La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí

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viernes, 7 de septiembre de 2018

Soneto de la dulce queja



Por Federico García Lorca

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

domingo, 5 de noviembre de 2017

En el 107 aniversario del natalicio de Miguel Hernández

Además de la reconocida poesía hernandiana, esta nueva publicación contiene,
entre otros componentes, su menos conocida dramaturgia 
Por Leonardo Venta


            Difícil es encontrar un escritor que, a pesar de los 75 años transcurridos desde su desaparición física, se mantenga vigente en el gusto de los amantes de la virtud y la sensibilidad en la buena literatura. Una prueba fehaciente de ello es el considerable número de actividades que, en reconocimiento al 107 aniversario del natalicio de Miguel Hernández (30 de octubre de 1910), se celebran en toda la geografía española y en diversos rincones del mundo.  
            Como muestra de estos homenajes, el pasado 31 de octubre, en la sede del Instituto Cervantes en Madrid, se presentó el libro editado por el investigador y catedrático Jesucristo Riquelme, que lleva como título La obra completa de Miguel Hernández, un volumen de 1899 páginas, algunas de ellas ilustradas, con 30 textos inéditos y 3 mil modificaciones a la obra completa anterior, de Espasa Calpe, compilada en 1992 por Carmen Alemany, Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira.
            Esta nueva publicación, bajo el sello de la editorial Edaf, incluye un estudio preliminar de la vida y obra del poeta de Orihuela, así como una revisión crítica, con notas y comentarios de los géneros que recoge, desde su poemario hasta dos cuentos infantiles inéditos, biografías de toreros (de sus años como redactor de El Cossío), teatro, prosa y crónicas periodísticas.
            El autor de El rayo que no cesa, para la crítica su obra más lograda, falleció, con tan sólo 31 años de edad, hace más de siete décadas, en una prisión de Alicante, entre hemorragias y dolores ocasionados por una infección de tifus complicada con tuberculosis pulmonar aguda.
            En una época en que sobresalía el filosofismo de la Generación del 27 y la renovación culta de Garcilaso de la Vega y Luis de Góngora, el juglar pastor atavió la lírica castellana con el sencillo y admirable atuendo de un campesino que además de apacentar ovejas sabía articular admirablemente los más íntimos clamores del alma.
            Su obra, abierta, original y conmovedora, está escrita en versos pulcros y musicales. Su gran valor ante el sufrimiento marca una pauta en la expresión más genuina de la postguerra. Su primer libro, Perito en lunas, refleja el trabajo autodidacta del aldeano enamorado de los versos de Góngora. En 1936, cuando se aleja de los moldes expresivos gongorinos para asentarse en una cosmovisión libre de la estética burguesa, sentimos al poeta que ya ha encontrado su tono inconfundible.
            El comienzo de la Guerra Civil española adentra a Miguel Hernández en un piélago de calamidades, en el que se contempla a sí mismo “sentado sobre los muertos, ruiseñor de las desdichas, eco de la mala suerte”.
            Dentro de lo que el poeta llamó “poesía de guerra”, están incluidos sus poemarios Viento del pueblo (1937) y El hombre asecha (1939), libros que ya muestran al escritor comprometido. En 1937, ya involucrado en la Guerra Civil como voluntario en el 5.º Regimiento del movimiento de izquierda antifascista, Hernández logra escapar fugazmente a Orihuela para casarse con la andaluza Josefina Manresa con la que mantenía relaciones desde 1934.
            De esta unión nacieron dos hijos, Manuel Ramón, en marzo de 1937, que muere a los pocos meses de nacer y a quien están dedicados los siguientes versos: “Hijo del alba eres, hijo del mediodía. / Y ha de quedar de ti luces en todo impuestas, / mientras tu madre y yo vamos a la agonía, / dormidos y despiertos con el amor a cuestas”. A su segundo hijo, Manuel Miguel, nacido en enero de 1939, le escribe “Nana de las cebollas”, la tristeza más enternecedora jamás modulada en una canción de cuna.  
            En “Nana de las cebollas” hallamos un retorno a los procedimientos de la poesía popular de tipo tradicional, en forma de seguidilla. La historia detrás de este poema es simplemente emotiva. Con la victoria del bando nacional, Hernández es condenado a muerte, pena que fue reducida posteriormente a 30 años de prisión. Preso, recibe una carta de su esposa en la que le comunica que por muchos días no hay otra cosa que comer que cebolla. El poeta le responde en misiva fechada el 12 de septiembre de 1939: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche”.
           Con la licencia de mis estimados lectores, reproduzco algunos versos de esta sublime composición: “En la cuna del hambre / mi niño estaba. / Con sangre de cebolla / se amamantaba (…) Una mujer morena / resuelta en lunas / se derrama hilo a hilo / sobre la cuna. / Ríete niño / que te traigo la luna / cuando es preciso. // Tu risa me hace libre, / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca. / Boca que vuela, / corazón que en tus labios / relampaguea”. Es tu risa la espada / más victoriosa, / vencedor de las flores / y las alondras. / Rival del sol. / Porvenir de mis huesos / y de mi amor (...)”.

sábado, 1 de octubre de 2016

Poeta en Nueva York

 Lorca (der.), en la Universidad de Columbia, con la intelectual mexicana María Antonieta Rivas y dos amigos sin identificar
Por Leonardo Venta

