La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

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martes, 31 de enero de 2017

Bartolomé de las Casas, desde una perspectiva martiana

"Fray Bartolomé de las Casas" (1875), óleo sobre tela del artista mexicano Félix Parra
Leonardo Venta

“No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre de las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color…”, así describe al fraile dominico la poética prosa martiana en La Edad de Oro".
Fueron sólo cuatro las tiradas de esta revista para niños, publicada en Nueva York, desde julio hasta octubre de 1889.  Sobre el Padre de las Casas expresa Martí en dicha publicación, como quien se refiere a las virtudes que acompañan a su propio desamparo: "El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque estará siempre solo, pero con alegría de obrar bien que se parece al cielo de la mañana en la claridad".
Expone a continuación que "parecía como si tuviera un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso de la Destrucción de las Indias, los horrores que vio en las Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se le encendía los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa, con la cara llena de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a los indios".
El noble fraile sevillano, sin ser todavía clérigo, tenía poco más de 20 años cuando se embarcó por primera vez para La Española en la flota del nuevo gobernador Nicolás de Ovando. "Decían los marineros que era grande su saber para un mozo de 24 años", expone Martí. Luego, iba y venía de Europa a América sin temerle a las encrespadas olas que desafían el oceánico abismo que separa los dos continentes. "Seis veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que 'no probaba carne'. Ni al rey le tenía miedo, ni a la tempestad. Se iba a cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se estaba el día en el puente, apuntando sus razones en papel de hilo", refiere el texto martiano.
El Padre de los derechos humanos, como se le ha calificado, conservó la imagen de aquellos siete amerindios que acompañaron a Cristóbal Colón el 31 de marzo de 1493 en Sevilla, como humilladas piezas de estrenado museo de holocausto, "los cuales yo vide en Sevilla y posaban junto al arco que se dice de las imágenes, situado junto a la iglesia de San Nicolás. Llevó papagayos verdes, muy hermosos y coloreados y guaizas, que eran unas carátulas hechas de pedrería de huesos de pescado".
De las Casas experimentó la imperiosa necesidad de proteger a los aborígenes. Se dedicó a denunciar los abusos que perpetraban los conquistadores en América. “Y si el rey en persona le arrugaba las cejas, como para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el puño el sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda a los hombres ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar, no los puede mandar, y que lo había de oír en paz, porque él no venía con manchas de oro en el vestido blanco, ni traía más defensa que la cruz”, comenta el conmovedor texto de Martí.
“Era flaco, y de nariz muy larga –apunta el Apóstol cubano, refiriéndose al fraile español–, y la ropa se le caía del cuerpo, y no tenía más poder que el de su corazón; pero de casa en casa andaba echando en cara a los encomenderos la muerte de los indios de las encomiendas…”.
De las Casas conoció y amó al nativo de La Española; al oriundo cubano y puertorriqueño; al de la costa de Paria, en la parte oriental de Venezuela. Estuvo en Panamá, Nicaragua y Guatemala. Fue insigne obispo del Chiapas mexicano, donde se instaló "a llorar con los indios; pero no sólo a llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence a los pícaros, sino a acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia a los españoles que no cumplían con la ley nueva que mandaba poner libres a los indios, a hablar en los consejos del ayuntamiento, con discursos que eran a la vez tiernos y terribles, y dejaban a los encomenderos atrevidos como los árboles cuando ha pasado el vendabal".
Sintió la opresión del “otro” como suya propia, y no “bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni de llamar crimen a lo que era, ni de contar en su 'Descripción' las 'crueldades', para que el rey mandara al menos que no fuesen tantas, por la vergüenza de que las supiera el mundo”, puntualiza el brillante representante del modernismo.
El pensador cubano hilvana razones que evidencian la forma en que hombre justos, como el religioso sevillano, son habitualmente percibidos, "porque los hombres suelen admirar al virtuoso mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias; pero en cuanto se les pone en su camino, bajan los ojos al verlo pasar, o dicen maldades de él, o dejan que otros las digan, o lo saludan a medio sombrero, y le van clavando la puñalada en la sombra".  
Fray Bartolomé de Las Casas vivió sus últimos años en Madrid. “Casi a escondidas tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los encomenderos lo querían matar”, añade el texto martiano. El 17 de julio de 1566 falleció en el convento de Nuestra Señora de Atocha en la capital española. “Él se fue a su convento, a pelear, a defender, a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa años”, concluye el hermoso y edificante texto.

domingo, 29 de enero de 2017

En el 164 aniversario del natalicio de José Martí

“Retrato de José Martí”, óleo sobre lienzo a tamaño real, obra de Raúl García Huerta y sus alumnos, donado al Centro Histórico Cultural Cubano de Tampa, el 19 de mayo de 1991


Por Leonardo Venta

No hay nada que complazca más a la virtud que pronunciar, con imperiosa insistencia, el nombre de José Martí. Cada año, alrededor de esta fecha, lo proclama asido al anhelo de "admirar y hacer admirar" su humilde grandeza. Este 28 de enero de 2017 en el 164 aniversario de su natalicio no será la excepción.
            Todo lo que se diga sobre Martí corre el riesgo de convertirse en expresión repetida, pues por más de un siglo un holgado inventario de publicaciones y merecidos elogios acicalan su memoria. Si bien, para aquellos que saben atesorar el recto modo de proceder y la genialidad en su esencia más universal, el sentir martiano se renueva de día en día.
            En marzo de 1870, con sólo 17 años de edad, fue condenado a seis años de trabajos forzados por haber escrito una carta reprobando la conducta anticubana de un compañero de estudios. Este hecho definió su vía crucis hasta la muerte en Dos Ríos, a la edad de 42 años.
            “Cuando muere lo hace en una batalla para despedirse con misterio y hoy que le celebramos la aparición, rindiéndole las gracias, seguimos tocándolo y reconociéndolo despacio para justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”, afirma el otro José cubano: Lezama Lima.
            Sacrificó su bienestar y el de su familia, así como la continuidad y atención de su carrera literaria por amor a la libertad. No obstante, su prosa diáfana, aguda, y su verso elfo asidos a la justicia, a la verdad y al amor trazaron la brecha del movimiento modernista en la América española.
            No fue un escritor de torre de marfil sino un sagrario de abnegación. La estética de su obra no responde a una voluntad de estilo planeada, tal como lo confiesa en el prólogo a su Ismaelillo, dedicado a su hijo José Francisco: “Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte”.
            Sus dotes de oratoria –como certifica su coterráneo Manuel de la Cruz: “… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”– hinchieron el patriótico espacio del Liceo Cubano en su primera visita a Tampa, el 26 de noviembre de 1891, al pronunciar el discurso “Con todos y para el bien de todos”. 
            Allí propone “la fórmula del amor triunfante, alrededor de la estrella de la bandera nueva”, y enardece el ánimo de sus compatriotas hasta el arrebato cuando proclama: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra [cubano], ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza!”.
            En el mismo Liceo, pronuncia al siguiente día otro ferviente discurso, "Los Pinos Nuevos”, en una velada en memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana colonial, el 27 de noviembre de 1871. “Lo que anhelamos es decir aquí con qué amor entrañable, un amor como purificado y angélico, queremos a aquellas criaturas que el decoro levantó de un rayo hasta la sublimidad, y cayeron, por la ley del sacrificio”, afirma en su panegírico.
            Clareó y cortejó, aun tratándose de los siempre apremiantes artículos periodísticos, la sensible elegancia del lenguaje en su espiración más pura. Desde sus primeros bostezos hasta la carta inconclusa a Manuel Mercado, que precediera su desaparición física, toda su obra es un derroche de lirismo, humilde franca probidad y primoroso desbordamiento de talento.
             Evocar a Martí es palpar el costado más sublime de las entrañas humanas, la entereza y la excelencia; saciar –trémulo hasta las lágrimas– "el hambre y sed de justicia" presentes en el espíritu del sermón de las bienaventuranzas, paradigma de una existencia consagrada al mejoramiento humano, al extremo de inmolarse por esa causa.

domingo, 1 de febrero de 2015

José Martí, el escritor


Por Leonardo Venta

Escritor, poeta, dramaturgo, orador, periodista, pedagogo, embajador, filósofo, visionario, patriota… José Martí clareó y cortejó la inefable sensible conmovedora elegancia de la forma natural del lenguaje al blandir la esencia que funde a la belleza con la virtud en sus espiraciones más genuinas. Toda la producción martiana, desde sus primeros soplos hasta sus apuntes en el Diario que precediera su desaparición física, es un derroche de lirismo, de humilde franca integridad y primoroso desbordante genio.

      Leer a Martí es palpar el costado más sublime y entrañable del ser humano, humedecer con conmovidas lágrimas las páginas leídas sin dejar vestigios de arrepentimiento. Leerlo es igualmente transitar los más pulcros corredores de la perfección literaria bajo el aliento de una existencia insistentemente consagrada al mejoramiento humano. Es saborear la sencillez que nada tiene que ver con la llaneza. Es absorberse en el llanto de su “maniatada” Cuba; abrirse paso por las salas de las grandes exhibiciones neoyorquinas, con sus “relampagueantes” Renoir; con un Seurat, “bajo el sol del cenit”; los “orgiacos” Monet; y envolvernos en la capa oscura de Goya, bajar envueltos en ella “a las entrañas del ser humano”, burlando la Inquisición, la sordera y la locura del artista,  “y con los colores de [las entrañas de la tierra] contar el viaje a su vuelta”.  Leer a Martí es ennoblecer la memoria de la hermosa y tierna niña guatemalteca –María Josefa Granados– para depositar un ósculo de eternidad poética sobre su trémula frente.

      Su genio y probidad como escritor y orador emulan. Sus cualidades en la oratoria las certifica su coterráneo y contemporáneo Manuel de la Cruz (1861-1896), “… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”. Martí, arquetipo de Cristo para los cubanos, expresó en cierta ocasión: "Sólo va al alma, lo que sale del alma". Su epistolario –del que Rubén Darío asegurara que hubiese bastado para su segura inmortalidad– denota la intensidad y pureza del hombre, patriota y escritor, incluso en momentos de incertidumbre. La misiva a su madre, el 5 de mayo de 1894, así lo atestigua: “Mi porvenir es como la luz del carbón blanco, que se quema él, para iluminar alrededor. Siento que jamás acabarán mis luchas. El hombre íntimo está muerto y fuera de toda resurrección, que sería el hogar franco y para mi imposible, adonde esta la única dicha humana, o la raíz de todas las dichas. Pero el hombre vigilante y compasivo está aún vivo en mí, como un esqueleto que se hubiese salido de su sepultura; y sé que no le esperan más que combates y dolores en la contienda de los hombres, a que es preciso entrar para consolarlos y mejorarlos”.

