La imaginación ofrece a la razón, en sus horas de duda, las soluciones que ésta en vano sin su ayuda busca. Es la hembra de la inteligencia, sin cuyo consorcio no hay nada fecundo”.
José Martí
José Martí
sábado, 29 de mayo de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
La Storni, entre la realidad y la fantasía
Por Leonardo Venta
A la Storni, como le llamaba Horacio Quiroga, se le mitifica, se le imagina como criatura, casi deidad poética, que desciende incorpórea al fondo apacible de las aguas. De esa concepción idealizada surge la canción “Alfonsina y el mar”, compuesta por los argentinos Ariel Ramírez y Félix Luna, célebre sobre todo por la interpretación que hizo de ella Mercedes Sosa.
Se cuenta que en la ciudad de San Juan, Argentina, un día de 1898, una niña de 6 años salió corriendo con un libro escolar entre sus manos que sustrajera de un comercio. Más tarde, aquella pequeña, ya con un nombre literario establecido, Alfonsina Storni, llamaba al objeto de su hurto “lo pirateado”.
A muy corta edad, Alfonsina ya calzaba las chinelas de la poesía: “A los doce años escribo mi primer verso… Hablo con él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse…”.
El diario La Capital, de Rosario, ciudad del centro de Argentina, promueve un concurso literario al que Alfonsina, con sólo 11 años, se presenta con un poema que fue rechazado y que contiene un significativo trazo biográfico: “Y por las calles, yo, la miserable, / fui con el sucio libro sobre el pecho. / Era la hora en que las otras niñas / entraban al colegio / con sus trajes azules, con sus libros / limpios y nuevos”.
Se hace maestra, mientras se estremece, soltera embarazada, en medio de un torbellino en que los hijos ilegítimos constituyen anatemas. Alfonsina, seducida por un hombre mayor que ella, fue arrastrada hacia una relación sobre la que prefirió siempre guardar silencio.
Renuncia a su empleo de maestra y se instala en Buenos Aires. “En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos”, rememora su hijo Alejandro. Un año después de nacido éste, publica sus primeros trabajos en la revista “Caras y Caretas”.
Su primer libro fue La inquietud del rosal (1916), una colección de versos. A merced de esta publicación, Alfonsina comienza a frecuentar los círculos literarios masculinos. Le sigue un segundo libro, El dulce daño (1918), de honda intensidad poética.
Después se sucedieron tempestuosas vivencias en aquel Buenos Aires de la primera mitad del siglo XX; y con ellas, poemas como aquel de “... me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar”, en que lanza un abierto reto al llamado sexo fuerte: “Y cuando hayas puesto / en ellas [las carnes] el alma / que por las alcobas / se quedó enredada. Entonces, buen hombre, preténdeme blanca, / preténdeme nívea, / preténdeme casta”.
En su último libro, Mascarilla y Trébol (1938), reformula su poesía y, para muchos críticos, la de su época. En un entorno en que la mujer estaba maniatada intelectualmente, Alfonsina afrontó dicho desafío. De ella dijo Federico de Onís: “...es la más feminista de las poetisas mayores de esta época: todas ellas, como mujeres, expresan inevitablemente, cada una a su modo, sentimientos femeninos; pero Storni ve además su feminidad como problema no sólo individual, sino social".
Mortalmente enferma, en la madrugada del 25 de octubre de 1938, Alfonsina salió de su casa, sola, para no regresar. En su habitación había dejado una trémula nota de despedida. Ese mismo día, al amanecer, dos jóvenes notaron flotando sobre la superficie de la playa La Perla, en Mar del Plata, el cuerpo inerte de una mujer.
Voy a dormir
(Poema de Alfonsina Storni)
(Poema de Alfonsina Storni)
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Pintor hispano gana festival de arte en Tampa

Por Leonardo Venta
Guillermo Portieles, un excelente artista que llegó a Tampa procedente de Cuba en 1990, recibió emocionado el pasado 3 de marzo el gran premio del Festival de Arte de Gasparilla. El mismo se celebró en el área comprendida entre el parque Curtis Hixon y la calle Ashley del centro de Tampa.