En su primera salida de España, Federico García Lorca vivió en Nueva York, desde el  25 de junio de 1929 al 4 de marzo de 1930. De allí partió hacia Cuba, donde residió por tres meses. En la isla con forma de caimán se ventiló de luz; en la Gran Manzana, de lobreguez.
            En suelo neoyorquino tuvo la oportunidad de experimentar un acercamiento diferente a la moralidad y la sexualidad que gozaba en su original Granada. Por otra parte, allí descubre Hojas de hierba de Walt Whitman, un poemario que aborda manifiestamente el tema de la homosexualidad.
            Forastero del idioma  inglés, escribe Poeta en Nueva York durante su estancia en la Universidad de Columbia, y en parte a su regreso a España. Dicha colección de poemas, contiene al menos dos en los que se aborda el tema de la homosexualidad abiertamente. En “Tu infancia en Menton”, el hablante lírico reprocha al amado por su distanciamiento y falta de compromiso amoroso: “Norma de amor te di, hombre de Apolo, / llanto con ruiseñor enajenado, / pero, pasto de ruina, te afilabas / para los breves sueños indecisos”.
             “Oda a Walt Whitman”, escrito bajo el impacto directo que le produjo el gran poeta estadounidense, puede interpretarse como el manifiesto lorquiano sobre el tema de la homosexualidad. Lorca hace énfasis en la autenticidad del amor, independientemente de su naturaleza: “Tú buscabas un desnudo que fuera como un río –indica refiriéndose a Whitman– toro y sueño que junte la rueda con el alga, / padre de tu agonía, camelia de tu muerte, y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto”.
            Versos más abajo leemos: “Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, / contra el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero, / ni contra los solitarios de los casinos / que beben con asco el agua de la prostitución, / ni contra los hombres de mirada verde / que aman al hombre y queman sus labios en silencio”.
            Luego arremete contra los “maricas de las ciudades”, quienes, según él, pervierten y degradan el amor con su insinceridad y vicios: “Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo, / madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño / del Amor que reparte coronas de alegría”.
            El Lorca neoyorquino bosqueja los signos místicos de representación para remar en un pantano espiritual. La gran urbe le resulta desatenta, mecánica, lo priva de los gratos aromas de su naturaleza granadina. Se espanta de la maldad que cobija, cae, se derrumba y alucina en un amorfo e incompatible cosmos, al tiempo que rechaza el trato dispensado a la otredad negra, como si fuese a los gitanos, a los homosexuales, reprimidos siempre: "¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! ¡Ay Harlem! / No hay angustia comparable a tus ojos oprimidos, / a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro, / a tu violencia granate sordomuda en la penumbra / a tu gran rey prisionero, ¡con un traje de conserje!".
            En su poema “La aurora” se estremece ante las sombras que proyectan sobre su alma indiferentes viciados rascacielos neoyorquinos de “inmensas escaleras” desprovistas de toda humanidad. Familiares símbolos, como el agua, aparecen desprovistos de su significación vital, “aguas podridas”, para revelar una existencia deprimente.
            Las palomas dejan de ser blancas para tornarse negras; los olorosos nardos exhalan pestilente angustia, los niños son abandonados, y la necesaria luz es sepultada. La llegada del amanecer sólo deja rastros de un naufragio de sangre. La madrugada, en su doliente misterio de estrenos, se transforma en gemido de muerte, “nardos de angustia dibujada”, así como se amilana ante “los ruidos de las cadenas que acaban por sepultar la luz naciente”.
            La naturaleza, tan humana como el alma para el poeta, es asesinada por la civilización. La sonrosada luz que precede a la salida del Astro Rey se funde con el nacimiento y la muerte en delirante batalla lírica. Todo es naufragio: “Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes como recién salidas de un naufragio de sangre”. El alba agoniza desde sus primero hálitos: “La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno / y un huracán de negras palomas, / que chapotean las aguas podridas”. Los que madrugan o aquellos insomnes de la libertad excesiva, al igual que la voz poética, se saben protagonistas de una cotidiana catástrofe.
            La aurora de cieno impacta el mundo interior del hablante lírico; es el oscuro firmamento ajeno, que desconcierta al campesino de Fuente Vaqueros, que sufre el choque ante una impasible hipercivilización, impenetrablemente absurda.
            Poeta en Nueva York es el hermetismo enloquecido de la angustia que estremece. Rafael Alberti lo define como “el gran placer y la gran victoria lorquiana de destruir al verso demasiado elaborado, demasiado terso, demasiado métrico, demasiado preciso”. El escritor, ensayista, poeta y dramaturgo español José Bergamín, en el prólogo a la edición completa en México del libro, lo advierte como “una nube que  pasa por el sentir hondo y claro de nuestro poeta”. Para nosotros, es una aurora, muy adentro, independientemente de su geografía, que  “llega y nadie la recibe en su boca, porque allí no hay mañana ni esperanza posible”.

viernes, 13 de marzo de 2015

“Campos de Soria”

Antonio Machado y su esposa Leonor Izquierdo, fallecida a los 18 años de edad, víctima de la tuberculosis

Por Leonardo Venta
 
El largo poema “Campos de Soria” está dividido en nueva partes en las que Antonio Machado, su autor, describe la hermosa y fría tierra soriana – a más de mil metros de altitud, lo que la convierte en una de las poblaciones más frías de España – a tono con el sentir patético del yo poético: “¡Soria fría! (…) Soria, ciudad tan castellana / ¡tan bella! bajo la luna”. El amplio margen que ofrece el simbolismo del único satélite natural de la Tierra puede interpretarse como el lado inasequible de la naturaleza, la espiritualidad intimista que ilumina la oscuridad, o un conocimiento interior de gran subjetividad intuitiva.

A la descripción de los paisajes se ciñen sus pobladores: “¡Gentes del alto llano numantino / que a Dios guardáis como cristianas viejas, / que el sol de España os llene / de alegría, de luz y de riqueza! (…) y los caminos / ya ocultan los viajeros que cabalgan / en pardos borriquillos / ya al fondo de la tarde arrebolada / elevan las plebeyas figurillas, que el lienzo de oro del ocaso manchan”. Nótese como los humanos son minimizados, casi aplastados, ante la grandiosidad del entorno. No obstante, las sombras que proyectan estas ‘figurillas que cabalgan’, diminutas ante el rigor de la naturaleza, cobran dimensiones monumentales en su abandono: “Bajo una nube de carmín y llama, / el oro fluido verdinoso / del poniente, las sombras se agigantan”.  El yo poético exalta un paisaje humanizado: “Por las colinas y las selvas calvas [sin vegetación alguna] (…) tardes de Soria, mística y guerrera (…) ¡Campos de Soria / donde parece que las rocas sueñan / conmigo vais! (…) alborotando en blancos torbellinos / la nieve silenciosa”.

Asimismo, despunta el paisaje con triste y amoroso sentir intimista: “Oh, sí, conmigo vais, campos de Soria”. El hablante lírico, más que describir, dialoga con el paisaje y sus gentes: “agria melancolía / de la ciudad decrépita / me habéis llegado al alma / ¿o acaso estabais en el fondo de ella?”. A dicho diálogo – estrategia discursiva que prescinde del narrador e introduce al lector directamente en el contexto – se refiere el ensayo “La generación del 98: Intimismo y dialogicidad en la poesía de Antonio Machado”, escrito por José Jesús de Bustos Tovar: “…hemos de entender [la oralidad en la poesía de Machado] en el marco de una gradualidad que comprende, desde la pura dialogicidad, explícita o implícita, hasta la inscripción del tono coloquial en el lenguaje poético”.