      No nos cansamos de citar al gran crítico martiano Ivan A. Schulman, cuando establece que “raras son las figuras literarias cuya excelencia artística corra pareja con una intachable complexión moral y cuyas cualidades personales, lo mismo que su producción literaria, sean fuente perenne de inspiración. La manifestación de este raro conjunto de características en [José Martí] constituye una justificación más –si es que alguna se necesitaba realmente– de la universal reverencia que se le ha tributado”.

      El Martí redentor sacrificó su dicha personal y la de su familia, así como la continuidad y depuración de su producción literaria para consagrarse a libertar la sojuzgada patria. No fue un escritor de torre de marfil, almidonado, sino un sagrario del amor. Su obra no refleja un estilo planeado, tal como lo confiesa en el prólogo a su Ismaelillo, sin duda el primer ósculo lírico del Modernismo a Hispanoamérica: “Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos han pasado por mi corazón. ¡Lleguen al tuyo!”.

      Personalidades literarias, entre ellas, Juan Ramón Jiménez, Ricardo Gullón, Ivan A. Schulman, Federico de Onís, lo señalan iniciador más que precursor –como erróneamente ha sido restringido su radio creativo–  de los rasgos más relevantes del sistema estético del Modernismo. La prosa poética martiana constituye –especialmente durante el período de 1877 a 1882– una de las máximas aportaciones a ese –el primer– movimiento literario hispanoamericano. Si tenéis dudas, leer su única novela, Amistad funesta o Lucía Jerez. En la misma, manchas, luces y sombras, captan lo físico para brindarle una connotación sensorial que tiene mucho de cuadro impresionista: “Y allá, en la  penumbra del corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de su brazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en la frente de él, vasta y blanca, parecía que se abría una rosa de plata: y de la de Lucía se veían sólo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes, como dos amenazas”. ¡Cuán hermosa prosa!  Un reto literario al mejor de los pinceles.

      El lirismo martiano influyó decisivamente en Darío. Juan Ramón no titubeó en señalar dicha influencia: “… Martí vive (prosa y verso) en Darío, que reconoció con nobleza, desde el primer instante, el legado. Lo que le dio me asombra hoy que he leído a los dos enteramente. ¡Y qué bien dado y recibido!”. Puede leerse un acertado análisis sobre el tema en Iniciación de Rubén Darío en el culto a Martí: Resonancias de la prosa Martiana en la de Darío, de Manuel Pedro González; y en Breve historia del modernismo, de Max Henríquez Ureña. Además, el estudio “Poética y estilo de José Martí”, de A. Roggiano, demuestra cómo las institutoras ideas martianas componen la esencia de la estética modernista.

      En una publicación mexicana, Martí expresó en 1876: “Es ley que ya termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se parezcan a los otros…”. En 1881, propone Martí en su “Revista Venezolana”, en lo que constituye un manifiesto estético de su estilo, identificado con la originalidad y la armonía en la forma y el contenido del Modernismo: “La frase tiene sus lujos, como el vestido… es fuerza que se abra paso esta verdad acerca del estilo: el escritor ha de pintar como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores y el otro no”. Añade Martí en dicho texto: “Se habla hoy un dialecto poético, del que creo bueno ir saliendo, porque sofoca y desluce la poesía. La poesía ha de estar en el pensamiento y en la forma”.

      Pedro Salinas, ilustre miembro de la Generación del 27, en su libro La poesía de Rubén Darío, afirma refiriéndose al autor de Azul “...nunca le interesó el activismo político”. Lo expuesto por Salinas explica cómo pudo dar a conocer por doquier la nueva escuela poética; en contraste, el creador del Ismaelillo afirmamos, consagrado a sus deberes patrios, enfrentó grandes obstáculos al cultivo de su vocación literaria. El misterio de la grandeza de José Martí como escritor radica, según Juan Marinello, “en aquella pugna agonal de clamores y relámpagos en que bracea siempre el hombre apostólico”.

martes, 28 de enero de 2014

José Martí, otro onomástico


José Martí junto a su hijo José Francisco Martí Zayas-Bazán, el cual le inspiró el hermoso poemario Ismaelillo (1882), con el que se inicia el Modernismo en Hispanoamérica.
 Por Leonardo Venta

“Raras son las figuras literarias cuya excelencia artística corra pareja con una intachable complexión moral y cuyas cualidades personales, lo mismo que su producción literaria, sean fuente perenne de inspiración. La manifestación de este raro conjunto de características en [José Martí] constituye una justificación más – si es que alguna se necesitaba realmente – de la universal reverencia que se le ha tributado”.
Ivan A. Schulman

Cada 28 de enero se le recuerda entre los cubanos y los amantes de la grandeza literaria y las purificadoras virtudes. Este 2014, en el 161 aniversario de su natalicio, le honramos con la discreción de quien se reconoce insuficiente ante tanto derroche de buenas cualidades. No existe individuo amante de la justicia y la dignidad que no se conmueva al pronunciar el nombre de José Martí ni deje de reverenciar – en su más entrañable santuario – su memoria.

Martí brindó un nuevo perfil literario al idioma castellano: alboreó y arrulló, aun tratándose de artículos periodísticos, la inefable sensible conmovedora elegancia de la forma natural del lenguaje al fundirla con la esencia que acompaña a la belleza en su espiración más pura. Toda la producción martiana, desde sus primeros bostezos hasta el diario que precediera su desaparición física, es un derroche de lirismo, de humilde franca probidad, y primoroso desbordamiento de talento.

Leer a Martí es palpar el costado más sublime de las entrañas humanas, dejar escapar enternecidas restauradoras lágrimas sobre lo leído sin dejar vestigios de arrepentido rubor. Leerlo es igualmente transitar los más pulcros y acabados corredores de la perfección literaria bajo el fulgor de una vida insistentemente consagrada al mejoramiento humano.

Si la frase “El arte es azul”, de Víctor Hugo, inspiró el Azul dariano, donde el propio bardo centroamericano se autoproclama iniciador del Modernismo; ya hacía seis años las “guedejas rubias” del travieso duendecillo martiano reposaban sobre la “almohada de rosas” de su Ismaelillo, un poemario que un estudioso de la talla de Pedro Henríquez Ureña calificara de iniciador del Modernismo en la lírica de la América española.

Es, a su vez, el poeta que rescata a su amorosa niña guatemalteca – María Josefa, hija del General Miguel García Granados (entonces presidente de Guatemala) y de Cristina Savorio García – para regalarle un hálito de eternidad poética.

Todo lo que se diga sobre Martí corre el riesgo de convertirse en expresión repetida, pues por cerca de dos siglos un holgado inventario de calificativos y oficios nada artificiosamente inflados le adornan: escritor, orador, periodista, pedagogo, embajador, filósofo, dramaturgo, incluso redentor…pues redimir – sacar de la esclavitud al cautivo pagando un precio – fue lo que él hizo al inmolarse por Cuba.

Sus cualidades como orador las certifica su coterráneo y contemporáneo Manuel de la Cruz (1861-1896), “… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”, Martí llegó a Tampa la medianoche del 25 de noviembre de 1891, y el 26 pronunciaba en el Liceo Cubano el discurso “Con todos y para el bien de todos”. En el mismo Liceo, pronuncia al siguiente día el discurso "Los Pinos Nuevos”, en una vehemente velada en memoria de los ocho estudiantes de medicina vilmente fusilados en La Habana, el 27 de noviembre de 1871.

Desde Santo Domingo, José Martí partió hacia la sufrida y maniatada Cuba. Pocos días antes de su partida, y menos de dos meses antes de su muerte, Martí le escribía a su madre: “Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil”.

Ya en tierra cubana, el 18 de mayo de 1895, en una carta inconclusa a su amigo mexicano Manuel Mercado – la última que escribió – desde la finca La Vuelta Grande, a la orilla del río Contramaestre, cerca de la confluencia con el Cauto, en un término conocido como Boca de Dos Ríos, Martí afirmaba, como intuyendo su final: “…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi patria y por mi deber”.

El 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, José Martí ofrenda su sangre redentora por la libertad de Cuba. Allí perece durante una escaramuza frente a las tropas españolas. “Cuando muere [Martí] – declara José Lezama Lima – lo hace en una batalla para despedirse con misterio y hoy que le celebramos la aparición, rindiéndole las gracias, seguimos tocándolo y reconociéndolo despacio para justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”.

domingo, 24 de febrero de 2013

José Martí, el modernista

“Retrato de José Martí”, óleo sobre lienzo a tamaño real, obra de Raúl García Huerta y sus alumnos, donado al Centro Histórico Cultural Cubano de Tampa, el 19 de mayo de 1991
Por Leonardo Venta

“¡Oh, Cuba! ¡Eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no dar paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien veces bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía; pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros; pertenecía al porvenir!”.
Rubén Darío

Cada año, alrededor del 28 de enero, se le nombra y se le lee sin menguar la admiración que despierta su grandeza literaria y múltiples virtudes. Este 2013, en el 160 aniversario de su natalicio, no hay excepciones. El legado de José Martí sigue vigente.

Todo lo que se diga sobre el Apóstol de Cuba resulta poco para detallar su grandeza como escritor, orador, periodista, pedagogo, embajador, filósofo, dramaturgo, patriota, abogado, hombre. En marzo de 1870, con sólo 17 años de edad, fue condenado a seis años de trabajos forzados por haber escrito una carta reprobando la conducta anticubana de un compañero de estudios.

Este hecho definió su vía crucis hasta la muerte en Dos Ríos a la edad de 42 años. “Cuando muere lo hace en una batalla para despedirse con misterio y hoy que le celebramos la aparición, rindiéndole las gracias, seguimos tocándolo y reconociéndolo despacio para justificar el surgimiento de su germen, como si lo igualáramos a la semilla que necesita de su tierra”, afirma el otro José cubano universal: Lezama Lima.