En 37 años que viene celebrándose este prestigioso certamen, es la primera vez que un hispano es condecorado con el máximo galardón. El Festival es considerado uno de los más importantes al aire libre de los Estados Unidos.
El cuarto puesto, Premio del Aniversario, fue para Unmarid Eitharong de Orlando por la cantidad de $2,500 por su dibujo con técnica mixta "The Big Picture".
El premio del Alcalde al tercer lugar, $3,500 , fue para Richard Pociask de Chicago por su dibujo de línea arquitectónica "The Beach". El segundo lugar, con un premio de $7,500, otorgado por la Junta Directiva, lo recibió la obra "Shades of Gray" de Richard Currier de Micco, Florida.
La obra maestra
Pero el ganador indiscutible de esta edición del Festival de Arte de Gasparilla 2007, con el gran premio de 10,000 dólares, fue Guillermo Portieles, quien con su enorme y hermoso óleo/tela de 94 x 81 pulgadas, titulado "Good-Bye Granma" (Adiós "Granma" o abuela), ya desde el mismo sugestivo juego de palabras con que lo nombrara, selló el propósito de un ambicioso proyecto artístico, que según el mismo artista nos confesó, le tomó año y medio materializar.
Significado
El juego de palabras que dio título a la obra ganadora se establece entre el término en inglés "grandma", con el cual son identificadas las querida abuelas, y el nombre de la embarcación "Granma", adquirida de forma clandestina por un grupo de exiliados cubanos en México, liderado por Fidel Castro, que conformaron el "Movimiento 26 de Julio".
Al mismo tiempo, "Granma" es el periódico que opera en Cuba como órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista.
"La obra tiene que ver con el periódico 'Granma' de Cuba, el mismo barco que llevó a Fidel Castro y sus seguidores a la isla. También tiene que ver con la idea del exilio, la búsqueda de la libertad. Asimismo, con la "granma"-abuela. Tiene que ver con los elementos de la cultura de mi pasado, el sillón de mi abuela que está dentro del barco, el carro que teníamos allá. Son objetos que yo utilizo, cosas hechas a mano, como el taburete, también las fichas de dominó, cosas que tienen gran significación emocional", expresó Portieles.
Artículo Publicado en La Prensa el 2007-03-15
jueves, 27 de mayo de 2010
«El etrusco de La Habana Vieja»*

Por Leonardo Venta
Este 2010, el 19 de diciembre, se conmemora el centenario del natalicio de José Lezama Lima, el gran poeta, narrador y ensayista cubano, forjador de una de las letras más pulcras y elaboradas del pasado siglo. Soberano de la metáfora, Lezama lega una obra cumbre a la literatura universal: Paradiso.
Aunque se le han dedicado tesis y libros, homenajes y coloquios, artículos y reseñas, Lezama sigue siendo incomprendido, depuesto, soslayado – por su hermetismo, quizá –, a pesar de haber universalizado lo más acendrado de su isla amada.
Oscuro pero iluminado; incomprensible, a veces, pero espléndido; ambiguo pero familiar; poco leída su obra – como la de sor Juana, nuestra décima musa americana, barroca y gongorina como él –, su nombre estimula fútiles pláticas mientras sus textos pernoctan abatidos rincones intransitados de bibliotecas y librerías.
Pero recorramos un poco su vida, con el anhelo de que pueda despertar en nosotros el deseo de escudriñar su obra. José María Andrés Fernando Lezama nació en el campamento Columbia, en donde su padre, hijo de un vasco con una cubana, coronel de artillería e ingeniero, llegó a ser figura clave. Su madre, Rosa, hija de emigrados revolucionarios, cató el mismo hosco almíbar de exilio (en el floridano Jacksonville) que en variado sorbo muchos proscritos de cualquier nacionalidad disimuladamente bebemos.
