La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí
José Martí
sábado, 19 de octubre de 2019
viernes, 18 de octubre de 2019
miércoles, 16 de octubre de 2019
Exitoso debut en Tampa de la obra teatral “Sonia flew (Sonia voló)”
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En la primera fila, de izq. a der.: Joie Marsh, Fralia Colón y Paul Crane. En la segunda fila, en el mismo orden: Jim Bowe, Jessica Watzman y Drew Eberhard. |
Por Leonardo Venta
El pasado jueves, 3 de octubre fue
el exitoso debut en Tampa de la obra teatral “Sonia flew (Sonia voló)” –de la
muy reconocida actriz, dramaturga y educadora cubanoamericana Melinda
López–, escenificada por la compañía
teatral Powerstories Theatre of Tampa Bay, bajo la acertada dirección artística
de Melody Croven y el admirable trabajo grupal de seis integrantes de un elenco
con la capacidad de asumir cada cual dos complejos roles totalmente diferentes.
Cuando Sonia –Fralia Colón– se
entera de que su hijo Zak –Drew Eberhard–
decide abandonar los estudios para inscribirse en el ejército y luchar
contra el terrorismo en Afganistán, semanas después de los fatídicos ataques terroristas
el 11 de septiembre de 2001 al neoyorquino World Trade Center y al
washingtoniano Pentágono, los recuerdos de su propia infancia terminan por
agudizarle un latente trastorno nervioso.
Siendo apenas una niña, Sonia se vio
obligada a abandonar Cuba hacia Estados Unidos, como parte de un éxodo conocido
como Operación Pedro Pan, que involucró a alrededor de 14 mil niños cubanos
cuyos padres intentaban evitar a toda costa el adoctrinamiento a sus hijos con
la ideología comunista que trajo consigo la revolución cubana, en una operación
que se inició el 26 de diciembre de 1960 y se prolongó hasta 1962.
El complejo personaje de Sonia
–matizado por sus monólogos interiores, bruscas transiciones anímicas,
conflictos culturales y de desarraigo, así como regresiones en el espacio y el
tiempo– afronta la pérdida del país que le vio nacer, de sus padres y –en su
suelo adoptivo– la de sus propios hijos. Inmersa en este turbio ciclo, intenta
superar la culpabilidad y el resentimiento que le perturban.
Es justo recalcar el loable trabajo
del reducido pero talentoso elenco –Fraila Colón (Sonia/Marta, la sirvienta
y amiga de la familia); Jessica Watzman (Jen, la hija de Sonia, y la propia
Sonia cuando joven); Joie Marsh (Nina, una soldado en una escena militar en Afganistán/Pilar,
una madre que atraviesa el mar en busca de su hija); Jim Bowe (como Daniel, el
esposo judío de Sonia, y Tito, el vecino que opera para el gobierno cubano);
Paul Crane (como Sam, el suegro judío de Sonia, y Orfeo, el padre cubano de
Sonia); Drew Eberhard (Zak/José, el primer amor de Sonia)–, todos lograron
superar el desafío de desdoblarse en dos bien delineados caracteres.
Melody Craven, en su desempeño como
directora, consiguió impresionarnos de manera favorable –muy bien respaldada por la trouppe que
tuteló– con la minuciosa fidelidad creativa con que honra la propuesta del
libreto, el cual despereza una etapa histórica trascendental en las relaciones
entre Estados Unidos y Cuba, reflejando, a través de inflexiones colmadas de
poesía escénica, la conmoción que indujo en la vida íntima de muchos hombres y
mujeres, para catalizar, en última instancia, el milagro de la comunicación
actor-espectador, que conllevó, en mi caso, la presencia de las siempre
catárticas lágrimas aunadas a la ovación final, como genuino distintivo de
una excelente obra.
Luego de finalizada la puesta en
escena, conversamos con Fraila Colón. Al preguntarle qué significación ha
tenido para ella el haber encarnado el personaje protagónico, nos respondió:
“Fue un reto, no sólo porque es mi primera obra, sino porque no conocía sobre
la Operación Pedro Pan. Tuve que investigar y revisar documentales en línea.
Como hija de un militar y, ahora, en mi rol de madre, empleé en mi
caracterización las mismas emociones que sentía cuando mi padre tenía que irse
para una operación militar. Como era muy joven, no podía entender el porqué,
pero siempre eran despedidas muy difíciles y tristes”.
“Sonia voló” –que no ha dejado de
recibir reconocimientos desde que se estrenara en el bostoniano Teatro
Huntington, en 2004– se presenta hasta el 20 de octubre, jueves a sábado a las
8 p.m., y el domingo a las 2 de la tarde, en Powerstories Theatre, ubicado en
el 2105 West Kennedy Blvd., Tampa, Florida 33606.
miércoles, 11 de septiembre de 2019
José Martí y el impresionismo
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José Martí dedicó parte de su cautivante prosa al análisis de las artes plásticas
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Por Leonardo Venta
El impresionismo se originó en el siglo XIX de las discrepancias de un
grupo de artistas con los temas clásicos y las fórmulas artísticas reconocidas
por la Academia Francesa de Bellas Artes.
Su primer objetivo fue conseguir una representación espontánea y libre del mundo. Se le define también como una corriente pictórica que representa su objeto según la impresión que la luz produce a la vista, y no de acuerdo con la supuesta realidad objetiva.
Su primer objetivo fue conseguir una representación espontánea y libre del mundo. Se le define también como una corriente pictórica que representa su objeto según la impresión que la luz produce a la vista, y no de acuerdo con la supuesta realidad objetiva.