El Martí redentor sacrificó su dicha personal y la de su familia, sus comodidades, bienes materiales, así como la continuidad y depuración de su creación literaria por amor a la libertad. No fue un escritor de torre de marfil, almidonado, sino un sagrario de amor. La belleza de la obra martiana no responde a una voluntad de estilo planeada, tal como lo confiesa en el prólogo a su Ismaelillo, dedicado a su hijo José Francisco, que entonces tenía tres años: “Tal como aquí te pinto, tal te han visto mis ojos. Con esos arreos de gala te me has aparecido. Cuando he cesado de verte en una forma, he cesado de pintarte. Esos riachuelos han pasado por mi corazón. ¡Lleguen al tuyo!”.

Prestigiosos literatos, entre ellos, Juan Ramón Jiménez, Ricardo Gullón, Ivan A. Schulman, Federico de Onís, lo señalan iniciador más que precursor de los rasgos más relevantes de lo que posteriormente iba a constituir el sistema estético del Modernismo. La prosa poética martiana constituye – especialmente durante el período de 1877 a 1882 – una de las máximas aportaciones a ese – el primer – movimiento literario hispanoamericano.

 Su lirismo sedujo e influyó decisivamente en Darío. Juan Ramón no titubea al señalar la presencia martiana en el poeta nicaragüense: “…Martí vive (prosa y verso) en Darío, que reconoció con nobleza, desde el primer instante, el legado. Lo que le dio me asombra hoy que he leído a los dos enteramente. ¡Y qué bien dado y recibido!”. Puede leerse un acertado análisis sobre el tema en Iniciación de Rubén Darío en el culto a Martí: Resonancias de la prosa Martiana en la de Darío, de Manuel Pedro González; y en Breve historia del modernismo, de Max Henríquez Ureña. Además, el estudio “Poética y estilo de José Martí”, de A. Roggiano, demuestra cómo las institutoras ideas de Martí fueron luego incorporadas a la esencia de la estética modernista.

En una publicación mexicana, Martí expresó en 1876: “Es ley que ya termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se parezcan a los otros…”. En su “Revista Venezolana”, expresa en 1881: “La frase tiene sus lujos, como el vestido… es fuerza que se abra paso esta verdad acerca del estilo: el escritor ha de pintar como el pintor. No hay razón para que el uno use de diversos colores y el otro no”. El texto – escrito para la publicación quincenal fundada por el Apóstol cubano durante su breve estancia en tierra de Bolívar – es un manifiesto estético del estilo martiano, el cual coincide cabalmente con la esencia modernista, en su búsqueda de la originalidad y la armonía en la forma y el contenido. “Se habla hoy un dialecto poético, del que creo bueno ir saliendo, porque sofoca y desluce la poesía. La poesía ha de estar en el pensamiento y en la forma”, afirma Martí.

Si la frase “El arte es azul”, de Víctor Hugo, inspiró el Azul dariano, donde el propio bardo centroamericano se autoproclama iniciador del Modernismo; seis años antes, el Ismael bíblico ya reposaba sus “guedejas rubias” sobre la “almohada de rosas” del Ismaelillo martiano, en un poemario que un pensador de la magnitud de Pedro Henríquez Ureña calificara iniciador del Modernismo en la lírica americana.

Si bien existe una generalizada polémica sobre la paternidad de este movimiento literario, no procuramos medir fuerzas, mucho menos ajustar cuentas, entre dos titanes de las letras hispanoamericanas; hacerlo sería traicionarlos, traicionarnos, desairar la memoria de aquel único encuentro en el neoyorquino Hardman Hall, donde el genio de Prosas Profanas, entre los brazos del diminuto ciclópeo poeta-héroe antillano, le escuchó decirle: ¡hijo!

Pedro Salinas, en su libro La poesía de Rubén Darío, afirma que al autor de Azul “... nunca le interesó el activismo político”. Lo cual explica cómo pudo dar a conocer por doquier la nueva escuela poética; mientras el autor del Ismaelillo, consagrado a sus deberes con la patria, enfrentó grandes obstáculos para explayar su vocación literaria. El misterio de la grandeza de José Martí como escritor radica, según Juan Marinello, “en aquella pugna agonal de clamores y relámpagos en que bracea siempre el hombre apostólico”. Como necesario colofón a este rastro martiano, valga deleitarnos en el iluminado rumor de su propia lira: “Mi verso crecerá: bajo la yerba / Yo también creceré”.


viernes, 3 de febrero de 2012

El Martí que renace


Parque "Amigos de José Martí" en Ybor City, Florida, Estados Unidos

Por Leonardo Venta

No hay nada que emocione más a la virtud que el escuchar cuando alguien pronuncia el nombre de José Martí con merecida admiración. Cada año, alrededor de esta fecha, se le nombra y se le lee sin menguar su verdor de “novias palmas que esperan” en amoroso gesto de suspiro de patria. Este 28 de enero de 2012, en el 159 aniversario de su natalicio, no hay excepciones.

El “Parque Amigos de José Martí”, en la ciudad de Ybor, ostenta en el centro una estatua erigida a él, la cual parece elevarse sobre el pedestal para remontarse al firmamento. Ese monumento no está allí por azar, y es que Martí, quien vivió prolíficamente en Estados Unidos los últimos 15 años en sus algo más de cuatro décadas de existencia, encontró refugio en el hogar del matrimonio Pedroso, ubicado en el terreno en que hoy se encuentra este oasis cubano.

Todo lo que se diga sobre Martí corre el riesgo de convertirse en expresión repetida, pues por más de un siglo un holgado inventario de calificativos y oficios nada inflados le adornan: escritor, orador, periodista, pedagogo, embajador, filósofo, dramaturgo, incluso redentor…pues redimir, sacar de esclavitud al cautivo pagando un precio, fue lo que él hizo al inmolarse por Cuba.

Excepcional orador, como lo certifica su coterráneo y contemporáneo Manuel de la Cruz (1861-1896),
“… según los que le oían habitualmente, pocos oradores han dado a su palabra el tono, el calor y la fuerza que imprimía a sus discursos”, llegó por primera vez a Tampa la medianoche del 25 de noviembre de 1891, y el 26 pronunciaba en el Liceo Cubano el discurso “Con todos y para el bien de todos”.

Allí propone “la fórmula del amor triunfante, alrededor de la estrella de la bandera nueva”, y enardece el ánimo de sus compatriotas hasta el arrebato cuando proclama: “¡Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra [cubano], ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se la pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza!”

En el mismo Liceo, Martí pronuncia al siguiente día otro ferviente discurso, "Los Pinos Nuevos”, en una velada en memoria de los ocho estudiantes de medicina fusilados en La Habana colonial, el 27 de noviembre de 1871: “Lo que anhelamos es decir aquí con qué amor entrañable, un amor como purificado y angélico, queremos a aquellas criaturas que el decoro levantó de un rayo hasta la sublimidad, y cayeron, por la ley del sacrificio”.

Como escritor, su consagración al sacrificio no impidió que su prosa diáfana, aguda, y su verso elfo, asidos a la justicia, a la verdad y al amor, trazaran la brecha del movimiento modernista en la América española. Rubén Darío, considerado el fundador de dicho movimiento – generalización, a mi juicio, cuestionable – llamó a Martí padre, y lo incluyó en su libro Los Raros. En la primera edición de este texto, publicada en 1886, donde Darío incluye semblanzas de autores por los que sentía gran admiración, especialmente los simbolistas franceses, sólo incluye dos autores hispanoamericanos: Augusto de Armas, poeta cubano residente en París que escribió casi la totalidad de su obra en francés, y José Martí.

Sírvanos de colofón a esta semblanza-conmemorativa, pues sintetiza nuestro sentir, las palabras del investigador literario estadounidense Ivan A. Schulman: “Raras son las figuras literarias cuya excelencia artística corra pareja con una intachable complexión moral y cuyas cualidades personales, lo mismo que su producción literaria, sean fuente perenne de inspiración. La manifestación de este raro conjunto de características en [él] constituye una justificación más – si es que alguna se necesitaba realmente – de la universal reverencia que se le ha tributado”.



Nota: El narrador de este video comete un error al llamar a Ruperto Pedroso, Roberto. La pinareña Paulina Hernández Hernández desde joven se estableció en Florida, donde contrajo nupcias con Ruperto, de quien, a la usanza estadounidense, tomó el apellido Pedroso. Ruperto trabajaba como tabaquero en Tampa. Allí Martí y Ruperto iniciaron una amistad perdurable. La casa de los Pedroso era el lugar donde pernoctaba Martí siempre que visitaba Tampa. Se dice que cuando se encontraba allí, una bandera cubana ondeaba en el frente y a altas horas de la noche podía verse la luz de su ventana todavía encendida.

jueves, 2 de febrero de 2012

¿Los zapaticos caminaron por Cojímar?


Por Alex Pérez Pozo


Cojímar es un pueblo que nunca tuvo un acto o ceremonia de fundación. Sus espacios, que evocan a la naturaleza con paisajes afrodisíacos, de vez en cuando son escondidos tras la urbanización que hoy impera en sus terrenos y arrebata la historia oculta entre sus muros.

Como mismo Santiago no se rindió ante su desafío en El viejo y el mar, las leyendas de este pueblo, que en sus inicios fue de negros libres e indios errantes, luchan contra el tiempo y el abandono de sus pobladores, porque sus construcciones e historias se están quedando a la deriva, y permanecen solo en los recuerdos de algunos de sus habitantes.

Pero la notoriedad de Cojímar no comenzó cuando Hemingway utilizó este pueblo como escenario de su novela, sino desde mucho antes: se remonta a la época en que los capitanes generales venían a veranear a sus casas, o desde la época en que supuestamente el Apóstol pudo haber visitado sus playas y haberse inspirado para su poema Los zapaticos de rosa en el escenario que allí vio.

Vigencia de contradicciones

A pesar de la hipótesis planteada en 1984 por el cubano Oscar Fernández de la Vega, gran historiador y estudioso de la obra martiana, en su libro La barranca de todos II, aún no existe consenso acerca del verdadero lugar que inspiró al Apóstol a escribir este poema.

De la Vega plantea que Los zapaticos… está inspirado, al menos su escenario, en las playas de Nueva York, Nueva Jersey y Rhode Island. Demuestra que en aquella época eran muy concurridas por la alta aristocracia, excepto Bath Beach, en Nueva Jersey, lugar donde José Martí vivió durante un tiempo.