 Según de Bustos, “la poesía de Machado responde a una necesidad interna del yo en hacerse presente ante su otro yo”, lo cual se manifiesta a través del desdoblamiento de la propia individualidad; pero, además, el hablante poético necesita referirse al otro, al lector, “para que el propio yo se haga explícito”. El empleo de la forma interrogativa, no como pregunta, aunque eso aparente, sino como una forma de exteriorización enfática del yo poético – “¿o acaso estabais en el fondo de ella?” – le imparte honda carga emotiva al poema. De Bustos se refiere a cómo en algunas composiciones de Machado, “el núcleo del poema se construye cediendo la enunciación en primera persona del poeta a la tercera persona evocada”. Esta técnica es palmaria en “Campos de Soria”, al enunciar los elementos de la naturaleza: “¡Álamos del amor que ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras almas llenas (…) álamos de las márgenes del Duero, conmigo vais, mi corazón os lleva! // ¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria”. La estructura enunciativa en forma dialógica funde el pensamiento con la emoción. El hablante lírico se integra totalmente a la descripción y más que referirse al lector, desde una distancia enunciativa, se abriga, y le abriga, de Soria y su gente.

El poema, a pesar de las características conceptuales que lo identifican plenamente con el término ‘desastre’, tan usado para definir a la generación del 98, lanza algunos guiños esperanzadores para España, a través de la imagen de “la niña que piensa que en los verdes prados / ha de correr con otras doncellitas / en los días azules y dorados, cuando crecen las blancas margaritas”. Nótese como las tonalidades sombrías se tornan coloridas, y la pureza del color blanco se proyecta hacia un horizonte vago pero esperanzador.

Asimismo, el yo poético, desde el presente que le vulnera – la enfermedad y muerte temprana de su esposa Leonor Izquierdo, cuyo restos reposan en Soria – y el literal aire helado de la región, evoca un pasado halagüeño: “¡Álamos del amor que ayer tuvisteis / de ruiseñores vuestras ramas llenas; – para raudamente lanzar un nuevo lánguido consolador respiro – álamos que seréis mañana liras / del viento perfumado en primavera / álamos del amor cerca del agua / que corre y pasa y sueña, / álamos de las márgenes del Duero, / conmigo vais, mi corazón os lleva! ”. Los álamos – ¿postrados por el crudo invierno?, ¿talados? (al igual que la existencia de la esposa del poeta), ¿aplastados bajo la bota adversa del histórico ‘desastre’ de 1898? – se transformarán en instrumentos efectivos y afectivos, acariciantes liras del viento en primavera.

El sentir de “Campos de Soria” despereza en nosotros el de “A un Olmo Seco”, otra admirable creación machadiana: “Antes que te derribe, olmo del Duero, / con su hacha el leñador, y el carpintero / te convierta en melena de campana, / lanza de carro o yugo de carreta; / antes que rojo en el hogar, mañana, / ardas de alguna mísera caseta, / al borde de un camino; / antes que te descuaje un torbellino / y tronche el soplo de las sierras blancas; / antes que el río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. // Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera”.




viernes, 20 de febrero de 2015

El amor en la literatura


"Paolo y Francesca" (1864), obra del artista germano Anselm Feuerbach
Por Leonardo Venta

El más enamorado mes del año ya se nos adentra, luego de prodigarnos su decimocuarta jornada, en la que celebramos ese inexplicable instinto de traspasar nuestro propio celaje para fundirnos en otro firmamento. La literatura universal refleja esa experiencia afectiva, y en este espacio nos referiremos a ella, ilustrándola con algunos elevados ejemplos.

La historia de Paolo y Francesca, inmortalizada por Dante Alighieri en la Divina Comedia, es un conmovedor ejemplo de amor prohibido. Dante los ubica en el segundo círculo del Infierno, donde se castiga a aquellos cuya razón sucumbe ante la pasión, perennemente impelidos por un torbellino de un lugar a otro. “…por deleite, leíamos un día: / soledad sin sospechas la nuestra era. // Palidecimos, y nos suspendía / nuestra lectura, a veces, la mirada; / y un pasaje, por fin nos vencería. // Al leer que la risa deseada / besada fue por el fogoso amante, / éste, de quien jamás seré apartada, // la boca me besó todo anhelante. / Galeoto fue el libro y quien lo hiciera: / no leímos ya más desde ese instante”.

 La literatura registra huellas del amor no correspondido. Garcilaso de la Vega, a pesar de sufrir el rechazo de Isabel de Freyre, perpetúa su pasión hacia ella en varios de los más bellos poemas escritos en lengua castellana. “Yo no nací sino para quereros; / mi alma os ha cortado a su medida; / por hábito del alma misma os quiero.// Cuanto tengo confieso yo deberos; / por vos nací, por vos tengo la vida, / por vos he de morir y por vos muero”, leemos en su “Soneto V”.

Luis de Góngora arremete contra los celos en uno de sus sonetos: “¡Oh celo, del favor verdugo eterno!, / vuélvete al lugar triste donde estabas, o al reino (si allá cabes) del espanto; / mas no cabrás allá, que pues ha tanto / que comes de ti mesmo y no te acabas, / mayor debes de ser que el mismo infierno”.

Nicolás Guillén lamenta el desamor en un soneto dedicado al poeta François Villon: “Cerca de ti, ¿por qué tan lejos verte? / ¿Por qué noche decir, si es mediodía? / Si arde mi piel, ¿por qué la tuya es fría? / si digo vida yo, ¿por qué tú muerte? ”.

El amor puede transmutarse en odio, cuando la desconfianza escala matices oscuros hasta alcanzar su cénit en forma de homicidio. El Otelo shakespereano asesina a la Desdémona que cree infiel para luego suicidarse: “¡Te besé antes de matarte!... ¡No me queda más que este recurso: darme la muerte para morir con un beso!”.

Ahora bien, no todos los amores desatan tormentas pasionales. Hay devociones tan místicas que extasían de sólo avistarlas, como la de San Juan de la Cruz por su Creador: “Quedéme y olbidéme / el rostro recliné sobre el amado [Dios]; /cessó todo, y dexéme /dexando mi cuydado / entre las açucenas olbidado”.

En el poema narrativo “La niña de Guatemala”, José Martí destila la exaltación desgarradora del amor idealizado: “Era su frente ¡la frente / que más he amado en mi vida!”. El poeta besa la frente – “como del bronce candente” –, la mano y los zapatos de su amada muerta: “Allí, en la bóveda helada, / la pusieron en dos bancos, / besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos”.