Recién había cumplido el pequeño José 8 años cuando pierde a su padre – a la edad que tenía Cristo cuando fue crucificado –, víctima de la influenza, mientras rendía servicios militares en Fort Barrancas, Pensacola. Esa imprevista pérdida causó un indecible impacto en el ánimo del futuro poeta. “Sin duda el sentimiento de soledad influía por los residuos que había dejado en mi vida la muerte de mi padre”, declara Lezama a EFE.
Su madre, Rosa Lima, se afirma como bastión familiar. “Veo siempre a mamá joven que se sonríe y que cuida de nuestros sueños”, comenta el poeta. Rosa jadea para exprimir la pensión que recibía por su viudedad y mantener con dignidad a Bolín, el apodo de Lezama cuando chiquillo, así como a Rosa, su retoño mayor, y a Eloisa, la hija más pequeña.
El entrañable e indeleble lazo que entreteje el materno cordón umbilical con la criatura, no dejó nunca de anudar a madre e hijo. De ese vínculo nació una de las espiraciones más admirables de la literatura del siglo XX. La madre fue acicate decisivo para que el hijo escribiese la novela que lo consagrara, aunque es válido aclarar que no hay migajas recusables en la producción lezamesca.
“Y es Paradiso el homenaje post morten que mi hermano rinde a nuestra madre, que agonizando le pidió que escribiera la novela de la familia”, apunta Eloisa, hermana de Lezama, quien falleció, a los 91 años de edad, el pasado jueves 25 de marzo de 2010 en su exilio de Miami. Luego agrega la profesora universitaria y escritora, en el prólogo a la novela que preparó para la editorial Cátedra: “…Paradiso se apresura y llega a un clímax en el proceso de escribirlo a la muerte de Rosa Lima, nuestra madre, para disfrutarla en sus más genuinas anécdotas y así volverla a tener en presencia y ausencia en ese Eros de la lejanía”.
En su Magnum Opus, Lezama redime, resucita a su madre; la encumbra; la enaltece a través del nombre de Rialta, que según Eloisa, es el más poético del libro. “El nombre está tomado del puente Rialto, en Venecia. El puente que unía a Lezama Lima con la realidad era su madre”, agrega la prologuista.
El 9 de agosto de 1976, Lezama fallece en un hospital de La Habana de una pulmonía. Según el chileno Jorge Edwards, premio Cervantes 1999, “Lezama se había exiliado en su lenguaje creativo, en ese pasado cubano elaborado por el lenguaje, y se había llevado su exilio a la tumba”. Lo que confirma que el término insilio, exilio hacia adentro, es un mal tristemente frecuentado.
*Lezama, hombre de excelente humor y vasta cultura, firmaba a veces su correspondencia con el sobrenombre de «El etrusco de La Habana Vieja»
Proemio de una tentativa
Los hermanos José y Eloisa Lezama Lima
Por Leonardo Venta
Recientemente conocí a una joven universitaria con gran pasión por la literatura. Sostuvimos un hilo dialógico sazonado por un gusto aparentemente afín. Me recomendaba libros de Isabel Allende; casi recitaba, con admiración incontenible, apellidos como Borges, Paz, Vargas Llosa, García Márquez – significantes que ni siquiera necesitan de Jorge Luis, Octavio, Mario o Gabriel, para sugerirnos reverenciados significados que rescatan del anonimato nombres propios sumamente transitados –, orondos moradores de ese olimpo literario en que reina el austero monarca Canon.
Pero, literariamente, ¿quién es ese reverenciado soberano Canon? No, no es una persona, aunque responde a la preferencia de un grupo de individuos llamados académicos. El término, de origen griego, que corre los riesgos potenciales de la arbitrariedad – determinado por los patrones de quienes lo establecen –, excluye o incluye determinadas obras literarias dentro de un selecto grupo hegemónico, convirtiéndolas en el objeto privilegiado de lectura y estudio, abriendo así la brecha para una periferia ocupada por otras obras, menos afortunadas, fuera del perímetro que delimita dicho canónico reinado.