Según de la Vega, la calle del laurel, por la que anduvieron Pilar y su madre, no es más que «una vía reflejada en —The Marquand Cottage— un dibujo de Mr. Hunt».1 Esta obra ilustra una mansión famosa con una gran arboleda en su jardín, donde «se levanta un árbol que podría ser un laurel, por lo menos en la mente del poeta… percepción inmediata, no impresión evocada esta vez»,2 sostuvo el investigador.

Otro reconocido historiador cubano, Leopoldo Barroso, citado y refutado por De la Vega en La barranca…, al referirse a Cojímar resalta: «por allá había un camino de laureles, casas con jardines y cocheras, diferencia entre el color de las arenas, y al parecer, un resto de barranca».3

Según se recoge en la memoria popular y como se muestra en varios mapas topográficos, la única carretera existente desde Guanabacoa hasta Cojímar, estaba amurallada por árboles que, ante la sensibilidad perceptiva del héroe, debieron resultar impresionantes. Eran arboledas con filas de laureles que durante la época pasada sirvieron como símbolo de la vía para nombrarla.

Pero este no es el único indicio que tienen en cuenta los historiadores que consideran probable la presencia de Martí en Cojímar. Oscar Fernández de la Vega hace referencia en La barranca de todos II a la hipótesis planteada por Barroso, quien en su texto Guanabacoa libre expone que «el poema evoca los momentos vividos en el año 1869, cuando su padre era el celador del barrio de la Cruz Verde, en Guanabacoa».4

Una nueva posibilidad

Algunos miembros de la Asociación Nacional de Historiadores de Cuba (ANHIC) de Cojímar, representados por Alejandro Pérez Núñez, llevan a cabo una investigación sobre este tema como parte del proyecto comunitario Huellas sobre el mar, el cual ha planteado entre sus hipótesis que el Apóstol se hospedó en Cojímar, en una de las casas de veraneo de Miguel F. Viondi, entre 1878 y el verano de 1879. Este lugar se encontraba frente a los baños de doña Pilar Samohano, dueña de los Helados de París y el Hotel Telégrafo, en la famosa acera del Louvre de La Habana.

Durante los primeros meses de vida de José Francisco Martí, su padre trabajaba como pasante en el bufete de don Miguel F. Viondi y Vera, prestigioso abogado de la época y dueño de casas de veraneo en Cojímar, con el cual el Apóstol estableció una amistad muy cercana. Este señor fue el único que le ofreció empleo tras su arribo desde Guatemala el 31 de agosto de 1878.

Viondi era además vicepresidente del Liceo Literario y Artístico de Guanabacoa, del cual Martí fue secretario, y la amistad entre ambos fue de tal magnitud que el Maestro llegó a calificarlo de «ejemplar amigo»,5 en carta fechada el 13 de octubre de 1879, luego de ser deportado por segunda vez hacia España. Asimismo, en otras misivas muestra el aprecio que sentía por este señor con calificativos de igual significado.

El sanatorio

Después de ser indultado por el Gobernador de la Isla en 1871, «Martí es diagnosticado con infecciones pulmonares y sarcoidosis»,6 una enfermedad granulomatosa sistemática.

«Precisamente las playas cojimeras eran las únicas en la época con balnearios privados, porque gozaban de un prestigio, por sus aguas medicinales, desde 1813. Entonces, estas pudieron haber sido visitadas por él cuando estuvo brevemente en Cuba en 1879», comenta Pérez Núñez.

Estos balnearios fueron construidos mucho antes que los primeros baños de La Habana, entre los que se encuentran los famosos Campos Elíseos del Malecón y que datan de 1902. Sin embargo, las costas de Cojímar seguían siendo las predilectas para las personas de la alta aristocracia y los propios capitanes generales durante la etapa veraniega.

Pero, ¿por esas arenas finas de la playa al este de la actual capital habrán caminado los zapaticos de Pilar?

¿Quién era Pilar?

Oscar Fernández de la Vega planteó que la niña que va siempre con su sombrerito de plumas «es María Mantilla»7.

«Sin embargo, durante el tiempo de la posible estancia de Martí en Cojímar, la memoria popular afirma que a los baños cojimeros de doña Pilar concurría María de Boada Sabatés, hija de don Joaquín Boada, quien vivía con grandes comodidades, tenía lujos, coches y aparentemente permanecía cerca de la playa y de las casas del señor Viondi», plantea el investigador Alejandro Pérez Núñez.

Y agrega que «la infante padecía de enfermedades respiratorias, por lo cual su padre invierte en terrenos de Cojímar y le construye la famosa Quinta Boada o Quinta de Pedralves. La influencia de esta familia en el poblado de Cojímar era tan grande que la esposa de don Joaquín decidió donar la imagen de la Virgen de Nuestra Señora del Monte de Carmelo, Virgen del Carmen, a la iglesia de la localidad.

La indagación llevada a cabo por este historiador concluyó que «exactamente del mes de julio de 1879, de acuerdo con los textos consultados en las Obras Completas. Edición Crítica, no existen fuentes documentales (cartas, textos periodísticos, etc.) del Apóstol. Las únicas misivas enviadas durante este tiempo tienen fechas del 12 de junio, y la siguiente del 7 de agosto de 1879. Esto nos hizo preguntarnos si estaría de descanso en Cojímar, devenido sanatorio de enfermedades respiratorias. Este pueblo probablemente fue recomendado por su familia, o por su íntimo amigo don Francisco Viondi, o tal vez por su experiencia personal».

Por otra parte, la investigadora cubana Paula María Luzón Pi considera que «si Martí se refería a “zapaticos de rosa” es porque él identifica este color con la infancia, los niños, todo lo que comprendía a su hermana Lolita, quien muere a los cinco años de angina de pecho mientras él estaba en el presidio».

«Tal vez, como las playas de Cojímar eran consideradas un sanatorio para este tipo de enfermedades y don Mariano Martí era el celador del barrio Cruz Verde en Guanabacoa, a Lolita la trajesen aquí, y por eso es que dedica estos versos al amor en rosa que sentía por ella, destaca el investigador Pérez Núñez.

«También la niña protagonista de este poema puede ser la hija de la baronesa Pilar Samohano, dueña de los famosos baños de mar de Cojímar, a quien muchos llamaban Pilariña. Aun así Mademoiselle Marie, a quien está dedicado este poema, es una incertidumbre para la historia rodeada de suposiciones», agrega.

Con respecto a las personas presentes en la playa, Martí destaca extranjeros en los alrededores. «Y está comprobado que en Cojímar la presencia de foráneos mayormente provenía de España, Asia, otros de Brasil, Estados Unidos, Inglaterra, Irlanda y México, así como de Venezuela, Italia, Francia y Rusia»,8 sostiene Alejandro Pérez.

Los detalles del paraíso

Cuando Martí se encontraba en España, y antes de escribirle a su esposa, le comenta a Viondi, en carta del 13 de octubre de 1879: «…ni escribir quiero mis memorias,—porque hasta las que escribo me hacen falta para calentarme el alma en la soledad (…) nunca olvidaré aquellos días de animado bufete, ni las heridas que usted me curó, ni la fortaleza que usted me reanimó, ni aquella unión entrañable —no en mí perecedera— en que vivimos. Sean para V., como para mí, las obligaciones nuevas de cariño! —Ayer vi un encantador sombrero blanco. Pensé en Julita (hija de Miguel Viondi). Y en mi hijo».9

Para el estudioso Alejandro Pérez «el sombrero blanco pudo ser el que tuvo como referencia para destacar en la niña de Los zapaticos… y así recordar a la hija de su entrañable amigo y a su pequeño José Francisco Martí y Zayas Bazán, quienes, en las etapas de veraneo, probablemente descansaban en las playas de Cojímar.

«Cada detalle escenificado es manifiesto en la vida que tenía, de la experiencia que lo pudo haber acompañado durante las estancias con su hijo, tal vez, antes de partir de Cuba en septiembre de 1879», agrega.

El poema fue publicado en la primera edición de La Edad de Oro en julio de 1889, diez años después de la supuesta estancia de Martí en las playas de Cojímar. Pero en carta a Viondi, con fecha del 18 de noviembre de 1879, el Apóstol le anuncia a su amigo: «reúno cuidadosamente todos esos datos que puedan serme útiles para la obra que desde hace años intento».10

Otros aspectos importantes que menciona pudieran referirse a la topografía de las playas de Cojímar. Sin embargo, Oscar Fernández de la Vega plantea que «el escenario es fruto de la visión de las costas norteamericanas»,11 para reflejar la sociedad de la época.

En el plano topográfico del Cojímar de 1850 y en el de 1919 se trazan elementos de la geografía que resaltan y concuerdan con la descripción hecha en el poema. Una de las propuestas de la hipótesis de Barroso plantea: «Martí y su familia hubiesen visto una puesta de sol desde la playa de Cojímar, con la elevación al oeste que pudo ser “el monte dorado” de la vigésima redondilla».12

En ambos mapas aparece una bahía bordeada por arena, con dos tonos interrumpidos por una sección de rocas y en el medio de la pequeña ensenada se impone un cayito de arenas blancas, El Cocal, como un islote que se comunica con la orilla. Se aprecia la desembocadura de un río en donde antiguamente se sentaban los pobres.

«Esta era la parte de la playa donde se reunían los botes de los viejos pescadores, como mismo lo hacían en las márgenes del cayo, donde las arenas eran más finas y las aguas más saladas», agrega el historiador Pérez Núñez.

Y asimismo, reafirma Barroso en el dibujo para Guanabacoa libre, «la calzada de los laureles queda entre la playa (al este) y un montículo (al oeste) que podía parecer dorado en la puesta de sol observada desde la arena».

«Cuando indica que “Lo alegre es allá, al doblar// En la barranca de todos” puede ser a la derecha de los baños de doña Pilar si nos fijamos en el mapa.13 Porque en ese espacio es donde estaba El Cocal y la orilla de la costa de los pobres, justamente donde está la barranca», afirma Alejandro Pérez.

Un cardinal de referencia

En otra estrofa, Martí menciona a Alberto el militar, quien salió en la procesión, con un tricornio y un bastón echando un bote a la mar. Oscar Fernández de la Vega propone que el soldado «pudo haber sido un militar o ex militar o ciudadano común y corriente, pero disfrazado de alguna de las carnavaladas o desfiles exhibicionistas de New Port, Estados Unidos».14

Para Alejandro Pérez «el tricornio, a pesar de que desapareció tras el fin de la Guerra de la Independencia Española en 1814, es reutilizado por la Guardia Civil en 1844 por orden del Duque de Ahumada. Esta decisión perseguía el realce del uniforme, y en la actualidad es utilizado para las ceremonias, o en determinadas ocasiones, por la Guardia Real. Por lo que existe la posibilidad de que haya sido utilizado también en la primera procesión efectuada en Cojímar».

