielos.

viernes, 24 de diciembre de 2010

¿La verdadera Navidad?

 Una recreación de Santa Claus realizada por el pintor Habdon Sundblom para la campaña de Coca-Cola de 1931

Por Leonardo Venta

La Navidad es el día en que se celebra el nacimiento de Jesucristo (según los evangelios de San Mateo y San Lucas, aunque no mencionan fecha). Es curioso que el día de Navidad no fuera oficialmente reconocido hasta el año 345, cuando por influencia de San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno se declaró el 25 de diciembre como la fecha del nacimiento del Mesías.

Algunos estudiosos consideran que esta celebración surge como una forma de convenir a la iglesia cristiana con los ritos paganos. La celebración gentil más relacionada con la Navidad eran las Saturnales que se llevaban a cabo del 17 al 23 de diciembre en la antigua Roma en honor a Saturno, dios de la agricultura. Grandes banquetes y bebidas, loterías y juegos de azar, e intercambio de regalos, caracterizaban a estas festividades. Una fiesta de invierno similar –conocida como Yule–, en la que se quemaban grandes troncos adornados con ramas y cintas en honor de los dioses, se organizaba en el norte de Europa.

En la Edad Media, la Iglesia añadió el Nacimiento y los villancicos a sus rituales navideños. Así también, el siglo XIX fue decisivo en la consolidación de la tradición de esta festividad. En éste, se generalizó el uso del árbol de Navidad, originario de zonas germanas, y se enviaron las primeras tarjetas postales. La primera se imprimió en Londres en 1846.

La popular imagen del regordete Santa Claus, con el raudo trineo, los inseparables renos y las bolsas abarrotadas de regalos, se asocia a la leyenda de Papá Noel, que procede, en parte, de San Nicolás. Obispo de Mira, capital de Licia, Nicolás IV es el patrón de Rusia y de los niños. Su culto es generalizado en Oriente y en Europa, especialmente en Bori, Italia, donde se veneran sus reliquias.

Compras y precios en rebaja, días feriados en el trabajo, concebidos convites, embriagados efugios, interminables tendederas de postales cuyo destino final es el basurero, arbolitos de todos precios, derroche de rojo y verde, producciones de "El cascanueces" en la cartelera balletística, multicolores compromisos, remedados y maquillados estreses, innecesarios gastos, memorables rituales familiares, integran la interminable lista de elementos que definen en parte nuestra Navidad.

Como hemos ya leído, algunos no aceptan que Jesucristo haya nacido el día en que celebramos su nacimiento. Otros piensan que cualquier fecha es apropiada para ese fin. Nos preguntamos, pues, ¿cuál es el centro de nuestra Navidad, Jesús, los regalos, la familia, o el mismísimo Santa Claus? ¿Es la Navidad para todos? ¿Existe un genuino mensaje de amor detrás de cada guiño navideño?

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Fe y religiosidad



Por Leonardo Venta


“Una fe: he aquí lo más necesario al hombre. Desgraciado el que no cree en nada”.
Víctor Hugo
Los eruditos continúan tratando de hallar respuestas a las numerosas interrogantes que el hombre se formula. Sin embargo, aún queda mucha incertidumbre latente, especialmente, en el plano de la conciencia.

Los triunfos – al igual que la frágil felicidad – están sujetos a lo fortuito de la vida. La sombra, proyección oscura que nuestro cuerpo agita en el espacio, en sentido contrario a aquel por donde llega la luz, parece advertirnos constantemente la temible asechanza de la muerte, la omnipresencia de la oscura nada.

Nos inquieta el tiempo, la libertad, el mundo interior, el deseo de inmortalidad, la voluntad de vivir, la constante necesidad de elegir. Nos atrae el éxito, la aprobación, el goce. Rechazamos instintivamente el dolor, lo grotesco, lo inservible, lo caduco, lo feo.

Sin embargo, la existencia viene diseñada por cada experiencia individual a partir de situaciones y apreciaciones específicas. La realidad, que en su atributo general puede parecer única, es interpretada desigualmente por cada ser.

El humano se siente desvastado ante el silencio divino, afectado por las incertidumbres y contradicciones que acompañan al Dios que le ha sido revelado desde pequeño por sus mayores. Intenta entender la aparentemente inconciliable relación entre lo deseado y lo verdaderamente factible, entre los instintos y la vilipendiada razón.

Al ateo más glacial, de una manera u otra, al menos una ocasión en su vida alienta una chispa de Dios; para luego ensombrecerse tras una nube desabrida de incertidumbre. Intentamos encontrarle sentido a la existencia, nos entusiasmamos con el vivir, mas al percibir los lúgubres repiques de la muerte sobre cielo ajeno volvemos sobre nuestros temores.