En “El poeta a su amada”, Cesar Vallejo también deposita amoroso ósculo sobre fúnebre pureza amorosa, “…y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos. // Y ya no habrá reproches en tus labios benditos; / ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura / los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”.

Ernesto Cardenal, como ningún otro poeta, arrulla el hambre de amor de Marilyn Monroe, grácil, ingenua y excitante, con aquella sonrisa que encubría oceánicas lágrimas: “Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes. / Para la tristeza de no ser santos / se le recomendó el Psicoanálisis”.

Pocos le han cantado al amor sin alas como Luis Cernuda: “…si el hombre pudiese levantar su amor por el cielo / como una nube en la luz”. El poeta, consternado, acepta el triunfo de la realidad sobre el deseo, y admite, en un derrumbamiento casi epopéyico, su fracaso afectivo: “Como la arena, tierra, / como la arena misma, / la caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira. / Tú sola quedas con el deseo, / con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío, /… Tierra, tierra y deseo. / Una forma perdida”.

Federico García Lorca llevaba a cuestas los duendes sombríos de la tragedia, arrebujados en una manera diferente de amar, castigada, latente en sus más elaboradas imágenes poéticas. En “Tu infancia en Menton”, reprocha al amado por su distanciamiento y falta de compromiso amoroso: “Norma de amor te di, hombre de Apolo, / llanto con ruiseñor enajenado, / pero, pasto de ruina, te afilabas / para los breves sueños indecisos”.

En Sonetos del amor oscuro, una selección de la más alta poesía erótico-amorosa lorquiana, la “oscuridad” sugiere el inquietante destino del amor vedado. De dicha selección, “El Amor duerme en el pecho del poeta” se refiere a un ente masculino como receptor de su afecto: “Tú nunca entenderás lo que te quiero / porque duermes en mí y estás dormido / yo te oculto llorando, perseguido / por una voz de penetrante acero”.

"La Balada de la Cárcel de Reading", más allá de examinar las inquietudes que galopan o se tienden sobre la conciencia de Charles Thomas Wooldridge, un condenado a la pena capital por asesinar a su esposa, es el pretexto de que se vale Oscar Wilde para eximir su propio amor confinado: “Pero todos los hombres matan lo que aman, oigan, oigan todos / algunos lo hacen con una mirada amarga, otros con una palabra lisonjera...algunos matan su amor cuando son jóvenes y otros cuando viejos / algunos lo estrangulan con las manos de la lujuria, otros con las manos del oro / algunos aman poco, otros demasiado, unos venden y otros compran / hay quienes obran con muchas lágrimas y quienes matan con un suspiro: porque todo hombre mata lo que ama...el cobarde lo hace con un beso, el valiente con una espada”.

jueves, 3 de abril de 2014

El poeta que nació un día que Dios estuvo enfermo

“Vallejo, que luchó a brazo partido con la palabra pero extrajo de sí mismo una actitud de incanjeable calidad humana, está milagrosamente afirmado en nuestro presente, y no creo que haya crítica, o esnobismo, o mala conciencia, que sean capaces de desalojarlo”. Mario Benedetti [1967]

Por Leonardo Venta

“Hay un vacío / en mi aire metafísico / que nadie ha de palpar: / el claustro de un silencio / que habló a flor de fuego. // Yo nací un día / que Díos estuvo enfermo”.
Cesar Vallejo




            Según Cesar Vallejo, el 16 de marzo de 1892, fecha en que él naciera en Santiago de Chuco – la capital de la Poesía en el Perú –, Dios estuvo enfermo. El poeta de las tristezas propias y, sobre todo, las ajenas, supo ahondar como pocos en el dolor cotidiano y la muerte; presentar al mundo como un lugar hostil donde los alienados viven sin esperanzas; al mismo tiempo que formular la superación de los males sociales mediante la solidaridad y la acción revolucionaria.
            La grandeza poética de Vallejo no tiene paragón en Perú ni, tal vez, en la América del siglo XX. Cuando emprendió su peregrinar por los piélagos de la poesía, reinaba en su país la pomposidad sensorial modernista de José Santos Chocano, la delicada constelación simbólica postmodernista de José María Eguren; y el etéreo refinamiento de “la belle époque peruana”, resumida en la lírica del también narrador Abraham Valdelomar, todos bajo el celaje del nicaragüense genio dariano.
            En el primer poemario de Vallejo, Los Heraldos Negros (impreso en 1918, aunque no circuló hasta 1919), si bien el no tan joven poeta – 26 años de edad – aún infunde aliento a la estética modernista, escapa de su ser un hondo bramido propio, desolado y sensible, capaz de tañer y estrujar las fibras más indóciles y recónditas del alma, para arropar el inmarcesible paraje evasivo de los poetas que le precedieron con el lamento del insondable dolor omnipresente: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... ¡Yo no sé!”, gime virilmente Vallejo en el poema "Los heraldos negros" que da título general al libro que lo incluye
            Los Heraldos Negros, el poemario, está en buena medida colmado de poemas de amor, rasgados con componentes cristianos que el hablante lírico evoca o cuestiona, tras una constelación de culpas y arrepentimientos. En “El poeta a su amada”, leemos: “Amada, en esta noche tú te has crucificado / sobre los dos maderos curvados de mi beso, / y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado, / y que hay un viernesanto más dulce que ese beso”, para luego depositar un enamorado lúgubre ósculo a la pureza amorosa, “y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos. // Y ya no habrá reproches en tus labios benditos; / ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura / los dos nos dormiremos, como dos hermanitos”.
             Además de la susodicha intimidad pasional entre hombre y mujer, el hablante lírico loa en Canciones de hogar, segmento que cierra su primer libro, una tibieza familiar donde además de las figuras de la adorada madre y el augusto padre – “En un sillón antiguo sentado está mi padre. / Como una Dolorosa, entra y sale mi madre. / Y al verlos siento un algo que no quiere partir”, se versifica la dulce memoria de Miguel, el hermano muerto, con dos tipos de ocultaciones, el del juego infantil, "las escondidas" y el de la muerte, el escondite del que no hay regreso: “Miguel, tú te escondiste / una noche de agosto, al alborear; / pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste. / Y tu gemelo corazón de esas tardes / extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y / ya / cae sombra en el alma. // Oye hermano, no tardes / en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá”.
            Su segundo libro, Trilce (1922), constituye un momento clave en la renovación del lenguaje poético iberoamericano. Nuestro gran poeta trasciende los modelos tradicionales que hasta en cierto sentido había respetado, añadiendo elementos de la vanguardia a su poesía. Si bien, numerosos estudiosos afirman que alcanzó su plenitud como poeta con Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz, publicados póstumamente (1939 y 1940).
            A raíz de una falsa acusación de vandalismo y asesinato, fue a la cárcel por alrededor de tres meses. El 17 de junio de 1923 abandona para siempre su amado Perú, para dirigirse a una luminosa capital francesa que sólo le ofrecería tenebrosidades económicas y emocionales hasta la muerte. “Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo. / Me moriré en París – y no me corro – / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño”, presagió en “Piedra negra sobre una piedra blanca” (1937).
            El Vallejo que descendió en calidad de irreverente Cristo-poeta, o Alonso Quijano – en angustiosa anagnórisis – a la Cueva de Montesinos, o al literal infierno de la condición humana, si bien no murió un jueves, falleció un Viernes Santo, el 15 de abril de 1938. para darle forma a tan desgarradora experiencia en quejumbrosos y apasionados henchidos versos.
            Cristo marxista, camarada de los pobres y desclasados, juglar de la justicia, el amor y la solidaridad social, César Vallejo vivió y escribió – magistralmente – como quien robara ‘huesos ajenos’, o se bebiera el café que le estaba destinado a otro.