El 16 de julio de 1879 en este pueblo se celebró uno de los eventos más importantes de la región de Guanabacoa, porque se realizó la primera procesión de la imagen de Nuestra Señora del Monte de Carmelo, debiendo ir custodiada por un militar, quien había de ir con su uniforme de gala; lo que, además, coincidía con las fiestas patronales del poblado.

Allí la imagen de la Virgen era engalanada, en un desfile por la calle que comunicaba a la playa, luego se colocaba en un bote y se mostraba alrededor de la pequeña bahía para bendecirla, porque ella significa la estrella del mar y la protectora de los navegantes.

«Coincidentemente, en Cojímar hay un torreón que servía para defender esta parte de la ciudad de los ataques de corsarios y piratas. Esta fortificación y otras que existieron en las inmediaciones de la costa debieron estar comandadas por militares españoles. Probablemente uno de ellos fue el mismo que custodió a la virgen, utilizó el tricornio en la procesión y luego Martí describió en su poema», considera Alejandro Pérez.

Martí describe una playa que tiene un ambiente de ricos y a uno de los lados había pobres. Contrasta la desigualdad que veía con sus propios ojos. Todo era pura percepción—precisa Alejandro Pérez—, no un escenario compartimentado en varias playas como presupone De la Vega.

«En Cojímar están aunados todos los elementos que él minuciosamente va mencionando en su poema: la calle del laurel, la presencia de extranjeros, el monte dorado, la arena fina, el águila simbólica en sus textos, Pilar, el tricornio, Alberto el militar y la procesión», infiere Pérez Núñez.

Y continúa: «El amor a la Patria que sentía Martí es tan grande que un homenaje de esta magnitud debería ser para las tierras que él defendió y, en Cojímar, son muchas las coincidencias de carácter histórico y geográfico mostradas en los versos, como una especie de reflexión autobiográfica de los acontecimientos que ocurrieron en julio de 1879 en este lugar. Además, cuál escenario, si no el de su Cuba, va a representar para los niños de América.

«Probablemente los momentos vividos aquí, de cierta forma son los que están manifestados en estos versos, porque en ellos se reflejan aspectos de su niñez, relaciones familiares, pasajes históricos, su hijo, sus amigos, la playa donde supuestamente compartió con todos ellos en diferentes momentos. La flora y la fauna que lo conmovieron, todo un escenario que inspiraría a cualquier poeta», concluye.

Tal vez esta fue la playa que él inmortalizó. ¿Quién sabe si no se pudo resistir a sus encantos y decidió escribirle este poema; o si Pilar es el reflejo de alguna de las personas que habitaron en este pueblo durante la época? Parece que la incertidumbre permanecerá, y solo en un fragmento de la historia local surgirá la verdad porque, probablemente, aquellos zapaticos caminaron por Cojímar.

Citas:

1 Fernández de la Vega, Oscar. En La barranca de todos II. Las playas en Los zapaticos de rosa de José Martí. Manuscrito de indagación psicosemiológica. 1984. p. 9

2 Ídem.

3 Ídem.

4 Ídem.

5 Colectivo de autores. José Martí. Obras Completas. Edición Crítica. Tomo 6. Editorial Oriente. Cuba. 2002. p. 117

6 Hodelín Tablada, Ricardo. Enfermedades de José Martí. Editorial Oriente. 2007

7 Fernández de la Vega, Oscar. En La barranca de todos II. Las playas en «Los zapaticos de rosa» de José Martí. Manuscrito de indagación psicosemiológica. 1984. p. 6

8 Refiere a Censo de población de 1853, del Archivo del Museo Histórico de Guanabacoa. 33-24 8-1

9 Colectivo de autores. José Martí. Obras Completas. Edición Crítica. Tomo 6. Editorial Oriente. Cuba. 2002. pp. 117-119

10 Colectivo de autores. José Martí. Obras Completas. Edición Crítica. Tomo 6. Editorial Oriente. Cuba. 2002. p. 122

11 Fernández de la Vega, Oscar. En La barranca de todos II. Las playas en «Los zapaticos de rosa» de José Martí. Manuscrito de indagación psicosemiológica. 1984.

12 Ídem. p. 8

13 Mapa de 1850 y Mapa de 1919. Área Topográfica de Cojímar. Archivo de Guanabacoa.

14 Ídem. p. 15

lunes, 21 de febrero de 2011

José Martí y Venezuela


Por Leonardo Venta

El Martí universal llevó su canto libertario tanto a la distante Europa como a la más cercana América. Le tomó 12 largos días su viaje de Nueva York a Venezuela. Al llegar a Caracas, en enero de 1881, dirigió primero sus pasos cansados y elevó su alma enérgica hacia la estatua de Simón Bolívar. Allí dialogó con la efigie en amoroso soliloquio, que más tarde evocaría en su revista para niños “La Edad de Oro”:

“Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como cuando a un padre se le acerca un hijo”.

En Venezuela llevaba el pan a su mesa como profesor de francés y literatura en dos colegios, a la vez que ofrecía su talento como columnista en el periódico La Opinión Nacional. Escribiendo para esa publicación, proyectó y llegó a publicar su Revista Venezolana, de la cual sólo circularon dos números, en julio de 1881.

En la misma exaltó la figura de Miguel Peña, diputado y presidente de la Asamblea que creó la Gran Colombia, entre otras honorabilidades. “Aquel lidiador audaz que así movía la espada como la pluma – dice Martí – sin que la pluma fuera más extraña a sus manos que la espada […] merece presidir, en aposento de bronce, los destinos de la ciudad que él supo hacer tumba de realistas, fortaleza de derechos y cuna de republicanos”.

Entre el joven Martí y el anciano Cecilio Acosta, poeta venezolano de pensamiento liberal y uno de los más fuertes críticos del presidente de la república Antonio Guzmán Blanco, emergió una pronta identificación basada en elevados ideales de justicia y patriotismo

A raíz de la muerte de Acosta, Martí le dedica un sentido ensayo en su Revista Venezolana: “Ya está hueca y sin lumbre, aquella cabeza altiva, que fue cuna de tanta idea grandiosa; y mudos aquellos labios que hablaron lengua tan varonil y gallarda; y yerta, junto a la pared del ataúd, aquella mano que fue siempre sostén de pluma honrada, sierva de amor, y al mal rebelde”.

La calurosa exaltación a Cecilio Acosta, dictó la prevista sentencia sobre Martí de persona no grata a las altas esferas del gobierno venezolano. El apóstol cubano tuvo que regresar a Estados Unidos, donde estableció su centro de acción revolucionaria por la independencia de Cuba.

Desde Nueva York, durante agosto de 1881 a junio de 1882, envió valiosas crónicas a la Opinión Nacional de Venezuela, en las que, con la firma de M. de Z., comentaba no sólo los acontecimientos de la vida norteamericana, sino además reflejaba la actividad intelectual y política de Europa. Al mismo tiempo que esas crónicas, Martí enviaba notas sin firmar sobre historia, letras, biografía, curiosidades y ciencias, agrupadas bajo el título “Sección Constante”.

En junio de 1882, cesaron las colaboraciones de Martí a la Opinión Nacional. La causa, la explicaría el más universal de los cubanos tres años después en una misiva a su amigo Manuel Mercado, fue la de que era “condición para continuar aquella labor, que consintiese en alabar en ella las abominaciones de Guzmán Blanco”.

Hijo de la América de Bolívar, Martí se arrebujó siete históricos meses de calor y entusiasmo bajo el cielo venezolano. Del amor que despertó en él esa hermosa tierra, dejó testimonio su amorosa pluma:

“[…] De América soy hijo; a ella me debo. Y de América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, ésta es la cuna; ni hay para labios dulces copa amarga; ni el áspid muerde en los pechos varoniles; ni de su cuna reniegan hijos infieles. Déme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo”.

jueves, 27 de enero de 2011

“Con todos y para el bien de todos”



Por José Martí

(Discurso pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, Estados Unidos, el 26 de noviembre de 1891, y distribuido en hojas sueltas).

Cubanos:

Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación; ahora, puestos los ojos más arriba de nuestras cabezas y el corazón entero sacado de mí mismo, no daré gracias egoístas a los que creen ver en mí las virtudes que de mí y de cada cubano desean; ni al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré gracias por la hospitalidad magnífica de sus palabras, y el fuego de su cariño generoso; sino que todas las gracias de mi alma les daré, y en ellos a cuantos tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar, por este pueblo de amor que han levantado cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide; por este pueblo de virtud, en donde se aprueba la fuerza libre de nuestra patria trabajadora; por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan, y truenos de Mirabeau junto a artes de Roland, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo; por este templo orlado de héroes y alzado sobre corazones. Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma en mi corazón.


No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como a regañadientes, el respeto periódico a una idea de que no se puede adjurar sin deshonor; ni la respuesta siempre pronta, y a veces demasiado pronta, de los corazones patrios a un solicitante de fama, o a un alocado de poder, o a un héroe que no corona el ansia inoportuna de morir con el heroísmo superior de reprimirla, o a un menesteroso que bajo la capa de la patria anda sacando la mano limosnera. Ni el que viene se afeará jamás con la lisonja, ni es este noble pueblo que lo recibe pueblo de gente servil y llevadiza. Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, -y a un cubano que se las respeta.


Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás, un bien fundamental que de todos los del país fuera base y principio, y sin el que los demás bienes serían falaces e inseguros, ese sería el bien que yo prefiriera: yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre: envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades: sáquese a lucir, y a incendiar las almas, y a vibrar como el rayo, a la verdad, y síganla, libres, los hombres honrados. Levántese por sobre todas las cosas esta tierna consideración, este viril tributo de cada cubano a otro. Ni misterios, ni calumnias, ni tesón en desacreditar, ni largas y astutas preparaciones para el día funesto de la ambición. O la república tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos, y no para sueños. Para libertar a los cubanos trabajamos, y no para acorralarlos. ¡Para ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de Cuba trabajamos, y no para erigir, a la boca del continente, de la república, la mayordomía espantada de Veintimilla, o la hacienda sangrienta de Rosas, o el Paraguay, lúgubre de Francia! ¡Mejor caer bajo los excesos del carácter imperfecto de nuestros compatriotas, que valerse del crédito adquirido con las armas de la guerra o las de la palabra que rebajarles el carácter! Este es mi único título a estos cariños, que han venido a tiempo a robustecer mis manos incansables en el servicio de la verdadera libertad. ¡Muérdanmelas los mismos a quienes anhelase yo levantar más, y ¡no miento! amaré la mordida, porque me viene de la furia de mi propia tierra, y porque por ella veré bravo y rebelde a un corazón cubano! ¡Unámonos, ante todo, en esta fe; juntemos las manos, en prenda de esa decisión, donde todos las vean, y donde no se olvida sin castigo; cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos!