Buscamos a un Dios a tientas, la mayor parte de las veces, temerosos, desorientados. Se nos inculca una divinidad piadosa, que no se cansa de perdonar instintivos y repetidos pecados, cuyos orígenes ignoramos; por otro lado; se nos amenaza también con un Dios implacable y temerario.

Anhelamos relacionarnos con un Ser Supremo, sin intermediarios, sin la intervención de la opresora y defectiva mano humana, pero invariablemente quedamos a merced de milenarios proyectos y dogmas programados. “Ése en que crees, lector, ése es tu dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y fue niño cuando eras tú niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre, y que se disipaba cuando te disipabas […]”, afirma Unamuno.

Tenemos sed y hambre de inmortalidad y nos sabemos frágiles, vulnerables, mortales. Deseamos existir sempiternamente, y el aire que respiramos es nunca saldada hipoteca. ¡Qué mayor anhelo que el de igualarse y emular a Dios: el ideal diseñado! ¡Cuán decepcionados nos sentimos con las nuestras y ajenas fallas y limitaciones! Tanteamos a oscuras esa angustia que nos lleva a cuestionar la existencia de Dios, sin confesarlo.

Afirmamos creer lo que a ciencia cierta ignoramos. Con estoicismo, ocultamos nuestras dudas, nuestras miserias, para proteger a otros de la desesperanza o, quizá, por vanidad religiosa. Tememos la verdad. ¿Mentimos o nos mentimos? La fe imparte vida, libera; la religiosidad mutila, traiciona; nos transforma en súbditos de un reino insostenible que llegamos a abominar, por ilusorio y simulado. Recibimos masteres y doctorados en la carrera de las máscaras, nos naturalizamos con la ciudadanía de la doble moral, y dejamos atrás a ese niño al que le ha sido prometido el Reino de los Cielos.

viernes, 2 de julio de 2010

Un problema de fe


Por Leonardo Venta

San Manuel Bueno, el sacerdote de la aldea de Valverde de Lucerna, aparenta ser el creyente ideal. No sólo proclama enternecedores sermones con su voz “de milagro”, sino posee todas las cualidades ideales de un hombre de Dios. Al morir, es designado para ser canonizado; sin embargo, descubrimos que no tenía fe, uno de los principales requerimientos para agradar a Dios. Esta es la historia que sustenta la novela San Manuel Bueno, mártir (1933), de Miguel de Unamuno.

A Unamuno, uno de los intelectuales españoles más destacados de la era moderna, como buen existencialista, le obsesionan temas como el ansia de inmortalidad y el conflicto de la fe. Para él, toda fe genuina implica cuestionamientos, es decir, la fe sin dudas no es fe. El escritor bilbaíno la teoriza, no como dogma estático, sino dentro de una complejidad sólo equivalente a la existencia misma.

San Manuel Bueno, mártir se organiza en torno a la lucha interior de un sacerdote y su comportamiento para con el pueblo. La novela – llamada agonista – sondea la angustia que lleva al individuo a cuestionar la existencia de Dios, reflejada en la voluntad de vivir como creyente y la imposibilidad de creer. Para el piadoso protagonista, la solidaridad humana es la única verdad tangible, la única solución. Oculta su falta de fe a los feligreses para protegerlos del caos de la desesperanza.

Los personajes principales de la novela se desplazan en una progresión emocional hacia el desconcierto. La historia de Don Manuel es narrada por Ángela Carballino, su seguidora; quien, decepcionada de éste, evoluciona de una confianza candorosa en los preceptos de la iglesia a una postura de confusión y escepticismo.

Por su parte, el hermano de Ángela, Lázaro, experimenta una asombrosa transformación: de hombre mundano y apartado de la devoción a fervoroso creyente, para finalizar atrapado por el espíritu de insinceridad que afecta a Don Manuel, su guía espiritual. Es el mismo Lázaro quien nos devela el rostro sombrío del sacerdote: “Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: ‘¿Y usted celebrando misa ha acabado por creer?’, él bajó la mirada al lago y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y así es cómo le arranqué su secreto”.

La novela fue escrita en la primera mitad del siglo pasado; no obstante, su problemática sigue vigente. La crisis existencial del hombre ha existido desde que éste intentó descifrar la espesa niebla de tantos por qué que le amedrentaban, y existirá mientras continúen vagando por el aire preguntas sin una respuesta fija.

El ensayo “The problem of truth in San Manuel Bueno, mártir”, del Catedrático C.A. Longhurst, propone que ‘la verdad’, como concepto filosófico en esta novela, no es un rango terminante e ideal, al decir hegeliano, sino más bien es el reflejo de la reconstrucción de ‘la verdad’ a través de la consciencia.