martes, 12 de febrero de 2013

Regreso

Por Dinorah Rivas*

– El orquideario de la abuela ha retoñado dos flores – dijo el tío conmovido.
Será el milagro de los últimos días de invierno...


Te hallé envejecida,
mutilados los huesos,
apenas sosteniendo la estructura
fragmentada en tu agonía.

Surcaban tus callejas aguas turbias:
racimos agrios de desoladas lágrimas.

Amasé la tierra evocando las huellas
por donde entonces corriera ligera
con la sola premura de la inocencia,
y acercaste tu pena hasta mi pecho
como la ola acaricia el arrecife,
rompiendo en conmovido abrazo.

Ya no eran tan blancos los rosales...

Pero el sol, Inmaculado,
aún penetraba en el hogar
por las grietas de los antiguos vitrales.

 

* En “Regreso”, de Dinorah Rivas, la voz poética, a semejanza del Tonio Kröger de la novela homónima de Thomas Mann, describe con imágenes la vuelta al hogar, a la encanecida y maltrecha patria – ya sea un regreso  literal u onírico, ¿qué importa? –. Lo que fija nuestros sentidos, en cernudiano modo, es el reencuentro: el choque emocional entre el mórbido presente y el pasado agazapado en remoto celaje idealizado.

domingo, 4 de marzo de 2012

Nicolás Guillén – “Soneto” – musicalización e interpretación de Amaury Pérez



"Soneto" La paloma de vuelo popular (1974) – Nicolás Guillén

Cerca de ti, ¿por qué tan lejos verte?
¿Por qué noche decir, si es mediodía?
Si arde mi piel, ¿por qué la tuya es fría?
si digo vida yo, ¿por qué tú muerte?

Ay, ¿por qué este tenerte sin tenerte?
Este llanto ¿por qué, no la alegría?
¿Por qué de mi camino te desvía
quién me vence tal vez sin ser más fuerte?

Silencio. Nadie a mi dolor responde.
Tus labios callan y tu voz se esconde.
¿A quién decir lo que mi pecho siente?

A ti, François Villon*, poeta triste,
lejana sombra que también supiste
lo que es morir de sed junto a la fuente.

* François Villon (1431-1463?), poeta francés que vivió a mediados del siglo XV. Nació a comienzos de la década del `30 en el siglo XV y se desconoce cuando murió. Su creación más celebrada es `La balada de los ahorcados`, escrita cuando esperaba su ejecución en la horca.

Los datos acerca de la vida de François Villon son inciertos. Se dice siempre de él que era un marginal. Que no pocas veces fue encarcelado, que era un truhán. Quienes se han abocado a seguir su itinerario y a estudiar su obra lo describen como el más ilustre y genuino precursor de la poesia maldita.

Nacido en 1431 o 1432, su verdadero nombre era François de Montcorbier, huérfano de padre, fue confiado al maestro Guillaume de Villon (del cual adoptó el apellido), canónico y capellán de Saint-Benoît-le-Bétourné, quien lo envía a seguir estudios en la facultad de artes. Pero después de haber obtenido una licenciatura, descuida el estudio para correr detrás de la aventura. A partir de esta época, su vida tendrá por telón de fondo la guerra de los cien años y su cortejo de brutalidades, hambruna y epidemias. Acusado de asesinar al religioso Philippe Sermoise, su rival en amores, es obligado a huir de París. Pero obtiene el perdón en enero de 1456. Poco después participa en el hurto del Colegio de Navarra. Entre 1456 y 1461, prosige sus andanzas por el valle del Loira, es puesto en prisión durante el verano de 1461, pero liberado algunos meses más tarde en ocasión de una visita de Luis XI. De retorno a París, escribe Le Testament pero es arrestado una vez más en 1462. Es torturado y condenado a la horca, pero el juicio será casado en apelación en enero de 1463. La pena es conmutada por diez años de destierro de París. Perdemos su rastro después de este último episodio.

Villon no renovó tanto la forma de la poesía de su tiempo como sus temas. Dio nueva vida a motivos heredados de la cultura medieval que él conocía a la perfección y los animó con su propia y original personalidad. Así, toma a contrapie el ideal cortés, invierte los valores admitidos celebrando a las gentes destinada al patíbulo, se entrega de buen grado a la descripción burlesca o a las bromas subidas de tono, y multiplica las innovaciones en el lenguaje. Pero la estrecha relación que Villon establece entre los eventos de su propia vida y su poesía lo lleva a dejar igualmente que la tristeza y la melancolía se apoderen de sus versos. Le Testament (1461), que es considerada como su obra capital, se inscribe como una prolongación del `Legado` (1456), al que se le llama comúnmente, el `pequeño testamento`. Ese largo poema de 2023 versos está marcado por la angustia de la muerte a la que el propio Villon acababa de ser condenado y recurre, con una singular ambigüedad, a una mezcla de reflexiones sobre el tiempo, amargas chanzas, invectivas y fervor religioso. Esta combinación de tonos contribuye a dar a la obra de Villon un sinceridad patetista que la singulariza respecto a la de sus predecesores.

Villon, ignorado por su tiempo, es redescubierto en el siglo XVI antes que Marot lo publique.

lunes, 25 de abril de 2011

Palabras para Julia - Paco Ibañez.



"Palabras para Julia" de José Agustín Goytisolo


Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.

Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

viernes, 18 de junio de 2010

“Campos de Soria”, Antonio Machado

Por Leonardo Venta

El poema CXII, del libro Campos de Castilla , titulado “Campos de Soria”, está dividido en nueva partes que son como estampas animadas que describen la hermosa y fría tierra soriana , a tono con el sentir patético de la voz poética: “¡Soria fría! […] Soria, ciudad tan castellana / ¡tan bella! Bajo la luna (vv. 95 y 98).

A la descripción de los paisajes se ciñen sus pobladores: “¡ Gentes del alto llano numantino […]” (v. 141), “(…) y los caminos / ya ocultan los viajeros que cabalgan / en pardos borriquillos / ya al fondo de la tarde arrebolada / elevan las plebeyas figurillas , que el lienzo de oro del ocaso manchan” (vv. 25-30). No obstante, las sombras de estas ‘figurillas que cabalgan’, diminutas ante el rigor y las inclemencias de la naturaleza, cobran dimensiones monumentales en su abandono : “Bajo una nube de carmín y llama, / el oro fluido verdinoso / del poniente, las sombras se agigantan” (vv. 48-50).

La voz lírica exalta un paisaje humanizado: “Por las colinas y las selvas calvas , (v. 2), “tardes de Soria, mística y guerrera, (v. 106), “[…] ¡Campos de Soria / donde parece que las rocas sueñan […]” (vv. 109-110), “alborotando en blancos torbellinos / la nieve silenciosa […]” (vv. 55-56); asimismo, despunta el paisaje con hondo, triste y amoroso sentir intimista: “Oh, sí, conmigo vais, campos de Soria […]” (v. 133). El hablante lírico, más que describir, dialoga con el paisaje y sus gentes: “agria melancolía / de la ciudad decrépita / me habéis llegado al alma / ¿o acaso estabais en el fondo de ella?” (vv. 137-140). A este diálogo se refiere José Jesús de Bustos Tovar en su ensayo “La generación del 98: Intimismo y dialogicidad en la poesía de Antonio Machado”.

Según de Bustos, “la poesía de Machado responde a una necesidad interna del yo en hacerse presente ante su otro yo” (162), que se manifiesta a través del desdoblamiento de la propia individualidad, pero, además, la voz poética necesita referirse al otro, al lector, “para que el propio yo se haga explícito” (162). El empleo de la forma interrogativa, no como pregunta, aunque eso aparenta, sino como una forma de exteriorización enfática del yo poético – ¿o acaso estabais en el fondo de ella? (v. 140) – le imparte al poema una honda carga emotiva.

De Bustos también se refiere en su ensayo a cómo en algunos poemas de Machado, tales como “A don Francisco Giner de los Ríos”, “el núcleo del poema se construye cediendo la enunciación en primera persona del poeta a la tercera persona evocada. En “Campos de Soria” esta técnica es sumamente palmaria, son evocados en este caso los elementos de la naturaleza: “¡ Álamos del amor que ayer tuvisteis de ruiseñores vuestras almas llenas […]” (vv.125-26), “[…] álamos de las márgenes del Duero, conmigo vais, mi corazón os lleva […]” (131-32)¡Oh, sí, conmigo vais, campos de Soria[…]”(v.133).

Como formula De Bustos, en Machado “la estructura enunciativa en forma dialógica condensa extraordinariamente el pensamiento y la emoción” (166). El hablante lírico se integra totalmente a la descripción y más que referirse al lector, desde una distancia enunciativa, se arropa de Soria y su gente. El poema, a pesar de las características conceptuales que lo identifican plenamente con el término ‘desastre’, tan usado para definir a la generación del 98, lanza algunos guiños tropológicos esperanzadores para la España del mañana, a través de la imagen de “la niña que piensa que en los verdes prados / ha de correr con otras doncellitas / en los días azules y dorados, cuando crecen las blancas margaritas” (vv. 75-9).

Nótese como las tonalidades sombrías se tornan coloridas, y el blanco de la pureza se proyecta sobre un horizonte vago pero esperanzador. Asimismo, la voz poética, desde el presente frío y sombrío que le aqueja , y el literal de Soria, evoca un pasado de esplendor: “¡Álamos del amor que ayer tuvisteis / de ruiseñores vuestras ramas llenas […]” (vv. 125-6).
Asimismo lanza tenues guiños de confianza futura: “álamos que seréis mañana liras / del viento perfumado en primavera” (vv. 127-8). El tropo sugiere que los álamos al ser derribados, ¿postrados por el frío invierno de Soria?, ¿talados? , ¿o aplastados bajo la bota adversa que afecta a la España de ese momento?, de cualquier manera se transformarán en instrumentos efectivos y afectivos: “serán liras que acariciarán al viento en primavera’. Imagen que nos evoca el poema “A un Olmo Seco”, del mismo autor: “antes que te descuaje un torbellino / y tronche el soplo de las sierras blancas; / antes que el río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas, olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida. // Mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera” (vv. 22-30).


Bibliografía

Beristáin, Helena. Diccionario de Retórica y Poética. México: Porrúa, 2003.

De Bustos Tovar, José Jesús. La generación del 98: relectura de textos. “Intimismo y
dialogicidad en la poesía de Antonio Machado."
Analecta Malacitana 24 (1999): 153-77.

Machado, Antonio. Campos de Castilla. Ed. Geoffrey Ribbans. Madrid:
Ediciones Cátedra, 2003.



Campos De Soria

I


Es la tierra de Soria árida y fría.
Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,
la primavera pasa
dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.
La tierra no revive, el campo sueña.
Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.


II


Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde obscuro en que el merino pasta,
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegre de infantil Arcadia.
En los chopos lejanos del camino,
parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor ?las nuevas hojas?
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.


III


Es el campo undulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas,
que el lienzo de oro del ocaso manchan.
Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuidos por montes de violeta,
con las cumbres de nieve sonrosado.


IV


¡Las figuras del campo sobre el cielo!
Dos lentos bueyes aran
en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;
y tras la yunta marcha
un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.
Bajo una nube de carmín y llama,
en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan.


V


La nieve. En el mesón al campo abierto
se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.
El cierzo corre por el campo yerto,
alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.
La nieve sobre el campo y los caminos,
cayendo está como sobre una fosa.
Un viejo acurrucado tiembla y tose
cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.
Padres los viejos son de un arriero
que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.
En torno al fuego hay un lugar vacío
y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
¿tal el golpe de un hacha sobre un leño?.
La vieja mira al campo, cual si oyera
pasos sobre la nieve. Nadie pasa.
Desierta la vecina carretera,
desierto el campo en torno de la casa.
La niña piensa que en los verdes prados
ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.