¡De todos los cubanos! Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se le pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza! Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas, y se abre sola la caja de nuestros ahorros, y nos apretamos para hacer un puesto más en la mesa, y echa las alas el corazón enamorado para amparar al que nació en la misma tierra que nosotros, aunque el pecado lo trastorne, o la ignorancia lo extravíe, o la ira lo enfurezca, o lo ensangriente el crimen! ¡Cómo que unos brazos divinos que no vemos nos aprietan a todos sobre un pecho en que todavía corre la sangre y se oye todavía, sollozar el corazón! Créese allá en nuestra patria, para darnos luego trabajo de piedad, créese, donde el dueño corrompido pudre cuanto mira, un alma cubana nueva, erizada y hostil, un alma hosca, distinta de aquella alma casera y magnánima de nuestros padres e hija natural de la miseria, que ve triunfar al vicio impune, y de la cultura inútil, que sólo halla empleo en la contemplación sorda de sí misma! ¡Acá, donde vigilamos por los ausentes, donde reponemos la casa que allá se nos cae encima, donde creamos lo que ha de reemplazar a lo que allí se nos destruye, acá no hay palabra que se asemeje más a la luz del amanecer, ni consuelo que se entre con más dicha por nuestro corazón, que esta palabra inefable y ardiente de cubano!


¡Porque eso es esta ciudad, eso es la emigración cubana entera, eso es lo que venimos haciendo en estos años de trabajo sin ahorro, de familia sin gusto, de vida sin sabor, de muerte disimulada! ¡A la patria que allí se cae a pedazos y se ha quedado ciega de la podre, hay que llevar la patria piadosa y previsora que aquí se levanta! ¡A lo que queda de patria allí, mordido de todas partes por la gangrena que empieza a roer el corazón, hay que juntar la patria amiga donde hemos ido, acá en la soledad, acomodando el alma, con las manos firmes que pide el buen cariño, a las realidades todas, de afuera y de adentro, tan bien veladas allí en unos por la desesperación y en otros por el goce babilónico, que con ser grandes certezas y grandes esperanzas y grandes peligros, son, aun para los expertos, poco menos que desconocidas! ¿Pues qué saben allá de esta noche gloriosa de resurrección, de la fe determinada y metódica de nuestros espíritus, del acercamiento continuo y creciente de los cubanos de afuera, que los errores de los diez años y las veleidades naturales de Cuba, y otras causas maléficas no han logrado por fin dividir, sino allegar tan íntima y cariñosamente que no se ve sino un águila que sube, y un sol que va naciendo, y un ejército que avanza? ¿Qué saben allá de estos tratos sutiles, que nadie prepara ni puede detener, entre el país desesperado y los emigrados que esperan? ¿Qué saben de este carácter nuestro fortalecido, de tierra en tierra, por la prueba cruenta y el ejercicio diario? ¿Qué saben del pueblo liberal, y fiero, y trabajador, que vamos a llevarles? ¿Qué sabe el que agoniza en la noche, del que le espera con los brazos abiertos en la aurora? Cargar barcos puede cualquier cargador; y poner mecha al cañón cualquier artillero puede; pero no ha sido esa tarea menor, y de mero resultado y oportunidad, la tarea única de nuestro deber, sino la de evitar las consecuencias dañinas, y acelerar las felices, de la guerra próxima, e inevitable, e irla limpiando, como cabe en lo humano, del desamor y del descuido y de los celos que la pudiesen poner donde sin necesidad ni excusa nos pusieron la anterior, y disciplinar nuestras almas libres en el conocimiento y orden de los elementos reales de nuestro país, y en el trabajo que es el aire y el sol de la libertad, para que quepan en ella sin peligro, junto a las fuerzas creadoras de una situación nueva, aquellos residuos inevitables de las crisis revueltas que son necesarias para constituirlas. Y las manos nos dolerán más de una vez en la faena sublime, pero los muertos están mandando, y aconsejando, y vigilando, y los vivos los oyen, y los obedecen, y se oye en el viento ruido de ayudantes que pasan llevando órdenes, y de pabellones que se desplegan! ¡Unámonos, cubanos, en esta otra fe: con todos, y para todos: la guerra inevitable, de modo que la respete y la desee y la ayude la patria, y no nos la mate, en flor, por local o por personal o por incompleta, el enemigo: la revolución de justicia y de realidad, para el reconocimiento y la práctica franca de las libertades verdaderas.


Ni los bravos de la guerra que me oyen tienen paces con estos análisis menudos de las cosas públicas, porque al entusiasta le parece crimen la tardanza misma de la sensatez en poner por obra el entusiasmo; ni nuestra mujer, que aquí oye atenta, sueña más que en volver a pisar la tierra propia, donde no ha de vivir su compañero, agrio como aquí vive y taciturno: ni el niño, hermano o hijo de mártires y de héroes, nutrido en sus leyendas, piensa en más que en lo hermoso de morir a caballo, peleando por el país, al pie de una palma!


¡Es el sueño mío, es el sueño de todos; las palmas son novias que esperan: y hemos de poner la justicia tan alta como las palmas! Eso es lo que queríamos decir. A la guerra del arranque, que cayó en el desorden, ha de suceder, por insistencia de los males públicos, la guerra de la necesidad, que vendría floja y sin probabilidad de vencer, si no le diese su pujanza aquel amor inteligente y fuerte del derecho por donde las almas más ansiosas de él recogen de la sepultura el pabellón que dejaron caer, cansados del primer esfuerzo, los menos necesitados de justicia. Su derecho de hombres es lo que buscan los cubanos en su independencia; y la independencia se ha de buscar con alma entera de hombre. ¡Que Cuba, desolada, vuelve a nosotros los ojos! ¡Que los niños ensayan en los troncos de los. caminos la fuerza de sus brazos nuevos! ¡Que las guerras estallan, cuando hay causas para ella, de la impaciencia de un valiente o de un grano de maíz! ¡Que el alma cubana se está poniendo en fila, y se ven ya, como al alba, las masas confusas! ¡Que el enemigo, menos sorprendido hoy, menos interesado, no tiene en la tierra los caudales que hubo de defender la vez pasada, ni hemos de entretenemos tanto como entonces en dimes y diretes de localidad, ni en competencias de mando, ni en envidias de pueblo, ni en esperanzas locas! ¡Que afuera tenemos el amor en el corazón, los ojos en la costa, la mano en la América, y el alma al cinto! ¿Pues quién no lee en el aire todo eso con letras de luz? Y con letras de luz se ha de leer que no buscamos, en este nuevo sacrificio, meras formas, ni la perpetuación del alma colonial en nuestra vida, con novedades de uniforme yankee, sino la esencia y realidad de un país republicano nuestro, sin miedo canijo de unos a la expresión saludable de todas las ideas y el empleo honrado de todas las energías,-ni de parte de otros aquel robo al hombre que consiste en pretender imperar en nombre de la libertad por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y los métodos de ella. Por supuesto, que se nos echarán atrás los petimetres de la política, que olvidan como es necesario contar con lo que no se puede suprimir,-y que se pondrá a refunfuñar el patriotismo de polvos de arroz, so pretexto de que los pueblos. en el sudor de la creación, no dan siempre olor de clavellina. ¿Y qué le hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo, como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta: es fango en las artesas el oro en que el artista talla luego sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida saca almíbar la fruta y colores la flor; nace el hombre del dolor y la tiniebla del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime: y las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos a los ojos humanos sino manchas! ¡Paso a los que no tienen miedo a la luz: caridad para los que tiemblan de sus rayos!


Ni vería yo esa bandera con cariño, hecho como estoy a saber que lo más santo se toma como instrumento del interés por los triunfadores audaces de este mundo, si no creyera que en sus pliegues ha de venir la libertad entera, cuando el reconocimiento cordial del decoro de cada cubano, y de los modos equitativos de ajustar los conflictos de sus intereses, quite razón a aquellos consejeros de métodos confusos que sólo tienen de terribles lo que tiene de terca la pasión que se niega a reconocer cuánto hay en sus demandas de equitativo y justiciero. ¡Clávese la lengua del adulador popular, y cuelgue al viento como banderola de ignominia, donde sea castigo de los que adelantan sus ambiciones azuzando en vano la pena de los que padecen, u ocultándoles verdades esenciales de su problema, o levantándoles la ira:-y al lado de la lengua de los aduladores, clávese la de los que se niegan a la justicia!


¡La lengua del adulador se clave donde todos la vean,- y la de los que toman por pretexto las exageraciones a que tiene derecho la ignorancia, y que no puede acusar quien no ponga todos los medios de hacer cesar la ignorancia, para negarse a acatar lo que hay de dolor de hombre y de agonía sagrada en las exageraciones que es más cómodo excomulgar, de toga y birrete, que estudiar, lloroso el corazón, con el dolor humano hasta los codos! En el presidio de la vida es necesario poner, para que aprendan justicia, a los jueces de la vida. El que juzgue de todo, que lo conozca todo. No juzgue de prisa el de arriba, ni por un lado: no juzgue el de abajo por un lado ni de prisa. No censure el celoso el bienestar que envidia en secreto. No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento, del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera, coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que tienen los hijos de los otros por el mundo! ¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!