Para el filósofo Kant, la percepción de ‘la verdad’ viene determinada individualmente, ya que ésta como categoría absoluta no existe. En esta novela, la realidad está condicionada en diferentes niveles: el pueblo como unidad anónima, o masa; Ángela, Lázaro y Manuel, en un nivel; y el propio autor, en otro.

Pocos días antes de su muerte, Unamuno, en una entrevista concedida al escritor griego Nikos Kazantzaki, expresa: “El rostro de la verdad es terrible. ¿Cuál es nuestro deber? Ocultar la verdad al pueblo. El Antiguo Testamento dice: «El que mire a Dios a la cara, morirá». Él mismo Moisés no pudo mirarlo a la cara. Lo vio por detrás, y solamente el faldón de su vestido. Así es la vida. Engañar, engañar al pueblo para que el miserable tenga la fuerza y el gusto de vivir. Si supiera la verdad, ya no podría, ya no querría vivir. El pueblo tiene necesidad de mitos, de ilusiones; el pueblo tiene necesidad de ser engañado. Esto es lo que lo sostiene en la vida. Justamente acabo de escribir un libro – dice refiriéndose a San Manuel Bueno, mártir – sobre este asunto”.

martes, 15 de junio de 2010

José Olallo Valdés: primer santo cubano


Por Leonardo Venta

Fray. Orlando Barrios Otero, ex Superior de la Comunidad de los Hermanos de San Juan de Dios de la Orden Hospitalaria de la Clínica San Rafael en el Distrito Federal de México, fue quien nos informó primero en una de sus visitas a Florida sobre la decisión del Vaticano de autorizar la beatificación del Fraile cubano José Olallo Valdés de dicha Orden.

Con motivos de la celebración del centenario de la muerte del Padre Olallo, en marzo de 1989, un grupo de laicos, junto al obispo de Camagüey, Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera, y hermanos de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en Cuba, manifestaron su deseo de llevar a cabo el Proceso de Canonización del Padre Olallo; también ansiaban que se volviera a establecer en esa provincia una comunidad juanina.

En marzo de 1990, se abrió el Proceso Canónico Diocesano y, un año después, se dio a conocer la Promulgación del Decreto de Aprobación por parte de la Congregación para la Causa de los Santos. Asimismo, se abrió nuevamente en la ciudad de Camagüey el Hogar de Ancianos “Padre Olallo”, al cuidado de los hermanos hospitalarios.

Con las buenas nuevas "se aprobó el milagro atribuido" al Padre Olallo y se inició la organización de la ceremonia de beatificación en la ciudad de Camagüey. Éste es el primer beato para la Iglesia Católica cubana, a quien se le atribuye, según la Iglesia, "la curación de la niña Danielita Cabrera Ramos".

Olallo Valdés nació el 12 de febrero de 1820. Un mes más tarde fue depositado en la Casa-Cuna de San José de La Habana, donde el 15 de marzo del mismo año fue bautizado.

A los 15 años de edad ingresó en la Orden de San Juan de Dios. Después de consumar los votos perpetuos, se trasladó a Camaguey (antiguo Puerto Príncipe) para asistir a los afectados por el cólera morbo durante la epidemia de 1835, quedándose después como enfermero en el hospital.

Durante 54 años, con el carisma de la piedad y la misericordia, atendió a pobres y enfermos, hasta el 7 de marzo de 1889, fecha de su muerte, un día antes del aniversario del nacimiento de San Juan de Dios, su Padre fundador. En la ciudad de Camagüey, donde desarrolló toda su obra hospitalaria, fue elevado a los altares a principios de noviembre de 2008.

Una de las historias que más lo vinculan con esta ciudad es aquella que narra cómo rescató el cadáver del General Ignacio Agramonte y Loynaz. Se narra que con su propio pañuelo limpió el rostro ensangrentado del héroe ante la mirada estupefacta de los militares españoles.

Así evoca Juan Torres Lasqueti, bienhechor del hospital por ese tiempo, el espíritu del Siervo de Dios: “De carácter bondadoso, dulce y afable por naturaleza, y de verdadera vocación para el desempeño de sus funciones hospitalarias, vive exclusivamente dedicado al cumplimiento de la fatigosa tarea de enfermero mayor, que no descuida ni de día ni de noche, sin dejar por eso de atender, curar y proporcionar hilas y medicinas a cuantos enfermos pobres y necesitados acudan a su celda en solicitud de sus auxilios (…)”.

Fray. Orlando Barrios Otero, por su parte, afirma: “Esta ha sido una gran noticia para los naturales de Cuba, nos hace sentir bendecidos por Dios, y más aun, ya que perteneció a nuestra Orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Siguiendo los pasos de Nuestro Padre fundador, se entregó por completo a favor de los más pobres y necesitados, cubriendo las necesidades de los enfermos que en aquellos tiempos acudían a él”.