VI


¡Soria fría, Soria pura,
cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!
¡Muerta ciudad de señores
soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!
¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.


VII


¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!…


VIII


He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria ?barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra?.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!


IX


¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.
Me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!



miércoles, 16 de junio de 2010

Sexualidad en la poesía de Lorca

http://www.emilytarleton.com/
Artista: Emily E. Tarleton. Para visitar su cibersitio, presionar aquí

Por Leonardo Venta

Los duendes de la identidad personal, la necesidad de expresión artística, así como la sexualidad y la muerte, son temas presentes en la obra de Federico García Lorca, probablemente el escritor más famoso de la España del siglo XX.

En la década de 1920, Lorca viajó a Nueva York, donde tuvo la oportunidad de tener un acercamiento diferente a la moralidad y la sexualidad del que conocía en su original Granada. Por otra parte, en Nueva York descubre “Hojas de hierba” de Walt Whitman, un poemario que aborda manifiestamente el tema de la homosexualidad.

Cronológicamente, “Canción de Mariquita” es el primer poema en que Lorca aborda motivos homosexuales: “El mariquita se peina / en su peinador de seda. / Los vecinos se sonríen / en sus ventanas postreras”. En el soneto “Adán”, la voz poética ansía ser seducida por un cuerpo de mujer desnuda (relacionado con la luz del día), en lugar de sentir atracción, a su pesar, por el cuerpo de un adolescente (asociado con la noche y la luna): “Pero otro Adán oscuro está soñando / neutra luna de piedra sin semilla / donde el niño de luz se irá quemando”.

El famoso libro Poeta en Nueva York, contiene al menos dos poemas en los que Lorca aborda el tema de la homosexualidad abiertamente. En “Tu infancia en Menton”, el hablante lírico reprocha al amado por su distanciamiento y falta de compromiso amoroso: “Norma de amor te di, hombre de Apolo, / llanto con ruiseñor enajenado, / pero, pasto de ruina, te afilabas / para los breves sueños indecisos”.

El poema “Oda a Walt Whitman”, escrito bajo el impacto directo que produjo en Lorca el gran poeta estadounidense, puede interpretarse como el manifiesto lorquiano sobre el tema de la homosexualidad. Lorca hace énfasis en la autenticidad del amor, independientemente de su naturaleza: “Tú buscabas un desnudo que fuera como un río –indica refiriéndose a Whitman– toro y sueño que junte la rueda con el alga, / padre de tu agonía, camelia de tu muerte, y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto”.

Versos más abajo leemos: “Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman, / contra el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero, / ni contra los solitarios de los casinos / que beben con asco el agua de la prostitución, / ni contra los hombres de mirada verde / que aman al hombre y queman sus labios en silencio”.

En el mismo poema, Lorca arremete contra los “maricas de las ciudades”, quienes, según él, pervierten y degradan el amor con su insinceridad, vicios y afeminamiento: “Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo, / madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño / del Amor que reparte coronas de alegría”.

Por otra parte, en “Sonetos del amor oscuro”, una selección de la más alta poesía erótico-amorosa de Lorca, la “oscuridad” sugiere la sexualidad como una experiencia desventurada, emocionalmente inquietante y clandestina. Otros elementos presentes en la poesía lorquiana (así como en el teatro), todos relacionados con su vulnerable sexualidad, son: el pesimismo, la frustración, la esterilidad, la marginalidad, el enmascaramiento y la infelicidad.

El gran poeta granadino, célebre por su acogedora sonrisa, excepcional talento y seductor encanto, llevaba a cuestas los duendes sombríos de la tragedia, arrebujados en una sexualidad diferente, vulnerable y castigada, latente en sus mejores imágenes poéticas, en espera de una mirada atenta que descorra el velo que las cubre.

Oda a Walt Whitman

Por el East River y el Bronx
los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,
con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.
Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas
y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

Pero ninguno se dormía,
ninguno quería ser el río,
ninguno amaba las hojas grandes,
ninguno la lengua azul de la playa.

Por el East River y el Queensborough
los muchachos luchaban con la industria,
y los judíos vendían al fauno del río
la rosa de la circuncisión
y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados
manadas de bisontes empujadas por el viento.

Pero ninguno se detenía,
ninguno quería ser nube,
ninguno buscaba los helechos
ni la rueda amarilla del tamboril.

Cuando la luna salga
las poleas rodarán para tumbar el cielo;
un límite de agujas cercará la memoria
y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

Nueva York de cieno,
Nueva York de alambres y de muerte.
¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?
¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?
¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,
he dejado de ver tu barba llena de mariposas,
ni tus hombros de pana gastados por la luna,
ni tus muslos de Apolo virginal,
ni tu voz como una columna de ceniza;
anciano hermoso como la niebla
que gemías igual que un pájaro
con el sexo atravesado por una aguja,
enemigo del sátiro,
enemigo de la vid
y amante de los cuerpos bajo la burda tela.
Ni un solo momento, hermosura viril
que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,
soñabas ser un río y dormir como un río
con aquel camarada que pondría en tu pecho
un pequeño dolor de ignorante leopardo.

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,
hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,
porque por las azoteas,
agrupados en los bares,
saliendo en racimos de las alcantarillas,
temblando entre las piernas de los chauffeurs
o girando en las plataformas del ajenjo,
los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

¡También ese! ¡También! Y se despeñan
sobre tu barba luminosa y casta,
rubios del norte, negros de la arena,
muchedumbres de gritos y ademanes,
como gatos y como las serpientes,
los maricas, Walt Whitman, los maricas
turbios de lágrimas, carne para fusta,
bota o mordisco de los domadores.

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos
apuntan a la orilla de tu sueño
cuando el amigo come tu manzana
con un leve sabor de gasolina
y el sol canta por los ombligos
de los muchachos que juegan bajo los puentes.

Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,
ni la saliva helada,
ni las curvas heridas como panza de sapo
que llevan los maricas en coches y terrazas
mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,
toro y sueño que junte la rueda con el alga,
padre de tu agonía, camelia de tu muerte,
y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

Porque es justo que el hombre no busque su deleite
en la selva de sangre de la mañana próxima.
El cielo tiene playas donde evitar la vida
y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,
la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,
los ricos dan a sus queridas
pequeños moribundos iluminados,
y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo
por vena de coral o celeste desnudo.
Mañana los amores serán rocas y el Tiempo
una brisa que viene dormida por las ramas.