Muy mal conoce nuestra patria, la conoce muy mal, quien no sepa que hay en ella, como alma de lo presente y garantía de lo futuro, una enérgica suma de aquella libertad original que cría el hombre en sí, del jugo de la tierra y de las penas que ve, y de su idea propia y de su naturaleza altiva. Con esta libertad real y pujante, que sólo puede pecar por la falta de la cultura que es fácil poner en ella, han de contar más los políticos de carne y hueso que con esa libertad de aficionados que aprenden en los catecismos de Francia o de Inglaterra, los políticos de papel. Hombres somos, y no vamos a querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde de nuestro país. Muy mal conoce a nuestro pueblo quien no observe en él como a la par de este ímpetu nativo que lo levanta para la guerra y no lo dejará dormir en la paz, se ha criado con la experiencia y el estudio, y cierta ciencia clara que da nuestra tierra hermosa, un cúmulo de fuerzas de orden, humanas y cultas,-una falange de inteligencias plenas, fecundadas por el amor al hombre, sin el cual la inteligencia no es más que azote y crimen,-una concordia tan íntima, venida del dolor común, entre los cubanos de derecho natural, sin historia y sin libros, y los cubanos que han puesto en el estudio la pasión que no podían poner en la elaboración de la patria nueva,-una hermandad tan ferviente entre los esclavos ínfimos de la vida y los esclavos de una tiranía aniquiladora,-que por este amor unánime y abrasante de justicia de los de un oficio y los de otro; por este ardor de humanidad igualmente sincero en los que llevan el cuello alto, porque tienen alta la nuca natural, y los que los llevan bajo, porque la moda manda lucir el cuello hermoso; por esta patria vehemente en que se reúnen con iguales sueños, y con igual honradez, aquellos a quienes pudiese divorciar el diverso estado de cultura-sujetará nuestra Cuba, libre en la armonía de la equidad, la mano de la colonia que no dejará a su hora de venírsenos encima, disfrazada con el guante de la república. ¡Y cuidado, cubanos, que hay guantes tan bien imitados que no se diferencian de la mano natural! A todo el que venga a pedir poder, cubanos, hay que decirle a la luz, donde se vea la mano bien: ¿mano o guante?-Pero no hay que temer en verdad, ni hay que regañar. Eso mismo que hemos de combatir, eso mismo nos es necesario. Tan necesario es a los pueblos lo que sujeta como lo que empuja: tan necesario es en la casa de familia el padre, siempre activo, como la madre, siempre temerosa. Hay política hombre y política mujer. ¿Locomotora con caldera que la haga andar, y sin freno que la detenga a tiempo? Es preciso, en cosas de pueblos, llevar el freno en una mano, y la caldera en la otra. Y por ahí padecen los pueblos: por el exceso de freno, y por el exceso de caldera.


¿A qué es, pues, a lo que habremos de temer? ¿Al decaimiento de nuestro entusiasmo, a lo ilusorio de nuestra fe, al poco número de los infatigables, al desorden de nuestras esperanzas? Pues miro yo a esta sala, y siento firme y estable la tierra bajo mis pies, y digo: "Mienten." Y miro a mi corazón, que no es más que un corazón cubano, y digo:- `Mienten."


¿Tendremos miedo a los hábitos de autoridad contraídos en la guerra, y en cierto modo ungidos por el desdén diario de la muerte? Pues no conozco yo lo que tiene de brava el alma cubana, y de sagaz y experimentado el juicio de Cuba, y lo que habrían de contar las autoridades viejas con las autoridades vírgenes, y aquel admirable concierto de pensamiento republicano y la acción heroica que honra, sin excepciones apenas, a los cubanos que cargaron armas; o, como que conozco todo eso, al que diga que de nuestros veteranos hay que esperar ese amor criminal de sí, ese postergamiento de la patria a su interés, esa traición inicua a su país, le digo: -"!Mienten!"


¿O nos ha de echar atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por gente impura que está a paga del gobierno español, el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya muy común en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tienen en Cuba zapatos sino los cómplices y los ladrones? ¡Pues como yo sé que el mismo que escribe un libro para atizar el miedo a la guerra, dijo en versos, muy buenos por cierto, que la jutía basta a todas las necesidades del campo en Cuba, y sé que Cuba está otra vez llena de jutías, me vuelvo a los que nos quieren asustar con el sacrificio mismo que apetecemos, y les digo:-"Mienten".


¿Al que más ha sufrido en Cuba por la privación de la libertad le tendremos miedo, en el país donde la sangre que derramó por ella se la ha hecho amar demasiado para amenazarla? ¿Le tendremos miedo al negro, al negro generoso, al hermano negro, que en los cubanos que murieron por el ha perdonado para siempre a los cubanos que todavía lo maltratan? Pues yo se de manos de negro que están más dentro de la virtud que las de blanco alguno que conozco: yo sé del amor negro a la libertad sensata, que sólo en la intensidad mayor y natural y útil se diferencia del amor a la libertad del cubano blanco: yo sé que el negro ha erguido el cuerpo noble, y está poniéndose de columna firme de las libertades patrias. Otros le teman: yo lo amo: a quien diga mal de él, me lo desconozca, le digo a boca llena:-"Mienten".


¿Al español en Cuba habremos de temer? ¿Al español armado, que no nos pudo vencer por su valor, sino por nuestras envidias, nada más que por nuestras envidias? ¿Al español que tiene en el Sardinero o en la Rambla su caudal y se irá con su caudal, que es su única patria; o al que lo tiene en Cuba, por apego a la tierra o por la raíz de los hijos, y por miedo al castigo opondrá poca resistencia, y por sus hijos? ¿Al español llano, que ama la libertad como la amamos nosotros, y busca con nosotros una patria en la justicia, superior al apego a una patria incapaz e injusta, al español que padece, junto a su mujer cubana, del desamparo irremediable y el mísero porvenir de los hijos que le nacieron con el estigma de hambre y persecución, con el decreto de destierro en su propio país, con la sentencia de muerte en vida con que vienen al mundo los cubanos? ¿Temer al español liberal y bueno, a mi padre valenciano, a mi fiador montañés, al gaditano que me velaba el sueño febril, al catalán que juraba y votaba porque no quería el criollo huir con sus vestidos, al malagueño que saca en sus espaldas del hospital al cubano impotente, al gallego que muere en la nieve extranjera, al volver de dejar el pan del mes en la casa del general en jefe de la guerra cubana? ¡Por la libertad del hombre se pelea en Cuba, y hay muchos españoles que aman la libertad! ¡A estos españoles los atacarán otros: yo los ampararé toda mi vida! A los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos: "¡Mienten!"


¿Y temeremos a la nieve extranjera? Los que no saben bregar con sus manos en la vida, o miden el corazón de los demás por su corazón espantadizo, o creen que los pueblos son meros tableros de ajedrez, o están tan criados en la esclavitud que necesitan quien les sujete el estribo para salir de ella, esos buscarán en un pueblo de componentes extraños y hostiles la república que sólo asegura el bienestar cuando se le administra en acuerdo con el carácter propio, y de modo que se acendre y realce. A quien crea que falta a los cubanos coraje y capacidad para vivir por sí en la tierra creada por su valor, le decimos: "Mienten".


Y a los lindoros que desdeñan hoy esta revolución santa cuyos guías y mártires primeros fueron hombres nacidos en el mármol y seda de la fortuna, esta santa revolución que en el espacio más breve hermanó, por la virtud redentora de las guerras justas, al primogénito heroico y al campesino sin heredad, al dueño de hombres y a su esclavos; a los olimpos de pisapapel, que bajan de la trípode calumniosa para preguntar aterrados, y ya con ánimos de sumisión, si ha puesto el pie en tierra este peleador o el otro, a fin de poner en paz el alma con quien puede mañana distribuir el poder; a los alzacolas que fomentan a sabiendas, el engaño de los que creen este magnífico movimiento de almas, esta idea encendida de la redención decorosa, este deseo triste y firme de la guerra inevitable, no es más que el tesón de un rezagado indómito, o la correría de un general sin empleo, o la algazara de los que no gozan de una riqueza que sólo se puede mantener por la complicidad con el deshonor, o la amenaza de una turba obrera, con odio por corazón y papeluchos por sesos, que irá, como del cabestro, por donde la quiera llevar el primer ambicioso que la adule, o el primer déspota encubierto que le pase por los ojos la bandera,-a lindoros, o a olimpos, y a alzacolas, -les diremos: -"Mienten." ¡Esta es la turba obrera, el arca de nuestra alianza, el tahalí, bordado de mano de mujer, donde se ha guardado la espada de Cuba, el arenal redentor donde se edifica, y se perdona, y se prevee, y se ama!


¡Basta, basta de meras palabras! Para lisonjearnos no estamos aquí, sino para palparnos los corazones, y ver que viven sanos, y que pueden; para irnos enseñando a los desesperanzados, a los desbandados, a los melancólicos, en nuestra fuerza de idea y de acción, en la virtud probada que asegura la dicha por venir, en nuestro tamaño real, que no es de presuntuoso, ni de teorizante, ni de salmodista, ni de melómano, ni de caza nubes, ni de pordiosero. Ya somos unos, y podemos ir al fin: conocemos el mal, y veremos de no recaer; a puro amor y paciencia hemos congregado lo que quedó disperso, y convertido en orden entusiasta lo que era, después de la catástrofe, desconcierto receloso; hemos procurado la buena fe, y creemos haber logrado, suprimir o reprimir los vicios que causaron nuestra derrota, y allegar con modos sinceros y para fin durable, los elementos conocidos o esbozados, con cuya unión se puede llevar la guerra inminente al triunfo. ¡Ahora, a formar filas! ¡Con esperar, allá en lo hondo del alma, no se fundan pueblos! Delante de mí vuelvo a ver los pabellones, dando órdenes; y me parece que el mar que de allá viene, cargado de esperanza y de dolor, rompe la valla de la tierra ajena en que vivimos, y revienta contra esas puertas sus olas alborotadas... ¡Allá está, sofocada en los brazos que nos la estrujan y corrompen! ¡Allá está, herida en la frente, herida en el corazón, presidiendo, atada a la silla de tortura, el banquete donde las bocamangas de galón de oro ponen el vino del veneno en los labios de los hijos que se han olvidado de sus padres! ¡Y el padre murió cara a cara al alférez, y el hijo va, de brazos con el alférez, a podrirse a la orgía! ¡Basta de meras palabras! De las entrañas desgarradas levantemos un amor inextinguible por la patria sin la que ningún hombre vive feliz, ni el bueno, ni el malo. Allí está, de allí nos llama, se la oye gemir, nos la violan y nos la befan y nos la gangrenan a nuestro ojos, nos corrompen y nos despedazan a la madre de nuestro corazón! ¡Pues alcémonos de una vez, de una arremetida última de los corazones, alcémonos de manera que no corra peligro la libertad en el triunfo, por el desorden o por la torpeza o por la impaciencia en prepararla; alcémonos, para la república verdadera, los que por nuestra pasión por el derecho y por nuestro hábito del trabajo sabremos mantenerla; alcémonos para darle tumba a los héroes cuyo espíritu vaga por el mundo avergonzado y solitario; alcémonos para que algún día tengan tumba nuestros hijos! Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: "Con todos, y para el bien de todos".