Volviendo a la anécdota de mi fortuito encuentro, me extasiaba al descubrir tanta sabiduría hermanada con la belleza en un ser no llegado aún a la madurez, según su edad. Mientras ella hablaba de literatura, con aquellos ojos pardos radiantes, que se disolvían en su cadencioso acento caribeño, yo pensaba en Paradiso de José Lezama Lima, novela que leía a la sazón, al mismo tiempo que anhelaba que su aluvión verbal arrastrase consigo el cosmos lezamezco a la plática, que se convertía, por la ausencia de intercambio, casi en un monólogo.
No quería interrumpirla, pues, a golpe de repetidas torpezas, he aprendido que es más sabio y prudente escuchar que ser escuchado. La joven mencionó, entonces, a Paulo Coelho, el escritor brasilero, célebre por su novela El Alquimista. Sonreí, asintiendo al mérito del escritor con lacónico gesto, mientras esperaba ansioso que ella nombrara al anhelado Lezama. Infructuosa espera.
Mientras yo ya sólo pensaba en la mágica intemporalidad lezamezca, y cabalgaba sobre la montura de su alado Pegaso, ceñido a su dromomaniaca imaginación de “peregrino inmóvil” – que se plisa desde el soleado Calabazar habanero del siglo XX, la próspera Mileto griega, para zambullirse en la piscina de Siloé, en las afueras del místico Jerusalén, y meditar en el templo budista japonés de Kajuraho –, cometí el disléxico desliz, originado por mis digresiones interiores, de embrollar el nombre de Coelho con el del italiano Umberto Eco, autor de El nombre de la rosa, novela publicada en 1980, el mismo año en que renuncié a mis palmeras tropicales para respirar un poco del soberano gris del exilio.
La joven me contempló concedidamente, me habló del simbolismo en El Alquimista, de lo que ella creía era su valor filosófico, como ayudándome a levantar del resbalón de mi desacertado pronunciamiento; mientras yo, en mi mente, seguía insistiendo en el enigma de Paradiso, en los personajes de Foción y Fronesis; trataba de desenmarañar toda la madeja de estos caracteres en su relación con el protagonista José Cemí, trasunto de Lezama. Repasaba la imagen de la buena criada Baldovina, la egregia abuela Augusta, la idolatrada Rialta, mientras imaginaba la senectud en proscripción de Eloisa, la hermana del genial escritor, de la cual había leído el entrañable y espacioso prólogo de Paradiso. Pensé, también, en Oppiano Licario, la novela inconclusa que le seguía, publicada póstumamente en 1977, y en cómo ésta podría esclarecer o enmarañar más mi interpretación de su predecesora.
La joven me hablaba, pero ya no la escuchaba. Estaba absorto en mis pensamientos. Algo desencantada, decidió despedirse. Desperté de mi éxtasis, al inhalar su irremediable despedida, para lanzar la contenida e imperiosa pregunta: ¿Conoces al escritor José Lezama Lima?... Me miró con la timidez de la ineptitud, ladeando la cabeza en gesto de negación. Pensé en el Canon, en la función del escritor, en la luz y en las tinieblas. De ahí nace mi determinación de escribir sobre uno de los escritores más significativos y menos leídos de la literatura hispanoamericana del pasado siglo: José Lezama Lima.
Por Leonardo Venta
Recientemente conocí a una joven universitaria con gran pasión por la literatura. Sostuvimos un hilo dialógico sazonado por un gusto aparentemente afín. Me recomendaba libros de Isabel Allende; casi recitaba, con admiración incontenible, apellidos como Borges, Paz, Vargas Llosa, García Márquez – significantes que ni siquiera necesitan de Jorge Luis, Octavio, Mario o Gabriel, para sugerirnos reverenciados significados que rescatan del anonimato nombres propios sumamente transitados –, orondos moradores de ese olimpo literario en que reina el austero monarca Canon.