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whítman,
contra el niño que escribe
nombre de niña en su almohada,
ni contra el muchacho que se viste de novia
en la oscuridad del ropero,
ni contra los solitarios de los casinos
que beben con asco el agua de la prostitución,
ni contra los hombres de mirada verde
que aman al hombre y queman sus labios en silencio.
Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,
de carne tumefacta y pensamiento inmundo,
madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño
del Amor que reparte coronas de alegría.

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos
gotas de sucia muerte con amargo veneno.
Contra vosotros siempre,
Faeries de Norteamérica,
Pájaros de la Habana,
Jotos de Méjico,
Sarasas de Cádiz,
Ápios de Sevilla,
Cancos de Madrid,
Floras de Alicante,
Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!
Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,
abiertos en las plazas con fiebre de abanico
o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

¡No haya cuartel! La muerte
mana de vuestros ojos
y agrupa flores grises en la orilla del cieno.
¡No haya cuartel! ¡Alerta!
Que los confundidos, los puros,
los clásicos, los señalados, los suplicantes
os cierren las puertas de la bacanal.

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson
con la barba hacia el polo y las manos abiertas.
Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando
camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.
Duerme, no queda nada.
Una danza de muros agita las praderas
y América se anega de máquinas y llanto.
Quiero que el aire fuerte de la noche más honda
quite flores y letras del arco donde duermes
y un niño negro anuncie a los blancos del oro
la llegada del reino de la espiga.


Ode to Walt Whitman
(translated by Ben Belitt in Poet in New York ,1955

By the East River and the Bronx
boys were singing, exposing their waists
with the wheel, with oil, leather, and the hammer.
Ninety thousand miners taking silver from the rocks
and children drawing stairs and perspectives.

But none of them could sleep,
none of them wanted to be the river,
none of them loved the huge leaves
or the shoreline's blue tongue.

By the East River and the Queensboro
boys were battling with industry
and the Jews sold to the river faun
the rose of circumcision,
and over bridges and rooftops, the mouth of the sky emptied
herds of bison driven by the wind.

But none of them paused,
none of them wanted to be a cloud,
none of them looked for ferns
or the yellow wheel of a tambourine.

As soon as the moon rises
the pulleys will spin to alter the sky;
a border of needles will besiege memory
and the coffins will bear away those who don't work.

New York, mire,
New York, mire and death.
What angel is hidden in your cheek?
Whose perfect voice will sing the truths of wheat?
Who, the terrible dream of your stained anemones?

Not for a moment, Walt Whitman, lovely old man,
have I failed to see your beard full of butterflies,
nor your corduroy shoulders frayed by the moon,
nor your thighs pure as Apollo's,
nor your voice like a column of ash,
old man, beautiful as the mist,
you moaned like a bird
with its sex pierced by a needle.
Enemy of the satyr,
enemy of the vine,
and lover of bodies beneath rough cloth...

Not for a moment, virile beauty,
who among mountains of coal, billboards, and railroads,
dreamed of becoming a river and sleeping like a river
with that comrade who would place in your breast
the small ache of an ignorant leopard.

Not for a moment, Adam of blood, Macho,
man alone at sea, Walt Whitman, lovely old man,
because on penthouse roofs,
gathered at bars,
emerging in bunches from the sewers,
trembling between the legs of chauffeurs,
or spinning on dance floors wet with absinthe,
the faggots, Walt Whitman, point you out.

He's one, too! That's right! And they land
on your luminous chaste beard,
blonds from the north, blacks from the sands,
crowds of howls and gestures,
like cats or like snakes,
the faggots, Walt Whitman, the faggots,
clouded with tears, flesh for the whip,
the boot, or the teeth of the lion tamers.

He's one, too! That's right! Stained fingers
point to the shore of your dream
when a friend eats your apple
with a slight taste of gasoline
and the sun sings in the navels
of boys who play under bridges.

But you didn't look for scratched eyes,
nor the darkest swamp where someone submerges children,
nor frozen saliva,
nor the curves slit open like a toad's belly
that the faggots wear in cars and on terraces
while the moon lashes them on the street corners of terror.

You looked for a naked body like a river.
Bull and dream who would join wheel with seaweed,
father of your agony, camellia of your death,
who would groan in the blaze of your hidden equator.

Because it's all right if a man doesn't look for his delight
in tomorrow morning's jungle of blood.
The sky has shores where life is avoided
and there are bodies that shouldn't repeat themselves in the dawn.

Agony, agony, dream, ferment, and dream.
This is the world, my friend, agony, agony.
Bodies decompose beneath the city clocks,
war passes by in tears, followed by a million gray rats,
the rich give their mistresses
small illuminated dying things,
and life is neither noble, nor good, nor sacred.

Man is able, if he wishes, to guide his desire
through a vein of coral or a heavenly naked body.
Tomorrow, loves will become stones, and Time
a breeze that drowses in the branches.

That's why I don't raise my voice, old Walt Whitman,
against the little boy who writes
the name of a girl on his pillow,
nor against the boy who dresses as a bride
in the darkness of the wardrobe,
nor against the solitary men in casinos
who drink prostitution's water with revulsion,
nor against the men with that green look in their eyes
who love other men and burn their lips in silence.

But yes against you, urban faggots,
tumescent flesh and unclean thoughts.
Mothers of mud. Harpies. Sleepless enemies
of the love that bestows crowns of joy.

Always against you, who give boys
drops of foul death with bitter poison.
Always against you,
Fairies of North America,
Pájaros of Havana,
Jotos of Mexico,
Sarasas of Cádiz,
Apios of Seville,
Cancos of Madrid,
Floras of Alicante,
Adelaidas of Portugal.

Faggots of the world, murderers of doves!
Slaves of women. Their bedroom bitches.
Opening in public squares like feverish fans
or ambushed in rigid hemlock landscapes.

No quarter given! Death
spills from your eyes
and gathers gray flowers at the mire's edge.
No quarter given! Attention!
Let the confused, the pure,
the classical, the celebrated, the supplicants
close the doors of the bacchanal to you.

And you, lovely Walt Whitman, stay asleep on the Hudson's banks
with your beard toward the pole, openhanded.
Soft clay or snow, your tongue calls for
comrades to keep watch over your unbodied gazelle.

Sleep on, nothing remains.
Dancing walls stir the prairies
and America drowns itself in machinery and lament.
I want the powerful air from the deepest night
to blow away flowers and inscriptions from the arch where you sleep,
and a black child to inform the gold-craving whites
that the kingdom of grain has arrived.