“Los Pinos Nuevos”


Por José Martí

(Discurso pronunciado en el Liceo Cubano de Tampa, Estados Unidos, el 27 de noviembre de 1891, en conmemoración del 27 de Noviembre de 1871).

Cubanos:

Todo convida esta noche al silencio respetuoso más que a las palabras: las tumbas tienen por lenguaje las flores de resurrección que nacen sobre las sepulturas: ni lágrimas pasajeras ni himnos de oficio son tributo propio a los que con la luz de su muerte señalaron a la piedad humana soñolienta el imperio de la abominación y la codicia. Esas orlas son de respeto, no de muerte; esas banderas están a media asta, no los corazones. Pido luto a mi pensamiento para las frases breves que se esperan esta noche del viajero que viene a estas palabras de improviso, después de un día atareado de creación: y el pensamiento se me niega al luto. No siento hoy como ayer romper coléricas al pie de esta tribuna, coléricas y dolorosas, las olas de la mar que trae de nuestra tierra la agonía y la ira, ni es llanto lo que oigo, ni manos suplicantes las que veo, ni cabezas caídas las que escuchan, sino cabezas altas! y afuera de esas puertas repletas, viene la ola de un pueblo que marcha. ¡Así el sol, después de la sombra de la noche, levanta por el horizonte puro su copa de oro!


Otros lamenten la muerte necesaria: yo creo en ella como la almohada, y la levadura, y el triunfo de la vida. La mañana después de la tormenta, por la cuenca del árbol desraigado echa la tierra fuente de frescura, y es más alegre el verde de los árboles, y el aire está como lleno de banderas, y el cielo es un dosel de gloria azul, y se inundan los pechos de los hombres de una titánica alegría. Allá, por sobre los depósitos de la muerte, aletea, como redimiéndose, y se pierde por lo alto de los aires, la luz que surge invicta de la podredumbre. La amapola más roja y más leve crece sobre las tumbas desatendidas. El árbol que da mejor fruta es el que tiene debajo un muerto.


Otros lamenten la muerte hermosa y útil, por donde la patria saneada rescató su complicidad involuntaria con el crimen, por donde se cría aquel fuego purísimo e invisible en que se acendran para la virtud y se templan para el porvenir las almas fieles. Del semillero de las tumbas levántase impalpable, como los vahos del amanecer, la virtud inmortal, orea la tierra tímida, azota los rostros viles, empapa el aire, entra triunfante en los corazones de los vivos: la muerte da jefes, la muerte da lecciones y ejemplos, la muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida: ¡así, de esos enlaces continuos invisibles, se va tejiendo el alma de la patria!


La palabra viril no se complace en descripciones espantosas; ni se ha de abrumar al arrepentido por fustigar al malvado; ni ha de convertirse la tumba del mártir en parche de pelea; ni se ha de decir, aún en la ciega hermosura de las batallas, lo que mueve las almas de los hombres a la fiereza y al rencor. ¡Ni es de cubanos, ni lo será jamás, meterse en la sangre hasta la cintura, y avivar con un haz de niños muertos, los crímenes del mundo: ni es de cubanos vivir, como el chacal en la jaula, dándole vueltas al odio! Lo que anhelamos es decir aquí con qué amor entrañable, un amor como purificado y angélico, queremos a aquellas criaturas que el decoro levantó de un rayo hasta la sublimidad, y cayeron, por la ley del sacrificio, para publicar al mundo indiferente aun a nuestro clamor, la justicia absoluta con que se irguió la tierra contra sus dueños: lo que queremos es saludar con inefable gratitud, como misterioso símbolo de la pujanza patria, del oculto y seguro poder del alma criolla, a los que, a la primer voz de la muerte, subieron sonriendo, del apego y cobardía de la vida común, al heroísmo ejemplar.


¿Quién, quién era el primero en la procesión del sacrificio, cuando el tambor de muerte redoblaba, y se oía el olear de los sollozos, y bajaban la cabeza los asesinos; quien era el primero, con una sonrisa de paz en los labios, y el paso firme, y casi alegre, y todo él como ceñido ya de luz? Chispeaba por los corredores de las aulas un criollo dadivoso y fino, el bozo en flor y el pájaro en el alma, ensortijada la mano, como una joya el pie, gusto todo y regalo y carruaje, sin una arruga en el ligero pensamiento: ¡y el que marchaba a paso firme a la cabeza de la procesión, era el niño travieso y casquivano de las aulas felices, el de la mano de sortijas y el pie como una joya! ¿Y el otro, el taciturno, el que tenían sus compañeros por mozo de poco empuje y de avisos escasos? ¡Con superior beldad se le animó el rostro caído, con soberbio poder se le levantó el ánimo patrio, con abrazos firmes apretó, al salir a la muerte, a sus amigos, y con la mano serena les enjugó las lágrimas! ¡Así, en los alzamientos por venir, del pecho más oscuro saldrá, a triunfar, la gloria! ¡Así, del valor oculto, crecerán los ejércitos de mañana! ¡Así, con la ocasión sublime, los indiferentes y culpables de hoy, los vanos y descuidados de hoy, competirán en fuego con los más valerosos! El niño de diez y seis años iba delante, sonriendo, ceñido como de luz, volviendo atrás la cabeza, por si alguien se le acobardaba...


Y ¿recordaré el presidio inicuo, con la galera espantable de vicios contribuyentes, tanto por cada villanía, a los pargos y valdepeñas de la mesa venenosa del general; con los viejos acuchillados por pura diversión, los viejos que dieron al país trece hombres fuertes, para que no fuese en balde el paseo de las cintas de hule y de sus fáciles amigas; con los presidiarios moribundos, volteados sobre la tierra, a ver si revivían, a punta de sable; con el castigo de la yaya feroz, al compás de la banda de bronce, para que no se oyesen por sobre los muros de piedra los alaridos del preso despedazado? ¡Pues éstos son de otros horrores más crueles, y más tristes y más inútiles, y más de temer que los de andar descalzo! ¿O recordaré la madrugada fría, cuando de pie, como fantasmas justificadores, en el silencio de Madrid dormido, a la puerta de los palacios y bajo la cruz de las iglesias, clavaron los estudiantes sobrevivientes el padrón de vergüenza nacional, el recuerdo del crimen que la ciudad leyó espantada? ¿O un día recordaré, un día de verano madrileño, cuando al calce de un hombre seco y lívido, de barba y alma ralas, muy cruzado y muy saludado y muy pomposo, iba un niño febril, sujeto apenas por brazos más potentes, gritando al horrible codicioso: "¡Infame, infame!" ¡Recordaré al magnánimo español, huésped querido de todos nuestros hogares, laureado aquí en efigie junto con el heroico vindicador, que en los dientes de la misma muerte, prefiriendo al premio del cómplice la pobreza del justo, negó su espada al asesinato! Dicen que sufre, comido de pesar en el rincón donde apenas puede consolarlo de la cólera del vencedor pudiente, el cariño de los vencidos miserables. ¡Sean para el buen español, cubanas agradecidas, nuestras flores piadosas!


Y después ¡ya no hay más, en cuanto a tierra, que aquellas cuatro osamentas que dormían, de Sur a Norte, sobre las otras cuatro que dormían de Norte a Sur: no hay más que un gemelo de camisa, junto a una mano seca: no hay más que un montón de huesos abrazados en el fondo de un cajón de plomo! ¡Nunca olvidará Cuba, ni los que sepan de heroicidad olvidarán, al que con mano augusta detuvo, frente a todos los riesgos, el sarcófago intacto, que fue para la patria manantial de sangre; al que bajó a la tierra con sus manos de amor, y en acerba hora de aquellas que juntan de súbito al hombre con la eternidad, palpó la muerte helada, bañó de llanto terrible los cráneos de sus compañeros! El sol lucía en el cielo cuando sacó en sus brazos, de la fosa, los huesos venerados: ¡jamás cesará de caer el sol sobre el sublime vengador sin ira!


¡Cesen ya, puesto que por ellos es la patria más pura y hermosa, las lamentaciones que sólo han de acompañar a los muertos inútiles! Los pueblos viven de la levadura heroica. El mucho heroísmo ha de sanear el mucho crimen. Donde se fue muy vil, se ha de ser muy grande. Por lo invisible de la vida corren magníficas leyes. Para sacudir al mundo, con el horror extremo de la inhumanidad y la codicia que agobian a su patria, murieron, con la poesía de la niñez y el candor de la inocencia, a manos de la inhumanidad y la codicia. Para levantar con la razón de su prueba irrecusable el ánima medrosa de los que dudan del arranque y virtud de un pueblo en apariencia indiferente y frívolo, salieron riendo del aula descuidada, o pensando en la novia y el pie breve, y entraron a paso firme, sin quebrantos de rodilla ni temblores de brazos, en la muerte bárbara. Para unir en concordia, por el respeto que impone en unos el remordimiento y la piedad que moverán en otros los arrepentidos, las dos poblaciones que han de llegar por fatalidad inevitable a un acuerdo en la justicia o a un exterminio violento, se alzó el vengador con alma de perdón, y aseguró, por la moderación de su triunfo, su obra de justicia. ¡Mañana, como hoy en el destierro, irán a poner flores en la tierra libre, ante el monumento del perdón, los hermanos de los asesinados, y los que, poniendo el honor sobre el accidente del país, no quieren llamarse hermanos de los asesinos!


Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida. Ayer lo oí a la misma tierra, cuando venia, por la tarde hosca, a este pueblo fiel. Era el paisaje húmedo y negruzco; corría turbulento el arroyo cenagoso; las cañas, pocas y mustias, no mecían su verdor quejosamente, como aquellas queridas por donde piden redención los que las fecundaron con su muerte, sino se entraban, ásperas e hirsutas, como puñales extranjeros, por el corazón: y en lo alto de las nubes desgarradas, un pino, desafiando la tempestad, erguía entero, su copa. Rompió de pronto el sol sobre un claro del bosque, y allí, al centelleo de la luz súbita, vi por sobre la yerba amarillenta erguirse, en torno al tronco negro de los pinos caídos, los racimos gozosos de los pinos nuevos: ¡Eso somos nosotros: pinos nuevos!