Pero, literariamente, ¿quién es ese reverenciado soberano Canon? No, no es una persona, aunque responde a la preferencia de un grupo de individuos llamados académicos. El término, de origen griego, que corre los riesgos potenciales de la arbitrariedad – determinado por los patrones de quienes lo establecen –, excluye o incluye determinadas obras literarias dentro de un selecto grupo hegemónico, convirtiéndolas en el objeto privilegiado de lectura y estudio, abriendo así la brecha para una periferia ocupada por otras obras, menos afortunadas, fuera del perímetro que delimita dicho canónico reinado.
Volviendo a la anécdota de mi fortuito encuentro, me extasiaba al descubrir tanta sabiduría hermanada con la belleza en un ser no llegado aún a la madurez, según su edad. Mientras ella hablaba de literatura, con aquellos ojos pardos radiantes, que se disolvían en su cadencioso acento caribeño, yo pensaba en Paradiso de José Lezama Lima, novela que leía a la sazón, al mismo tiempo que anhelaba que su aluvión verbal arrastrase consigo el cosmos lezamezco a la plática, que se convertía, por la ausencia de intercambio, casi en un monólogo.
No quería interrumpirla, pues, a golpe de repetidas torpezas, he aprendido que es más sabio y prudente escuchar que ser escuchado. La joven mencionó, entonces, a Paulo Coelho, el escritor brasilero, célebre por su novela El Alquimista. Sonreí, asintiendo al mérito del escritor con lacónico gesto, mientras esperaba ansioso que ella nombrara al anhelado Lezama. Infructuosa espera.
Mientras yo ya sólo pensaba en la mágica intemporalidad lezamezca, y cabalgaba sobre la montura de su alado Pegaso, ceñido a su dromomaniaca imaginación de “peregrino inmóvil” – que se plisa desde el soleado Calabazar habanero del siglo XX, la próspera Mileto griega, para zambullirse en la piscina de Siloé, en las afueras del místico Jerusalén, y meditar en el templo budista japonés de Kajuraho –, cometí el disléxico desliz, originado por mis digresiones interiores, de embrollar el nombre de Coelho con el del italiano Umberto Eco, autor de El nombre de la rosa, novela publicada en 1980, el mismo año en que renuncié a mis palmeras tropicales para respirar un poco del soberano gris del exilio.
La joven me contempló concedidamente, me habló del simbolismo en El Alquimista, de lo que ella creía era su valor filosófico, como ayudándome a levantar del resbalón de mi desacertado pronunciamiento; mientras yo, en mi mente, seguía insistiendo en el enigma de Paradiso, en los personajes de Foción y Fronesis; trataba de desenmarañar toda la madeja de estos caracteres en su relación con el protagonista José Cemí, trasunto de Lezama. Repasaba la imagen de la buena criada Baldovina, la egregia abuela Augusta, la idolatrada Rialta, mientras imaginaba la senectud en proscripción de Eloisa, la hermana del genial escritor, de la cual había leído el entrañable y espacioso prólogo de Paradiso. Pensé, también, en Oppiano Licario, la novela inconclusa que le seguía, publicada póstumamente en 1977, y en cómo ésta podría esclarecer o enmarañar más mi interpretación de su predecesora.
La joven me hablaba, pero ya no la escuchaba. Estaba absorto en mis pensamientos. Algo desencantada, decidió despedirse. Desperté de mi éxtasis, al inhalar su irremediable despedida, para lanzar la contenida e imperiosa pregunta: ¿Conoces al escritor José Lezama Lima?... Me miró con la timidez de la ineptitud, ladeando la cabeza en gesto de negación. Pensé en el Canon, en la función del escritor, en la luz y en las tinieblas. De ahí nace mi determinación de escribir sobre uno de los escritores más significativos y menos leídos de la literatura hispanoamericana del pasado siglo: José Lezama Lima.