José Martí, el apóstol cubano, apasionado
conocedor del arte, en su crónica de 1886 sobre la exhibición de los pintores
impresionistas en Nueva York, afirma: “Quieren copiar las cosas, no como son en
sí por su constitución y se las ve en la mente, sino cómo en una hora
transitoria las pone con efectos caprichosos la caricia de la luz”.
Ya en 1874, Claude Monet había exhibido su
cuadro “Impresión, sol naciente”, que dio su nombre al impresionismo. Por su parte, Theodore Duret, uno de los primeros defensores del
movimiento impresionista, publicó en
1878 su alegato “Les peintres impressionnistes”. En 1879, salió a la luz “L’impressionisme dans le
roman”, un ensayo del crítico literario francés Ferdinand Brunetière.
Los impresionistas tendieron
su singular talento hacia la pintura al aire libre y los temas de la vida
cotidiana. Su principal propósito fue crear una representación espontánea del
contexto, y con ese fin se centralizaron en los efectos que produce la luz
natural sobre los objetos.
Los cuadros impresionistas se realizan
técnicamente a partir de manchas de colores, las cuales se erigen como puntos
de una policromía más vasta. Por ello, al observar los lienzos es necesario
tomar cierta distancia, para percibir el contraste entre las luces, las sombras
y las figuras.
Los precursores lindantes del
impresionismo fueron los ingleses John Constable y J.M.W. Turner. Monet y
Pissarro se inspiraron en la atmósfera y los efectos difusos de luz
característicos de la pintura de Turner. Los pintores de la Escuela de Barbizon
fueron también antecedentes del movimiento impresionista francés. Camille
Corot, calificado en ocasiones como padre del impresionismo, interpretaba los
fugaces cambios lumínicos en una serie de temas pintados a diferentes horas del
día.
Aunque las huellas del
impresionismo francés de finales del siglo XIX trascendieron, el trabajo con la
luz natural tenía otros antecedentes. En el siglo XVII, Jan Vermeer había
utilizado fuertes contrastes de luces y sombras en sus lienzos. Diego Velázquez
en el mismo siglo y Francisco de Goya, a finales del siglo XVIII, consiguieron
la impresión lumínica mediante la supresión de sombras accesorias y el establecimiento
de zonas de luz en menoscabo de la transparencia de los contornos.
José Martí calificó a los
artistas que presentaron sus obras en la neoyorquina Exposición de los pintores
impresionistas, en 1886 como “los pintores fuertes, los pintores varones, los
que cansados del ideal de la Academia, frío como una copia, quieren clavar
sobre el lienzo, palpitante como una esclava desnuda, a la naturaleza”.
Leemos en el tomo 13 de las Obras
Completas de Martí: “Sobre una pintura impresionista, no se puede decir otra
cosa que: 'Aquí hay talento'. Este elogio no debe satisfacer a los verdaderos
artistas. Si existe talento, debe producir grandes obras. Cuando imitamos,
imitamos a menudo lo malo. En pintura, como en literatura, los americanos
mantienen sus ojos celosos sobre las glorias europeas. Les gruñimos, pero
permanecemos esclavos de ellas. Mientras esta admiración servil nos domine,
nunca seremos capaces de producir nada meritorio del Nuevo Continente”.
El concepto de impresionismo
en la literatura es aun más difícil identificar que en la pintura. Se dice que
los escritores impresionistas son aquellos que eluden las descripciones particularizadas
de las impresiones para concretarse en las sensaciones en sí mismas. La pintura
impresionista, como es obvio, se concreta en las sensaciones visuales, pero la
literatura la supera al representar y analizar las agitaciones de todos los
sentidos.
El impresionismo en la literatura
funde y profundiza la experiencia de las emociones internas con las externas. El
mundo físico se representa a través de las impresiones, mientras los
sentimientos y pensamientos son representados metafóricamente.
En la única novela escrita por
José Martí, Amistad Funesta, que fue
publicada por primera vez en 1885, en varias entregas del periódico bimensual
de Nueva York El Latino Americano, aparecen rasgos de este movimiento tan
pictórico como literario. El profesor Manuel Pedro González, un ferviente
estudioso de la obra martiana, considera que "en ella se funden y aplican
con arte refinado por primera vez en una narración hispana los procedimientos
de la estética parnasiana, la simbolista y la impresionista".
Alejo Carpentier es uno de los
primeros en reconocer el alcance, pionero para su tiempo, de la crítica
martiana con respecto a la pintura impresionista. La ensayista y crítica de
arte Adelaida de Juan explora el vínculo entre Martí y el impresionismo en su
ensayo "Pintar como el Sol Pintura: José Martí y la pintura impresionista
francesa".
Martí, que propone a Renoir
como el gran artífice del movimiento impresionista francés, se refiere a sus
cultivadores de la siguiente manera: "Quieren pintar en el lienzo plano
con el mismo relieve con que la naturaleza crea en el espacio profundo. Quieren
reproducir los objetos con el ropaje flotante y tornasolado con que la luz
fugaz los enciende y reviste. Quieren, por la implacable sed del alma, lo nuevo
y lo imposible".
En Amistad funesta, luces y
sombras captan lo físico para brindarle una connotación sensorial que tiene mucho
de cuadro impresionista. Comprobemos lo antedicho en el siguiente fragmento del
mencionado texto martiano: “Y allá, en la
penumbra del corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de
Juan, y de su brazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en la frente de él,
vasta y blanca, parecía que se abría una rosa de plata: y de la de Lucía se
veían sólo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes, como dos
amenazas”. Martí, además, utiliza imágenes poéticas elaboradas con sensaciones
para representar el cosmos espiritual de sus personajes. Si bien, el elevado espíritu
del escritor ubica las impresiones en un nivel superior valiéndose de su
indiscutible genio creador.
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