“Después de la partida”, obra de César Santos

Por Leonardo Venta
Suspiramos por la patria ausente, al mismo tiempo que tanteamos con temblorosa avidez la adoptiva; mientras, allende, borrosos rostros acunan nuestras memorias. “Después de la partida”, la obra más reciente del joven y gran pintor César Santos –adjetivos que raras veces van juntos–, navega dichos proscritos piélagos.
“Mi idea inicial era reconstruir una versión onírica de una balsa cubana. Terminé extrayendo todos los elementos fuera de su contexto natural para crear un nuevo entorno para ellos, una nueva realidad o un mundo para nosotros”, nos reveló el artista, natural de Santa Clara, Cuba, que cumplirá 28 años el próximo mes de julio.
“Quise dar a esta pintura una atmósfera velada, y opté por un gris frío que subordinara al resto de los colores a su fuerza dominante. Aparte – agregó Santos, quien emigró a Estados Unidos a los 13 años de edad –, fue un desafío para mí, el insertar seis figuras en tan reducido espacio, pero el amontonamiento ascendente de las mismas era esencial para mi propósito de crear la sensación de refugiados desesperados”.
Al preguntársele a Santos – egresado de la Angel Academy of Art de Florencia, Italia, donde estudió bajo la tutela de Michael John Angel, discípulo, a su vez, de Pietro Annigoni (1910-1988), uno de los más renombrados pintores italianos contemporáneos –, cuál es la temática de “Después de la partida”, respondió: “Esta pintura es una metáfora de la vida y del arte, y cada cual debe poner un poco de sí mismo a la interpretación de la misma”.
“Después de la partida” es una persiana abierta a los sentidos, tras la cual se establece un diálogo con acento realista, pero que orea la imaginación dentro de una propuesta sumamente polisémica. El cuadro, a mi juicio, deconstruye estigmas con su estética. Los seis “balseros” (término usado frecuentemente de manera peyorativa) irradian “grazia”, aun dentro de la espinosa situación que los sacude.
La obra, que parte del flujo de la conciencia de Santos, presenta una embarcación que en lugar de encontrarse en medio del mar, está dentro de un jacuzzi, aislado de éste por un muro impregnado de arte callejero, graffiti, tomado de un paisaje imaginario.
El pintor, que se autorretrata como una especie de Virgilio de la Divina Comedia de Dante, el torso erguido, con su brazo izquierdo extendido apunta hacia un futuro que avizora, como figura de anunciación, frente a un cielo tempestuoso. Junto a él, una especie de Beatriz, enamorada, sigue el curso de su mirada, mientras reposa la cabeza sobre su hombro como buscando amparo, con leve aire de abandonada confianza.
El cuadro, majestuoso, nos remite además a la historia bíblica de un Mesías, que, en la barca con sus atemorizados discípulos, calma una fuerte tormenta en medio del mar. Sólo el pintor se proyecta con seguridad, decidido, especie de Salvador que sabe la dirección correcta. Los demás se perciben temerosos, desorientados, acurrucados, confundidos, algo dejados llevar por el azar (¿acaso intenta Santos esbozar una propuesta sobre la psiquis de los protagonistas de tan arriesgada empresa?).
El hallarse la balsa en un jacuzzi, símbolo de una forma de vida propia de un país desarrollado, como Estados Unidos, en una superficie aparentemente estable, asediada por el caos, ¿qué nos sugiere?, ¿dónde realmente están los balseros?, ¿a dónde apunta el pintor que se autorretrata?, ¿simboliza la prevalencia del color gris un superado pasado, o la augurada nostalgia de un suelo sin el calor patrio y familiar?
“Después de la partida”, y otra obra de César Santos, “Head study”, han sido elegidas para la exhibición “El legado de Annigoni”, a celebrarse en Villa Bardini, en la mítica Florencia, del 13 al 30 de mayo del presente año. ¡Enhorabuena por el gran pintor cubano!
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
